viernes, 25 de marzo de 2016

MICRORRELATO

"Y aunque la vida siga
de un cuerpo desterrada,
y aunque el instante quede
como sombra del tiempo,
al final de la ausencia
te aguardará la imagen
de una hermosa amazona
perdida en el sendero
donde quedó la vida,
donde flotó el instante"

Álvaro Salvador


L. Freud



Tenía vocación de muerta. Lo intuí desde los primeros juegos escolares, cuando nos obligaba a velar su cuerpo durante los recreos; no quise darle crédito la primera vez que contuvo la respiración durante cuatro minutos ante el estupor del profesor de gimnasia del instituto; y ya no tuve la menor duda el día que Alberto le robó el corazón en el segundo año de carrera. En vano intenté suplirlo con uno de los corazones con los que hacíamos las prácticas de anatomía: nunca volvió a latir con la fuerza de un corazón humano. Tal vez este cúmulo de casualidades explique el hecho de que, entre todas las mujeres que puse a prueba en mis fugaces noviazgos, acabé por elegirla a ella: la única capaz de dejarse acariciar cada noche por las manos de un forense. 


miércoles, 23 de marzo de 2016

AMORES CONTRARIADOS




Gerhard Richter



Tú, víctima
convertida en verdugo
de otros inocentes.
Tú, verdugo
convertido en víctima
de otros asesinos.
No hay descanso 
en esta rueda imparable
de esta arbitraria ley del Talión
que no deja causa
sin venganza
ni juez
sin argumento.





domingo, 13 de marzo de 2016

TRISTEZA


A mi hermana pequeña

Sueños, G. Sterm


Qué tristeza resbala 
tras las letras de carteles 
mojados: 
cerrado por defunción
se traspasa por enfermedad
ofrezco gato sin dueño.

Qué tristeza se esconde
tras sentencias de diagnósticos
letales:
No podrá llegar a término 
nada podemos hacer por él
Detén aquí tu inocente espera

Qué tristes los domingos de ausencia
en los que los sueños
se pueblan de monstruos bicéfalos
y enfermeros de blancas batas.

Domingos de duelos
y también de quebrantos.
Domingos de domingo
con sabor a muerte.




jueves, 10 de marzo de 2016

FANTASMAS



Chema Madoz


Los fantasmas existen. 
Y cuando digo fantasmas 
no los nombro en sentido figurado, 
como un seguro artificio; 
y cuando digo existen, 
no es la elección al azar 
de un verbo entre miles. 

Muy a mi pesar, 

los fantasmas existen. 
Lo sé desde que aprendí
a enterrar estrellas de madrugada y
a dormir entre rosas de plástico. 
Desde que sueño paisajes que no existen
y añoro a hombres que no fueron míos. 
Desde que escribo palabras de sonidos nuevos
transida por este olor a crisantemos
y a lluvia triste que me mancha el alma. 

Pero por suerte, 
los fantasmas existen. 
Lo sé cuando la brisa cálida
juguetea con tu nombre en mi ventana y
desordena mi miedo y tu tristeza.
Cuando los espejos rotos 
disfrazan tu imagen con destellos
de hombres a los que nunca quise,
segura como estoy de que por suerte hay días
que tú te escondes certero bajo mi falda. 



miércoles, 2 de marzo de 2016

PARADOJAS

"Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero"

Santa Teresa 


Reliquia de la Santa


En medio de un silencio acompasado al lento discurrir del tiempo que marca inexorablemente el campanario, contemplo acaso lo que fueron estos años: una sucesión inconexa de capítulos conducidos por un único deseo, la santidad. La vida bullía  ahí fuera pero yo hacía ya varias décadas que había abandonado cualquier aspiración mundana. Entre caminos polvorientos transcurría una existencia que, quizás a ojos del mundo pudiera parecer baldía. De mi larga vida solo quedaban unas poesías que había empezado a escribir desde mi entrada en el noviciado y unos cuantos libros piadosos. Ahora estaba a punto de morir, lo presentía desde que comenzaron las pesadillas y los despertares súbitos empapada en sudor. Eso es cosa del Maligno, decían mis confesores, pero solo yo sabia que la muerte me estaba acechando y apenas si me quedaban unos meses para dar por concluido el relato de mis días. En vano intentaba buscar las palabras exactas: mis pensamientos se abalanzaban unos sobre otros nublando mi entendimiento. Mis manos temblaban más de miedo que de frío. Al fin, apreté la pluma antes de notar cómo mi cuerpo se desplomaba con un ruido seco sobre la mesa. Después, el tacto sobre mi carne de unas manos frías haciendo lo que yo misma había realizado con otras hermanas en tantas ocasiones: la vestidura con el hábito carmelita  tal y como estipula la tradición y toda esa triste sucesión de composturas escatológicas que no merece la pena relatar. Luego, un silencio roto por el ruido hueco de la tierra cayendo sobre el ataúd. Toda la eternidad por delante y ni un atisbo de cielo ni de infierno. Tan solo el zumbido en mis oídos de mi sangre y ese murmullo, que no me permite concentrarme en las oraciones que intento recitar a diario, de los que vienen a llevarse la otra mano, tal vez el pie, acaso, me temo, incluso este obstinado corazón.