viernes, 27 de marzo de 2015

SECRETOS


"Cuando me desperté (...)
había ganado el mundo
pero como un
explorador desamparado
había perdido mi mapa"

Anne Sexton



René Magritte


Aun cabe la posibilidad de contemplarnos en el reflejo de los charcos y leernos en las páginas de nuestros diarios para estar preparados cuando llegue el día en que tengamos que copiarnos a nosotros mismos. Entonces será tan fácil como un juego de niños imitar mis gestos frente a los espejos, usar la misma forma de decir te quiero, recordar esa manera tan mía de agarrarme a tu brazo cuando me invade el frío. Me echaré el perfume de siempre, recogeré mi pelo en ese moño que al soltarse auguraba mil promesas y te sonreiré con la risa con que solía convocarte a la vida de inmediato. Y tú, probablemente, cerrarás los ojos, girarás la cabeza con el mismo gesto con que aprendiste a espantar las dudas, como si no fuera cierto que te aterra el miedo de perderme, intentando tal vez disimular que tú sabes que yo sé que a veces es necesario aprender a amar de memoria y a vivir de oído para no andar a tientas por el mundo. 


lunes, 23 de marzo de 2015

APUESTAS


"A mi hermana Belén"

"Soy capaz de hacer trampas
para que no me gane la tristeza"

Gloria Fuertes



Pablo Picasso. "Femme de profil à l´éventail", 1964. Ilustración para Le Carmen des Carmen de Prosper Mérimée y Louis Aragon, 1964.


Hay apuestas que uno tiene perdidas de antemano y sin embargo, por alguna extraña razón, decide asumir. El otro día recibía el siguiente reto: ¿puedes aguantar 24 horas sin quejarte? A este le sumé el que ya traía entre manos durante varias semanas: 24 horas sin levantar la voz. Para sorpresa mía, he de decir que acaba el día y estoy casi a punto de ganar la apuesta. He dejado pasar por delante siete ocasiones de gritar o de quejarme, que no son pocas dada la intensidad del cabreo. Y es que, ahora que acabo la jornada rezumando sabiduría por cada poro de mi piel, comprendo que el grito y la queja no son más que un reflejo distorsionado de nuestra propia frustración. Y así, entre la frustración y la culpabilidad ocupo mis interminables días. 

Hoy, sin ir más lejos, me he levantado a las siete. Después de desayunar y de organizar la casa, ha empezado la misión imposible de cada mañana: despertar a Jorge de buen humor y conseguir depositarlo a tiempo en la puerta del colegio. Tras más de quince minutos de pronunciar su nombre en un tono que ha pasado desde el cariño a la amenaza con todas las modulaciones intermedias, he decidido dejar la cantinela y confiar en su sentido de la responsabilidad: primera ocasión. Él ha apurado el tiempo hasta que, veinte minutos antes de las nueve, se ha levantado, ha desayunado a toda prisa, ha hecho la cama como ha podido y ha salido olvidando sobre la mesa el bocadillo que yo le había preparado. En el ascensor he descubierto el olvido pero no he regresado como otras veces en medio de una lista interminable de reproches, sino que he apurado el paso para llegar a tiempo: segunda oportunidad. Después de dejarlos en el colegio he ido a una oficina de la Seguridad Social para dar de alta a la chica que ayuda en casa. He recordado, sin emitir ni la más tímida imprecación, la cola que tuve que soportar el viernes para que me comunicaran que faltaba una última firma. He superado la tercera oportunidad tras leer un mensaje suyo en el que me comunicaba que necesitaba su DNI y que tendría que cruzar Murcia en hora punta para entregárselo. Una hora después, ya en el instituto, he soportado estoicamente los regateos de última hora con las notas de la segunda evaluación. Cuarta oportunidad. Luego, sin apenas tiempo para comer, la revisión de la histeroscopia y esa vuelta interminable al pabellón bajo la lluvia por no permitir cruzar una puerta que solo es de salida. Quinta oportunidad. Llego a tiempo a la clase de natación pero el candado que no aparece y yo que me gasto cuatro euros en la máquina expendedora justo antes de que caiga  al suelo mi pequeño candado naranja escondido entre la ropa. Sexta oportunidad. Regreso a casa y empiezo con la cena. Puré de verdura y pescado para compensar las comidas del puente. Hora y media más tarde aún seguía en la mesa frente a un Jorge que ha puesto en funcionamiento todo su repertorio, desde el llanto hasta el grito pasando por la queja, el pataleo y la súplica. Séptima oportunidad. 

Y sí, hermana, a las 23:30 del día 23 de marzo de 2015 certifico que lo he logrado: 24 horas sin quejas y sin gritos. Ahora estoy frente al ordenador, cansada y derrotada. Se me cierran los ojos mientras escribo esta crónica tan prosaica del día. Quiero pensar que, una vez que uno empieza, esto ya va rodado. Pero yo solo siento, además del dolor de estómago, un profundo cansancio y empiezo a temblar solo de imaginar que el nuevo día está ahí, a la vuelta de unas horas. De modo que me apresuro a leer un par de páginas justo antes de que el sueño me gane la partida un día más, confiada, eso sí, en que mañana volverá a salir el sol.



  

martes, 17 de marzo de 2015

MICRORRELATO


"Esta mujer de paso leve y actitud sombría
Irá hacia la noche
y entre una multitud ebria de luces y de sombras,
ebria de música, cumplirá cual verdugo su destino"

Luz María Jiménez Faro



Kertész, A. "Distorsión"

Cada mañana, frente al mismo espejo, contemplo detenidamente mi rostro por ver si encuentro alguna señal en la que pueda reconocerme. Hago muecas, sonrío, abro los ojos desmesuradamente, saco la lengua... pero todo es inútil: esa que aparece reflejada en el espejo no soy yo. Tiene mi nariz, la forma de mis labios, los mismos dientes, idéntico tono de piel, incluso; pero no soy yo. Disimulo y me giro sobre mí misma por si puedo sorprenderla en un descuido: se nota que es una actriz profesional. Canturreo canciones de mi infancia mientras trazo concienzudamente la raya sobre mis cejas, pero ella no se inmuta, ni un gesto que delate un ápice de emoción. Las dos sabemos que yo nunca tuve que pintarme las cejas. Las dos somos conscientes de que este ha sido un error de cálculo imperdonable. Las fotografías no mienten. Ese es un detalle que ningún observador habría pasado por alto. Yo sigo disimulando. No me importa esperar. Soy paciente. Creen que estoy loca porque llevo años encadenada a este espejo. Pero estoy segura de que, un día de estos, si el sueño no me vence, me encontraré al fondo del espejo. Solo es cuestión de tiempo.




miércoles, 11 de marzo de 2015

ARMAS DE MUJER


"Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes, tristes"

Miguel Hernández


Foto ganadora de la World Press Photo de 1989. 



Me pides que me arme de paciencia y yo, ya ves, sólo sé armarme de sueños, armarme de poemas, armarme acaso de silencios. Escogería, si pudiera, que fueras tú quien me desarmara, quien a ratos me desalmara y me quitara el vestido y me borrara los miedos y me cubriera de besos y me arrancara a dentelladas una confesión en esta guerra que, cuerpo a cuerpo, hemos de luchar. 




jueves, 5 de marzo de 2015

MAESTROS


"Enseña solo, oh maestro, el camino del esplendor"

José Perona, maestro de gramática.


Ernst, M,, Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca


A diario soy consciente del poder que mis palabras adquieren cuando traspaso el umbral de un aula. Las mido, las elijo, las manipulo incluso cuando, a mitad de una clase, les espeto las mismas expresiones que mis alumnos utilizan y que me sirven para despertar su sonrisa y traerlos a mi terreno. En mi cuaderno de notas solo existen los positivos por los días de trabajo y cuando a final de trimestre hacemos las cuentas, hasta los "tres tristes positivos" poseen un gran valor. Me jacto de poner pocas amonestaciones y de recurrir a métodos como la amenaza o al chantaje, si es preciso, cuando descubro que se han fugado una de mis clases. Ellos sonríen porque en el fondo les gusta sentir que son importantes para su maestro. Porque en los pueblos no eres un profesor, eres un maestro. 

A los auténticos maestros les debemos tareas tan complejas y decisivas como enseñar a leer y a escribir, que son las verdaderas puertas de acceso para la adquisición de cualquier tipo de conocimiento. Admiro, pues, a los maestros y respeto profundamente su trabajo. Así se lo hacía saber el otro día a la profesora de mi hijo: le daba las gracias por haberlo enseñado a organizar una libreta, a escribir con trazos firmes, a plantear los problemas de manera secuenciada, a leer con esa entonación que hasta a mí me emociona, a recitar poesías que pasarán a formar parte para siempre de su acervo. Me siento agradecida y sé que juntas cooperamos por un bien común: la educación de mi hijo. Esos son los buenos maestros, de los que me hablan mis alumnos en sus redacciones cuando, en primero de la ESO, les pido que me cuenten cuáles son las mejores enseñanzas que traen del colegio.

Desafortunadamente, también hay otras formas de estar en el aula y de situarse frente a los alumnos que consiguen en poco tiempo destruir parte del trabajo que desde casa se hace por compartir y fomentar el amor por la lectura. Mi hija mayor, quizá para compensar mi inexperiencia como madre, creció escuchando poesías que servían para todo: para dormir, para comer, para jugar. Empezó a convivir con los libros desde que pudo sujetar uno entre sus manos. Y el año que aprendió a leer supe que dispondría de una herramienta mágica que le permitiría canalizar esa vida que con tanta crudeza habría de experimentar. Guardo textos, escritos aún con letras mayúsculas, de una profundidad que produce vértigo. ¿Cómo es posible que hoy llegara del colegio derrotada y llorosa porque un examen de Conocimiento del Medio valorado con un diez  había bajado a 9'50 por cuatro tildes y al hacerle saber al profesor que sí que las había puesto pero muy flojito se lo ha bajado a un 9? ¿Cómo es posible que la haya amenazado con una segunda corrección en la búsqueda de un nuevo error que no ha encontrado? ¿Cómo es posible que, al entregarle un cuento de dos folios mecanografiados con dos dedos e inventado a partir de la primera frase de uno de los microrrelatos que yo escribía delante de ella mientras esperábamos en la consulta del médico, le haya preguntado que para qué le lleva eso a él? ¿Cómo es posible que cuando define palabras en un examen sin usar un diccionario como les permite al resto le reproche que lo suyo no tiene mérito por ser hija de una filóloga? ¿Cómo es posible que mi exquisita educación me impida mañana confesarle que, pese a maestros como él, los alumnos brillantes acaban siempre encontrando el camino hacia el esplendor?

Por toda respuesta he pensado que esa noche tendría su merecido cuando escribiera las terribles palabras que, de alguna forma, caerían implacables sobre su conciencia. Y juntas hemos reído celebrando ese diez con cuatro tristes tildes que tildaban en un trigal.


  

miércoles, 4 de marzo de 2015

ENCUENTROS


"Muy de cuando en cuando, sus muertos se le venían encima, una inesperada tromba fantasmal, un zarpazo de congoja que desgarraba el pecho"

Montero, R., El peso del corazón


P. Delvaux

Con los años, por suerte, los encuentros se han ido distanciando. Pero hay semanas en las que el azar me tiende trampas en cada esquina y detrás de los maniquíes de algunas tiendas, en los asientos contiguos de los aviones o en las ventanillas de los bancos me encuentro con algunos fantasmas que me asaltan sin recato ni pudor. Tardo unos segundos en reconocerlos. Tal vez a causa de mis ojos, que deben realizar un viaje de ida y vuelta desde las profundidades del infierno antes de que sus nombres vuelvan a asomar a mis labios. Intento ser cortés con ellos, preguntarles por su trabajo, por sus hijos, recordar, incluso, alguna anécdota de cuando nos creíamos tan felices. Reímos con una risa apagada, gastada por el tiempo, vacía de complicidad y nos prometemos volver a encontrarnos. Pero ahora ya sabemos que esa es solo una mera fórmula de despedida, la señal convenida para el descorche del recuerdo. En casa, ya a solas, intento sacudirme los recuerdos. Les paso varias veces el peine para ver si así los desenredo. Conecto las alarmas contra la nostalgia y mientras me sirvo una copa del vino más peleón de la bodega, mi cabeza se escapa a ese pequeño espacio de recuerdos comunes que aún sigo manteniendo intacto. Vuelvo la vista atrás, solo entonces soy capaz de adivinar el peso exacto del corazón