domingo, 31 de mayo de 2015

TRISTEZA: PRIMERA SESIÓN


"Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos"

Viktor Frankl 


René Magritte


La sentía en el estómago desde primera hora de la tarde, enredada como una madeja de hilo. A veces, le había provocado pesadas digestiones; en ocasiones, males de amor; pero siempre, una extraña sensación como de pasos fugitivos. Había aprendido a vivir con ella como el que carga con con los años, que irrumpen con violencia un día, cuando ya siempre es demasiado tarde para poner remedio. Pese a todo, se había decidido a hablar. Es probable que ya no sintiera vergüenza ni miedo. Pero en el fondo, el sabor amargo de la derrota le rezumaba por cada poro como un viscoso moco verde que asomaba ya bajo unos pies que empezaban a desdibujarse peligrosamente frente a aquel amarillento cartel de la consulta de siquiatría. 



viernes, 29 de mayo de 2015

EXTRANJEROS


"Y el sol dejó cenizas en lugar de recuerdos"

Mijail Lamas


Miquel Barceló



Los perros aúllan desde la orilla. Una sombra se afana inútilmente sobre los desvencijados restos del naufragio. Sostiene con ternura un cuerpo entre los brazos. Lo acuna y le susurra en una lengua extraña mientras deposita la única moneda que posee bajo su lengua. Ni rastro de Caronte. Aturdido, se echa al suelo cegado por la luz de unos focos que avanzan inmisericordes hacia ellos. A partir de ese instante, ni un solo amanecer en el que no se sepa condenado a flanquear el límite entre la tierra y el mundo de los muertos. Él y sus descendientes, y los descendientes de sus descendientes, durante cien largos años de soledad.


sábado, 23 de mayo de 2015

PREDICCIONES


"Existe la alegría, pero duele;
Tendrás que conseguirla.
Y cuando la consigas, tendrás miedo"

Andrés Neuman 






Estoy mucho mejor, pero en cualquier momento puedo empezar a llorar como rompen las tormentas de verano y sorprenderte en pleno baño, o tal vez paseando sin paraguas y con chanclas, convertido sin saberlo en un personaje escapado de otra estampa, como el que se equivoca de puerta y entra en una casa que no es la suya y besa a una mujer que no es la suya y el niño que nunca tuvo le dice papá. Mira que puedo romper a llorar y quizá mis lagrimas convoquen tristezas antiguas y para entonces ni tú ni yo sepamos ya restañar la herida como no se puede los días de lluvia sellar los orificios por los que las alcantarillas vomitan el cieno legamoso que esconden las aceras. Puedo empezar a llorar o, tal vez, cierre los ojos, apriete los labios y espante el llanto con ese gesto distraído que tan bien conoces mientras tú comentas, ensimismado en las noticias, que el hombre del tiempo erró su predicción de lluvia un día más. 





viernes, 15 de mayo de 2015

PERDER PARA GANAR


A Jarito


“Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas, y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (…) Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetas a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos”.



J. Luis Borges. Los conjurados.



Hace años, a propósito de otras pérdidas escribía estas palabras. 

Pienso esta noche en todo lo que he perdido, y mis pérdidas se remontan más allá de cuando no podía asociar el concepto de la muerte al nombre de un ser querido. Estar vivo significa necesariamente perder a personas que amamos, a personas que formaron parte de nuestra vida durante un tiempo limitado. Esas pérdidas, ajenas a la muerte, nos preparan para otras pérdidas más definitivas, son como pequeños ensayos que nos permiten afrontar la muerte con mayor serenidad. Porque, a veces, las personas, se nos mueren en vida. P. y yo, por ejemplo, lloramos juntos la salida de nuestras vidas de un amigo que fue para nosotros como un hermano, y aquello fue como una muerte. Saber que esa persona seguirá viviendo, quizá no lejos de nosotros y aceptar que nunca más formará parte de nuestra historia es un dolor muy parecido al de la muerte real. Los grandes jalones de nuestra existencia, al final, siempre están ligados a las pérdidas. Aprendemos a vivir sin aquellas personas que un día lo fueron todo para nosotros. Y el recuerdo casi siempre se vuelve amargo.

A veces, las pérdidas llevan consigo un aprendizaje, pero, la mayoría, las pérdidas son enormes vacíos que se nos enquistan en el alma y nos llenan de impotencia y de rabia al constatar que no podemos hacer nada por cambiar la realidad, que no podemos evitar que salga definitivamente de nuestras vidas aquel que ya no quiere estar, por mucho que nos aferremos, por mucho que luchemos. Y seguimos viviendo, con la esperanza vana de que algún día, mientras paseamos, podamos encontrarnos de lleno con aquel rostro ya desdibujado por el tiempo para, al menos, comprobar que sigue vivo. Y frecuentamos los amigos comunes con la ilusión y el temor de escuchar noticias suyas. Y cargamos nuestras espaldas con esos pesados fardos que solo el tiempo aligera, pero que nos negamos a perder porque, en definitiva, esos nombres, ligados a tiempos concretos es lo único que nos va quedando de la persona que un día fuimos, y es lo que de una forma azarosa o preconcebida nos ha llevado hasta este hombre, esta mujer, que hoy somos. Por tanto, si para algo estamos entrenados es para la pérdida: desde el primer paraíso perdido, que es para mí la niñez, hasta mi última y gran definitiva pérdida, la de la muerte. 

Pero la muerte añade respecto a la pérdida un matiz aplastante: es irrevocable. Mientras vivimos, todo puede cambiar, cabe incluso la esperanza de recobrar a aquel amor adolescente incluso en la vejez. Pero, la muerte es como una losa cuyo peso va en aumento al constatar que ya nada queda para la improvisación o la sorpresa, que esa historia está definitivamente zanjada. Ese dolor tiene una magnitud que yo sólo había intuido. Por eso, creo que solamente una vida capaz de justificarse en sí misma puede convertir la pérdida en un paraíso para el recuerdo de los que permanecen.

Después llegaron otras pérdidas, y tocó aceptar la enfermedad, y aceptar las cicatrices, y el dolor y la fragilidad. Ya había dejado mucho atrás pero entonces, aún no era capaz de imaginar que no sería suficiente. Como el que viaja en globo y para retomar altura acaba arrojando incluso la comida y el agua, hubo que pagar con generosidad el precio de la quimio, de la radioterapia, de la operación, incluso, por sobrevivir un día más, un año más, una vida más. 

Y cuando todo parecía haber terminado, algo hizo clic, un clic casi inaudible, pero tan potente como la onda expansiva de un terremoto y el castillo de naipes sobre el que se sustentaban, en un frágil equilibrio, todas las experiencias de los últimos años empezó a desmoronarse. Entonces supe que asistía en primera fila a una última y dolorosa pérdida: la imagen heroica que había construido de mí misma caía al suelo con gran estrépito de cristales rotos. Por primera vez en todos estos años, balbuceaba, con dolor, con vergüenza acaso, que no podía dar un paso más. Todo lo de después lo recuerdo con mucha confusión: alguien me agarra de la mano y me saca de allí y después solo tengo ante mí interminables horas de sueño. Duermo, duermo por todas las noches de insomnio, por todo lo enquistado, por cada fracaso, por cada multa... y empiezo a entender lo de "perder para ganar". 

Al fin, siento que he ganado tantas cosas que no podría contarlas. 

Gracias.