viernes, 30 de octubre de 2015

NOVIEMBRE

"And ne forhtedon na"
(No temáis ya)

Palabras de J. Luis Borges en su tumba



Conozco esta sensación. La intuyo como el dolor de huesos que avisa puntual de la llegada de la lluvia. Al primer síntoma, procuro apretar el paso para llegar pronto. En el inestable equilibrio de un suelo que parece volverse agua, apenas acierto a aparcar el coche frente a la verja solitaria. Atravieso la cancela y, a tientas, agarrándome a los árboles para no pisar las grietas que avanzan como ríos impetuosos, llego hasta él. Me acurruco frente a su lápida, como cuando de niña quería alejar los miedos y, ya a salvo, me voy deshaciendo en agua, dejándome arrastrar hasta convertirme en río, hasta que mi ser entero se vuelve vapor y vuela detrás de nubes amenazadoras que acaban descargando con violencia, lamiendo las heridas de todo lo perdido. Entiendo al fin lo que significa cuidar a los muertos, limpiar una tumba, comprar unas flores... La pertenencia a la tierra, la conciencia de la finitud y la certeza de que unas palabras escritas sobre piedra perdurarán más allá de la mirada que puede reconocerse en ellas.


jueves, 29 de octubre de 2015

COPISTAS

A Gine, por su trabajo generoso


Fotograma de "El nombre de la rosa"

Monasterio de Vivarium, 10 de enero del 527 d. de C.


Me concentro en el relato. Trabajo a diario, desde que sale el sol hasta el ocaso. Cuando empieza a anochecer, mis ojos se nublan ante el resplandor de las velas porque las velas son enemigas de los libros. También intuyo el peligro de las ratas que acechan junto a los pergaminos, pero a esas las mantengo alejadas de mi preciado códice. Sé que, algún día, este libro ocupará un lugar privilegiado en alguna de las más prestigiosas bibliotecas. O quizás acabe en la faltriquera de cualquier mísero ladrón. No lo sé. Tampoco me importa ya mucho. Creo que he sido un hombre honrado, aunque la ambición cavó mi tumba.

Me había propuesto ganar el concurso anual de copistas e iluminadores que se venía celebrando a comienzo del primer mes lunar de cada año. De toda Europa acudían los mejores. Nos corroía el mismo pecado de soberbia y de autosuficiencia que acabaría con cada uno de nosotros: ni un borrón sobre la impoluta piel so pena de dejar manchado también nuestro nombre durante generaciones. Dediqué una semana entera a afilar las mejores de mis plumas. Preparé meticulosamente la tinta sepia y los pigmentos de carbón. Oré para pedir la serenidad de los santos. Pero, finalmente, mi ambición se rebeló contra mí. Solo los hombres que alguna vez han puesto precio su alma saben qué rápido crece la semilla de la ambición. 

Las esperanzas de muchos desgraciados estaban puestas en mí y en mi capacidad de hacerles ganar una apuesta que cada año generaba mayor expectación entre gentes de toda ralea. Dibujé la letra capital con esmero intentando en vano relajar la tensión de mis entumecidas manos y di comienzo al relato del capítulo más crucial de mi vida. Mis dedos empezaron a temblar con la sola mención de su nombre. El sudor de mis manos me obligaba a sujetar la pluma casi con violencia. El olor penetrante de la tinta me subía a la cabeza como el peor de los vinos que sirven en las tabernas. Embriagado con el veneno de su recuerdo, comencé a narrar sin pudor obviando el contenido del códice que se me había asignado. La luz a mi espalda empezaba a difuminarse y pese al riesgo, llegué a sujetar una vela con la mano derecha mientras con la izquierda trazaba aquellas líneas demoníacas que supondrían mi condena. Pese a todo, continué escribiendo, enfebrecido por un vigor que nunca había sentido a lo largo de una vida como copista de himnos litúrgicos y hagiografias de santos. 

Al terminar, firmé el códice con la confianza puesta en que todos vieran detrás de aquellas letras nada más que al copista; no en vano ningún autor soñaba aun con perdurar, con que su nombre pasara a la posteridad. Pero el mío quedó ligado para siempre a aquel manuscrito. Mi propia ambición y la denuncia de algún enemigo dieron con mis huesos en la cárcel acusado de prácticas demoníacas con aquella mujer. 

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Consejería de Educación. 10 de enero de 2015

Me concentro en el documento. Trabajo a diario desde que sale el sol hasta el ocaso. Cuando empieza a anochecer, mis ojos se nublan ante el resplandor de la pantalla porque el brillo excesivo es enemigo de mi concentración. También intuyo el peligro de los virus que acechan en los ordenadores, pero a esos los mantengo alejados de mi preciado documento. Sé que, algún día, este artículo ocupará un lugar privilegiado en la historia. O quizás acabe en el disco duro de cualquier mísero ladrón. No lo sé. Tampoco me importa ya mucho. Creo que he sido un hombre honrado, aunque la ambición cavó mi tumba.

Me había propuesto ganar el concurso anual al mejor gestor que se venía celebrando a comienzo del primer trimestre de cada curso. De toda Europa se presentaban los mejores. Nos corroía el mismo pecado de soberbia y de autosuficiencia que acabaría con cada uno de nosotros: ni un borrón en nuestro expediente so pena de dejar manchado también nuestro nombre durante generaciones. Dediqué una semana entera a preparar mis mejores enlaces. Elegí meticulosamente los márgenes y el tipo de letra. Hice una sesión de relajación para lograr la serenidad de los gurús. Pero, finalmente, mi ambición se rebeló contra mí. Solo los hombres que alguna vez han puesto precio su alma saben qué rápido crece la semilla de la ambición. 

Las esperanzas de muchos desgraciados estaban puestas en mí y en mi capacidad de hacerles entender una ley que llevaba meses generando expectación entre docentes de todos los centros. Marqué los estándares con esmero intentando en vano relajar la tensión de mis entumecidas manos y di comienzo al trabajo más crucial de mi vida. Mis dedos empezaron a temblar. El sudor de mis manos me obligaba a sujetar el ratón casi con violencia. El olor penetrante de la torre me subía a la cabeza como el peor de los vinos que sirven en las tabernas. Embriagado con el veneno de la ambición, comencé a cortar y pegar sin pudor reproduciendo una y otra vez el contenido del documento que se me había asignado. La luz a mi espalda empezaba a difuminarse y pese al riesgo, llegué a introducir un lápiz de memoria con todas las rúbricas en aquel puerto, lo que supondría mi condena. Pese a todo, continué escribiendo, enfebrecido por un vigor que nunca había sentido a lo largo de una vida en las aulas.

Al terminar, firmé el documento con la confianza puesta en que nadie viera detrás de aquellas letras al ejecutor de la LOMCE; no en vano ningún autor soñaba con que su nombre pasara a la posteridad unido a una ley tan polémica como esta. Pero el mío quedó ligado para siempre a aquel documento. Mi propia ambición y la denuncia de algún compañero dieron con mis huesos en la calle acusado de uno de los mayores despropósitos de nuestra historia. 

lunes, 26 de octubre de 2015

CIELOS E INFIERNOS

"Nombro a quienes irán al Infierno: (...)
los profesores de matemáticas, (...)
los contables y los boticarios (...)
los que madrugan 
sin necesidad.

En cambio van al Paraíso (...)
los niños, naturalmente, 
los caballos y los enamorados (...)
los del primer tranvía de la mañana
que bajo la bufanda bostezan (...)"

Primo Levi


E. Munch, "Bajo las estrellas"



Sin acritud, sin ánimo de insultar, sin rencor, sin ser de los que tiran la piedra y esconden el brazo, también esta noche de insomnio quiero yo nombrar a los que irán al Infierno, a los que ya forman parte de mi infierno:

Los ideólogos de la LOMCE, sin dudarlo.
Los abogados y los psicólogos, algunos.
Las mujeres perfectas
que son un insulto para las de verdad.
Los que trafican con besos.
Los jugadores.
Tú, seguro.
Y a ratos espero
Que yo 
jamás.

En cambio van al Paraíso:
los médicos, naturalmente.
Los suicidas y los locos.
Los huérfanos de padre y de madre
Y también los huérfanos de Dios.
Las enfermas y sus enfermeros.
Los artistas y los poetas. 
Tú, seguro.
Y a ratos espero 
que yo 
también. 




jueves, 22 de octubre de 2015

ORFEO Y EURÍDICE


"Y cuando ante la muerte,
con todas mis fuerzas grité,
que aún no había terminado,
que aún tenía mucho por hacer,
fue porque estabas conmigo,
a mi lado, como ahora,
un hombre y una mujer bajo el sol.
Regresé porque estabas tú"

Primo Levi, "A una hora incierta"


"Music", Matisse



Hombres sencillos cuentan las losas grises que los separan de la puerta verde que engulló a sus mujeres. Aguardan resignados en estrechos pasillos. Llevan esperando semanas, meses, algunos tantos años que perdieron la cuenta. No saben dar razones de su esperanza. Quizás han olvidado por qué esperan. Tal vez permanezcan en aquella sala porque no tienen ya un sitio a donde ir. A lo lejos se escuchan nombres de mujeres que nunca son las suyas. Engañan al tiempo con una música que ya nadie parece escuchar. Al fin, ella sale arrastrando los pies, con el cuerpo entumecido por la postura, desprendiendo un olor a azufre como si saliera del mismo infierno. Pese al pañuelo, pese al color de la piel, pese a la delgadez extrema, él podría reconocerla incluso con los ojos cerrados. Se sonríen con la mirada cómplice de la que solo sabe quien ha compartido el dolor. Él se adelanta, tal vez para recoger el coche. Atraviesa la sala de espera de medicina nuclear con el paso decidido del que sabe que no será la última vez que tenga que descender hasta los infiernos.




jueves, 15 de octubre de 2015


REFLEXIONES VIRTUALES


Añadir “mucho” al “te quiero”, más que una cuantificación matemática de nuestro querer, es una declaración de intenciones; más que una medida del amor, es el reconocimiento indigente de un amor sin medida, inmensurable, sin límites, siempre provisional en tanto que siempre perfectible. Solo en los libros, las películas y nuestras fantasías es el amor desnudo, absoluto y sin adverbios.

J.A Murcia, "Prohibido decir te quiero"




Esta noche, pese al cansancio de estos días cargados de reuniones interminables, no he podido ceder a la tentación de sentarme frente al ordenador y escribirle unas palabras a JAM. Asisto con emoción mal disimulada al comienzo de una bella historia de amor, porque no puede definirse de otra manera su relación apasionada y apasionante con las palabras. Recuerdo la primera vez que lo escuché hablar en público: no parpadeé durante los cuarenta minutos de su intervención. Él representaba el mayor exponente del arte de la Retórica, lo que los clásicos definían como el "ars bene dicendi": la técnica de expresarse de manera adecuada para lograr la persuasión del destinatario. A mí y al resto de los que estábamos en aquella sala no solo nos persuadió sino que nos sedujo y nos enamoró a través de la palabra. Por eso, cuando la vida lo alejó de la docencia y del estudio pensé que nos quedábamos un poco huérfanos sin sus reflexiones. Afortunadamente, la valentía de saber decir no a tiempo a un trabajo imposible de conciliar con la vida nos permite hoy recuperar la posibilidad de dejarnos llevar de su mano y estrenar estas "reflexiones virtuales", este espacio para detenernos, escucharnos, sentir y experimentar nuestro propio aburrimiento, acaso nuestra insondable soledad, porque quizá " solo entonces será posible encender la luz de todos los caminos y pintarle los labios al sol"

Así sea.


domingo, 11 de octubre de 2015

DOS POR UNO


"Llueve. 
La vida huye y nos deja
la eterna soledad de las estatuas"

M. Sánchez Robles, "Treinta maneras de mirar la lluvia"




Hoy necesitaba pensar. Habría preferido un paseo por el monte pero los telediarios llevaban varios días  amenazando con lluvias. Por el miedo al agua o tal vez a la soledad, he preferido perderme entre escaparates que anuncian las tendencias de temporada. Mis manos han examinado el tacto de la lana que parece envolvernos un invierno más, mientras mi cabeza vagaba a kilómetros de las voces que gritan por megafonía la oferta del día. Desde fuera, creo que parecía un náufrago boqueando por encontrar una orilla en la que arribar. Ni siquiera la sección de librería, que siempre calma mis zozobras, ha conseguido poner un poco de orden en mis deslavazados propósitos. 

A la entrada de cada tienda he ido tropezando con rostros más desvalidos que el mío, detenidos ante maniquíes a los que parecían interrogar con la mirada; ávidos de escuchar, aunque fuera la monocorde voz de la cajera que se despide con una sonrisa demasiado forzada. Es la misma soledad que en vano intentan ocultar los cartones de los bingos. La que cae tras las monedas de las máquinas tragaperras. La que traspasa la línea de ciertos teléfonos siempre apagados o fuera de cobertura. La del que come solo en mesas para dos. Porque quizá sea cierto que, en contra de todo pronóstico, con esto de la soledad, las cuentas nunca salen y algunos días que amenazan lluvia duelen las vidas de los que, confundidos por el neón, pagaron dos y llevaron uno. 


martes, 6 de octubre de 2015

OTRO

"Nacemos agarrados a un dolor que salva y sostiene"

J. L. Clariond 





Un luto sobre otro. Como viejas capas de pintura, una sobre otra... sin otra posibilidad de sobrevivir a la vida, sin otra posibilidad de sobrevivir a la muerte y al dolor.