miércoles, 29 de marzo de 2017

Y QUE NO TEMIERAN

«Entonces comenzó Byrhtnoth a arengar a los hombres
Cabalgando les aconsejó, enseñó a sus guerreros
cómo debían pararse y defender sus lugares
Les ordenó que sostuvieran bien sus escudos 
con sus puños firmes y que no temieran» 
"La balada de Maldon"

A M Ángeles, en su complicidad




"And ne forhtedon na"


Este es el quinto verso de un poema fechado en el siglo X que lleva por título "La balada de Maldon". En él se refiere no una victoria sino una derrota. Diríase, en palabras de Patricia Damiano, que "las derrotas son más favorables para la poesía que las victorias". Jorge Luis Borges, que conocía el misterio, reposa bajo una lápida en la que puede leerse: "And ne forthedon na". A los 55 años, cuando queda totalmente ciego, emprende el estudio del inglés antiguo "como una manera afectiva de elaborar la pérdida de la vista".

Entre mis ruinas se abre paso una vida iluminada por las palabras finales de estos versos: "Y que no temieran". La herida cauteriza. En una inesperada metamorfosis, mi cuerpo comienza a transformarse hasta hacer de la derrota una victoria. Las ramas del árbol hacen sombra a la costura de mi cicatriz. El pelo, que no volverá a cubrir mi espalda, deja paso a unas palabras en las que se hace carne mi esperanza. Me rehago con la misma obstinada voluntad con la que escribo. Finalizo mi obra. Me recreo en el milagro. Sobre la piel, rubrico mi seguro a todo riesgo contra la nostalgia. Me despido del pasado. No tengo miedo. Vuelo. 



"Metamorfosis" de Escher



domingo, 26 de marzo de 2017

COMO SI


"Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio (...) Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.


Julio Cortázar, Rayuela


Lucas Kosmuz 

Como el indómito rayo
que anuncia el relámpago 
cuando apenas 
hay tiempo 
de ponerse a salvo

Así tu amor
hecho de la inconsciencia vana
de lo que nunca hiere 
en el primer beso. 


domingo, 19 de marzo de 2017

"RARITOS"

«En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. (...)  Reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente»
Juan Carlos Ortega, "Soy un inadaptado", El País (19 marzo 2017)











Leía esta mañana de domingo, desde la cama, mientras el olor a café se colaba entre las sábanas, este artículo de El País. Confieso que nunca he escuchado a Juan Carlos Ortega, pero la cita que comparto ha hecho que me salten las alertas y, rápidamente, he tecleado su nombre en Internet para escuchar su voz. Os dejo este genial programa titulado "Las noches con Cervantes" (minuto 2, segundo 36).

De la sonrisa inicial he pasado en pocos segundos al gesto adusto marcado por nombres y recuerdos concretos. ¿Cuántos de mis alumnos volverán a casa a diario con la misma sensación que relata Juan Carlos en esta entrevista?

«De niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante»

¿Cuántos Juan Carlos tenemos en nuestras aulas, tocados de talentos innatos que quedan aplastados bajo el rojo de algunos diagnósticos que los etiquetan para siempre? Siglas que son para ellos un extraño galimatías (TDHs, ACNEAEs...) y a los que los padres se agarran como tabla de salvación en el loable esfuerzo por que su hijo o su hija reciba las medidas de atención que nuestro sistema educativo no puede desplegar de forma efectiva hasta que son diagnosticados. También los docentes nos aferramos en ocasiones a esas etiquetas para justificar muchas veces la ineficacia de nuestros métodos. 

Creo que no existe fórmula más infalible que hacer que nuestros alumnos vuelvan a casa con la sensación de saberse importantes, de sentirse reconocidos por su profesor y por sus compañeros. Es necesario, de una vez, que dejemos espacio en nuestras aulas para descubrir y explotar los talentos que cada uno de ellos posee. Nuestra tarea será muchas veces no más que la de acompañarlos y mostrarles el camino, tal y como decía mi querido maestro Pepe Perona: "Enseña solo, oh maestro, el camino del esplendor"

Tal vez se deba a una anécdota que marcó mis días de instituto, en aquella época en la que los departamentos de orientación no eran lo que son hoy día, donde su tarea se reducía a unas charlas de orientación académica y profesional que acompañaban de un test previo que les permitía hacer una valoración de las aptitudes de los alumnos. Recuerdo que los resultados de mi test no debieron de ser muy brillantes porque, y pese a mis buenas notas, el orientador llamó a mi madre para sugerirle la conveniencia de matricularme en un, tan denostado entonces, centro de F.P. Mi madre, con esa sabiduría y claridad de las madres de entonces, no hizo caso al comentario al que le dio carpetazo durante una comida convirtiéndolo en una anécdota más de las muchas que fuimos atesorando a lo largo de nuestros años como estudiantes. Aquello, lo confieso, dejó un poso en mí de cierto fracaso y un rechazo visceral a los test de inteligencia y a los orientadores escolares (que después, curiosamente, resultaron siempre mis compañeros preferidos cuando me convertí en docente). Lo que yo sí sabía en aquel momento es que quería ser profesora de Lengua, quería escribir y llegar en moto al instituto. He conseguido lo más difícil, lo de la moto aún está por ver. Gracias a esa confianza infinita que mis padres tenían depositada en mí, pude llegar a conseguirlo.

Quizá sea esa la razón por la que a lo largo de mis años como docente haya ido haciendo una colección única de voces que me acompañan en los audios del teléfono, dibujos que adornan aún mis carpetas, poemas dedicados... porque estoy convencida de que, algún día, veré sus nombres en un programa de televisión, o en una radio, o sobre la portada de un libro... En cualquier momento empezarán a brillar con esa luz que a veces, solo a veces, dejan fluir durante unos segundos, unos minutos no más, el tiempo suficiente para que me traspase una fe que sigue siendo inquebrantable, una esperanza ciega en que algunos de los que hoy fracasan en nuestro sistema serán los grandes triunfadores del futuro. 

Así sea.


sábado, 18 de marzo de 2017

CONFESIONES A MEDIA NOCHE

"Tristes hombres
si no mueren de amores. 
Tristes. Tristes"

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias. 


Anna Adén



Troceo tus palabras como el pan de los pobres
las acerco a mi boca 
con sacrílegos besos
Me avergüenza
la mancha
que deja
el burdo carmín
de mis labios que 
inermes
te devuelven
los tristes versos
que esconden 
mi amor
y solapan 
tu miedo. 


lunes, 13 de marzo de 2017

LO NUESTRO

"Si a la larga
lloramos juntas,
nos estrechamos,
secamos la boca de la otra
del beso allí colocado
para sellar el tacto
de los espíritus separados
por algo tan necesario 
como el tiempo,
habremos hecho bastante"

Cherrei Moraga

Cultura inquieta


Quise que Belén estrenará su vida adulta con una visita al teatro, reconozco que no muy acertada. Me había encantado con La Odisea, pero confieso que El Brujo en El asno de Oro había resultado una sarta de despropósitos mal hilados. Creo que B. lo único que entendió fue su célebre frase a fuerza de repetida: "no... si yo de lo mío estoy mejor". 

Esa misma frase era la que B. repetía entre carcajadas mientras le relataba una anécdota sucedida esa mañana con una nueva compañera que, apenas hacia unas semanas había llegado al departamento a cubrir una baja. Me preguntó acerca de la duración de su contrato y fue cuando le conté la reciente viudedad de la compañera a la que sustituía. Muy empática, se le humedecieron los ojos y fue cuando, casi al descuido, le conté que también yo lo era y que hacía unos años que había tenido un cáncer, de ahí lo de mi reducción de jornada. Fue todo tan atropellado que la dejé con la cara desencajada. Aquello a B. le pareció tan divertido que no podía dejar de reír. Y realmente lo era, allí estábamos, riéndonos a carcajada limpia de los dos acontecimientos fundantes de nuestra vida. Habíamos aprendido a desdramatizar la muerte y la enfermedad .

B. atraviesa su adolescencia, que es el período en el que todos los padres empiezan a sufrir las iras de los hijos, y este es precisamente el momento en el que nos estamos reconciliando con la parte dañada que persiste en cada una de nosotras desde la muerte de su padre. La maternidad empieza a desteñirse por primera vez los tintes de culpa, de frustración, de tardes tediosas de jardín, de rabietas, de noches en vela... y comienza, lentamente, a dar sus frutos. Y es que, realmente, nosotras, de lo nuestro, empezamos a estar muy bien. 



viernes, 10 de marzo de 2017

LAS ÚLTIMAS MANZANAS

"No hay palacios de cristal. Dichoso quien olvida el porqué del viaje"

Luis Antonio de Villena,  Imágenes en fuga de esplendor y tristeza







La que desecharon todas las manos
la que tras el rubor esconde una condena
la que quedó a la suerte de esas pobres almas
que escarban las últimas frutas
con las que engañarán el hambre 

Bocados tristes a la promesa 
de un paraíso cada vez más lejos 
de aquella Europa
de su esperanza. 


domingo, 5 de marzo de 2017

DEL DERECHO O DEL REVÉS

"Sin tener que sentirme culpable 
de ser inocente"

Carla Badillo Coronado, XXVIII premio Loewe a la creación joven



Richard Tuschman


Llevabas razón, como siempre: ciertos verdugos no existen sin sus víctimas o, dicho de otra forma, algunos verdugos, para perpetuarse, necesitan a sus víctimas tanto como las víctimas los necesitan a ellos. Llevabas razón, como siempre, cuando insinuabas que también yo era parte de aquella farsa y que, de nada serviría el lamento sordo, porque toda víctima, cuando el tiempo lo propicia, acaba convirtiéndose en verdugo. A veces, responder con el silencio, acallar las palabras convenidas según el papel de víctima -la eterna disculpa, la justificación no pedida, la culpa omnipresente...- puede devolvernos la dignidad, hacernos recuperar el lugar que por derecho nos pertenece y del que solo nosotras una vez nos relegamos y al que solo nosotras nos podemos regresar. Porque los años ya nos han dado la suficiente sabiduría para adivinar que en una misma existencia cabe, aunque sea por error, vestir la vida del derecho o, en el peor de los casos, del revés.