Mi elefante


Ahora yo estoy frente a mi propio elefante. Tiene nombre: “neoplasia”; palabra que para mí apenas tenía significado hasta hace pocos días: cáncer de mama, en definitiva; ese es el nombre de mi elefante. De momento estoy sentada ante él. Apenas soy capaz de moverme. Intento calibrar su magnitud. Aún no la sé con precisión. Me dicen que con los resultados de la prueba que me hicieron ayer, sabrán sus dimensiones exactas. No tengo grandes expectativas con el informe de la biopsia. De momento, mi elefante me parece grande, casi descomunal.

Vuelvo la vista atrás: la década más crucial de mi vida… mi aborto, el nacimiento de mi hija prematura, la muerte de mi marido, el cáncer... He devorado ya algunos elefantes. De todos ellos he recogido cuidadosamente sus huesos y los he enterrado. Sé que allá donde estén habrán dado fruto.

¿Conseguiré, me pregunto, devorar también este elefante sin cargar sus pesados huesos sobre mi espalda? ¿Sus huesos darán su fruto? ¿Lograré verlo? ¿Lo verán mis hijos?

No me dejo asustar por mis dudas. Intento responder con seriedad y con honestidad. Pienso en otros que han pasado antes por esto. Releo las palabras del doctor Dervan-Schreiber, aquejado de un tumor cerebral, vapuleado por la experiencia de la recaída; superviviente, en definitiva… Y todas las respuestas aparecen nítidas ante mí: certezas que antes de la enfermedad nunca tuve.

“Hasta que por alguna razón nos topamos con la mortalidad, la vida nos parece infinita y no queremos verla de otra manera. Nos parece que siempre vamos a disponer de tiempo para iniciar la búsqueda de la felicidad. Antes tengo que sacarme el título, esperar a que crezcan los críos, jubilarme (…) En ocasiones, un cáncer puede curar esa extraña miopía, esa feria de indecisiones. Al dejar al descubierto la brevedad de la vida, el diagnóstico del cáncer es capaz de devolverle a la vida su auténtico sabor”