viernes, 28 de noviembre de 2014

LOS DESERTORES


"Un moribundo es un muerto equivocado"

Santiago Delgado


Ferrer- Dalmau,A, "Al final de la batalla"



Hoy, mientras desayunaba como cada mañana asomada de puntillas a mi pequeño universo, me he dejado arrastrar a través del agujero mágico de mi pantalla que, los días de suerte, acaba conduciéndome hasta mundos insospechados. Así es como he dado de bruces con este cuento de Santiago Delgado: "Los desertores". Muy resumidamente, narra la historia de dos supervivientes en una batalla de la Antigüedad que son heridos y caen inconscientes antes de conocer el bando ganador. Al despertar, se hacen pasar por muertos para evitar que la antigua costumbre de rematar a los moribundos les robe definitivamente el derecho a la vida. Se levantan temerosos e inician este diálogo sobrecogedor:


 El que lleva la iniciativa señala al otro:
         -¿Cambiamos las ropas…?
         En silencio le responde el aludido, mostrando su ignorancia o perplejidad respecto a lo que dice.
         -Yo iré con tus ropas a tu tierra, hacia el sur –dice con ademanes certeros,  luego prosigue- … Tú con las mías hacia el norte.
         Piensa el aún callado personaje del cuento, y, sonriendo asiente.
         Mientras proceden, el parlanchín explica:
         -Ya somos muertos, estamos en otra existencia. Tú iniciarás tu nueva vida en mi tierra, donde nadie te conoce. Lo mismo yo en la tuya. Cada uno en una tierra nueva, en la que será respetado merced al ropaje que lleva. Luego, que la suerte y la decisión de cada uno busque su ventura.

He ido arrastrando el recuerdo de este diálogo hasta el momento en el que, al fin, a solas, he podido releerlo para confirmar la respuesta o al menos la intuición que, esta mañana, como un fogonazo, ha iluminado de repente el espacio reducido en el que, como fiera encarcelada, una pregunta merodeaba desde la muerte de P: ¿por qué él y no yo?

Es difícil, si no imposible, encontrar una justificación para la muerte y ni el azar, ni la suerte, ni la enfermedad, ni los años sirven de bálsamo para el que permanece. El que acompaña a otro en el trance de morir pasa a formar parte desde ese momento de otra existencia, entra en una tierra nueva en la que se sabe un desconocido para siempre. Quizás en las horas de insomnio se pregunte si será cierto que un moribundo es un muerto equivocado. Incluso en algún momento de desesperación le increpe a su muertos en una pregunta sorda: "¿cambiamos las ropas?

Y acaba el cuento:

         -Ninguno sabemos quién venció la batalla. Pero mientras no lo averigüemos, nuestros ropajes nos protegerán. Si hemos de cambiar de Dios, de Señor y de lengua, hagámoslo pues que estamos en tiempo nuevo. Quien equivoque vencedor, piense que le duró la duda y mientras duró, esperanza tuvo. En su tierra, raro resucitado sería y no bien recibido habría de ser. Nadie vuelve de la muerte. Y quien ganó victoria, goce su fortuna.

         Abrazáronse y sin mirar atrás, comenzaron su andadura en pos de sus nuevas vidas"

El que sobrevive pasará sus días a partir de entonces como un desertor, sin saber quién venció la batalla. Tal vez esa duda lo acompañe siempre y mientras dure, será señal inequívoca de la vida que continúa. Cambiar de Dios, de Señor y hasta de lengua por ir en pos de esa nueva vida precios insignificantes son comparados con el doloroso sacrificio de no volver la vista atrás por temor a ser convertidos, como la mujer de Lot, en estatuas de sal.

El autor me perdone por destrozar este hermoso relato que aquí os dejo para que disfrutéis con su lectura: oficiodeescribirblogspot.com


miércoles, 26 de noviembre de 2014

ANIVERSARIOS


"Y una mujer que sabe que los muertos no mueren"

Francisca Aguirre 



George Grosz

Algunas fechas siguen cortando como cristales de antiguas refriegas. Pasan los años. Los cuento muy despacio: uno, dos, tres, cinco, siete. He empezado a olvidar: su voz, creo que eso es lo primero que se pierde; el tacto de sus manos, que ya no permanece en la memoria de mi piel; su imagen imponente. Escapo del frío de diciembre, como si correr sirviera para restañar la herida, como si mis pasos tuvieran destino. Me escondo en ciudades anónimas por las que camino insomne rumiando su memoria. Borro el rastro tembloroso que he aprendido a contener tras los ojos, bajo el corazón, entre los dedos. Y después regreso como de un largo exilio, entro en una casa que no me reconoce, beso a mis hijos que son ya otros y saludo al hombre que apostado en la puerta me sonríe con un gesto que en nada parece presagiar lo que una vez más está aún por comenzar.



lunes, 24 de noviembre de 2014

HORMONAS


"Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres (...)
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez"


Leopoldo María Panero




Chagall, M., "El circo azul"



En mis sueños, las imagino feas y barrigudas, con una verruga solitaria en medio de la nariz, como las brujas de  mi infancia tal vez. De su saco penden el peso de nuestros humores, de nuestra libido e, incluso, de algunos de nuestros peores tumores. Pese a los años, como el coco de los cuentos, nos siguen aterrando. No hay edad en la que no sintamos la amenaza de sus pasos vacilantes a nuestras espaldas. Entre nosotras manejamos con soltura nuestros ciclos, nuestros humores, nuestras flaquezas, pero ellos se pierden a merced de un código que les resulta casi siempre indescifrable; tan indescifrable como la aparente simplicidad detrás de la que ellos parecen ocultarse. Y así, en la búsqueda de la tensión exacta del trapecio que juntos recorremos a diario, pasamos la vida entretenidos en este juego en el que mirar abajo está prohibido por no asumir de golpe el terror y el abismo del que camina sin red donde ensayar la vida. 


jueves, 20 de noviembre de 2014

LISTAS


"Estirar las piernas en la cama hasta que crujan, beber agua después de lavarse los dientes, olvidar dónde está el coche al salir del cine, bucear hacia la luz, una sonrisa leve, la frescura de la almohada, abrir la ventana por la mañana temprano, una carretera vacía, el sol de invierno, tomarse el café en el balcón, entenderse sin hablar, volver a casa un domingo por la noche y quitarse los zapatos…"

Yayo Delgado

Schad, C, "Retrato del Dr. Haustein"


Me gustan las listas. Hago cientos de ellas: la lista de la compra, la de los alumnos, la de los amores, la de los libros pendientes, la de los agravios, la de los enlaces interesantes, la de los días que me llamas, la de las deudas, la de los posibles y también los imposibles. Es un sano ejercicio el de confeccionar nuestras listas. En la de los posibles, añadir cada día a modo de descubrimiento, al menos, un placer nuevo: de los pequeños, de los cotidianos, de los que nada cuestan pero acaban apuntalando la existencia. Y ¿por qué no? atrevernos también a garabatear la otra, la de los imposibles: con los miedos, con aquello ante lo que nos sentimos insignificantes, con lo que nos duele, con lo que querríamos haber olvidado ya. Y pese a todo, hacerla, como seguro talismán contra nuestra propia desdicha. Porque, a veces, lo que deja de flotar en el limbo de nuestro inconsciente como una idea vaga y oscura, cuando se convierte en palabra, como los fantasmas a plena luz del día, deja de paralizarnos.

Confiando quizás en esa suerte de sortilegio, me atrevo a escribir esta noche mi lista de imposibles: abrir el buzón de casa, cerrar la puerta con la llave puesta, echar gasolina, el timbre que anuncia el fin del recreo, el café frío, la muerte de mis padres, los zapatos planos, el bricolaje, las revisiones médicas, los kilos de más, que tú me olvides, trabajar los días de lluvia, que le rompan el corazón a mis hijos, los graciosos de turno, el atasco de las nueve, la humedad del invierno, algunos aniversarios, pasar la ITV, los jerséis de lana, los besos al aire, el agua fría, la gente ruidosa, el teléfono a media noche, las conversaciones triviales... Y, afortunadamente, poco más...


martes, 18 de noviembre de 2014

EL MIEMBRO FANTASMA



A Raúl

"Las cicatrices (...) son las señales que quedan después de los combates, de los años, de veintiuna capas de pintura (...)

Todo queda escrito en la piel"

Gómez Ribelles, A., "Cicatrices"


Genovés, J:, "El abrazo"



Se reconocieron como dos viejos lobos de mar en tierra firme. Estrecharon sus manos en la complicidad que dan las guerras compartidas. Tan solo eran dos supervivientes: él, con su pierna de menos; ella, con su teta de más. Y aunque la palabra amputación se había vuelto políticamente incorrecta, a ellos no les importó reconocer el dolor que dejan las cicatrices, la memoria que imponen los miembros que se niegan a convertirse en fantasmas forzosos. Porque aquella forma despiadada de doler no era, ella lo sabía bien, sino el grito desesperado de lo que se resiste a no ser para siempre. 

Por el dolor o tal vez pese al dolor, había hecho de la dignidad su moneda de cambio. La dignidad del que luce su pérdida como la medalla del que fue a una guerra y, pese a todo, la ganó. Y regresa con honores y vítores contando lo que trajo y olvidando lo que dejó. Porque más se perdió en la guerra les decía siempre a los que escuchaban su historia con admiración. Y aunque con frecuencia, no comprendían que tras aquella guerra perdida de la que hablaba se escondían los rostros de los que no sobrevivieron, todos acababan por saberse uno en el dolor que producen esas otras amputaciones que, aunque invisibles, no se resignan a ser escondidas bajo la ropa y tras la piel.


domingo, 16 de noviembre de 2014

NIÑERÍAS


A Jorge 

Lichtenstein


Pequeños dioses. En sus manos, las palabras tan manidas por el uso se vuelven del revés para ser utilizadas con los ojos nuevos del niño que susurra deslumbrado: mami, eso de estar en coma... ¿no seria mejor decir que está en puntos suspensivos? Y ante esa lógica tan aplastante, callo, feliz de presenciar cómo la magia de las palabras lo seduce por primera vez. 


viernes, 14 de noviembre de 2014

RECETA PARA SUPERAR LA ADVERSIDAD


Hoy me llegó una compañerica a la que quiero mucho con ese rictus que las pérdidas dejan hasta en los rostros más valientes. Y, aunque yo sé que para esto de poco sirven las palabras, vaya por delante esta pobre receta para sobrellevar la adversidad. 

A T., por el valor de la sonrisa de hoy 



Ingredientes: 

1 lámina de dignidad
toda la pena bien escurrida de llanto
2 kilos de resiliencia
un par de pastillas concentradas de soledad
una pizca de compasión
un vaso generoso de confianza 


Preparación:
Antes de explicar el proceso de elaboración, será necesario realizar un pequeño experimento para poder entender las características y propiedades de uno de los ingredientes fundamentales de esta receta: la resiliencia 

Se pondrán tres ollas con agua, una de ellas con huevos, otra con zanahorias y la tercera con café. Después de veinte minutos, comprobaremos cómo los huevos que eran frágiles antes de la cocción, ante el fuego (la adversidad) se han vuelto duros; las zanahorias, que eran duras, se han vuelto blandas; en cambio, el café, cuando se ha calentado, ha sido incluso capaz de transformar el agua en la que estaba sumergido. La resiliencia es precisamente esto, la capacidad que nos permite sobreponernos a la dificultad  y lejos de ablandarnos como las zanahorias o endurecernos como los huevos, nos hace transformarnos a nosotros mismos e incluso a nuestro entorno. *

Una vez que hemos realizado esta pequeña demostración, comenzaremos la receta propiamente dicha con la preparación de una fina capa de dignidad, que una vez acabada, nos servirá como protección contra las miradas curiosas. Para ello, extenderemos sobre la mesa una plancha de dignidad; habrá que ir estirándola con gran delicadeza, de tal forma que quede una capa ligera pero consistente que reservaremos en un lugar seco. A continuación, trabajaremos la pena: el objetivo es que podamos manejar la masa sin que se nos quede pegada a las manos aunque, al principio, el simple gesto de tocarla entrañará una gran dificultad; para facilitar el amasado, habrá que añadir los dos kilos de resiliencia. La resiliencia es, como hemos dicho, esencial en este tipo de cocina y la obtendremos de la capacidad que algunas personas poseen para pasar por situaciones de vida adversas y, a pesar de ello, lograr salir transformados positivamente por dicha experiencia. Cuando ya hayamos mezclado estos dos ingredientes, se echarán las dos pastillas de soledad concentrada y una pizca de compasión de nuestro mejor amigo (de la marca "padecer con", no aceptéis sucedáneos). En el último momento añadiremos un buen vaso de confianza, a ser posible de nuestra cosecha más antigua y lo dejaremos fermentar. Buena parte del éxito de la receta radica en este punto: habrá que cubrir la masa con la fina capa de dignidad que previamente hemos preparado y mantenerla en un lugar tranquilo y alejado de miradas curiosas. Este proceso de fermentación tendrá una duración variable: para unos, meses, que llegarán a convertirse para otros incluso en años. Transcurrido este tiempo, ese dolor inicial que al principio ocupaba toda nuestra mesa de trabajo se habrá transformado y nos habrá transformado a nosotros mismos capacitándonos así para "suscribir un contrato contra la adversidad".

*(Adaptación del libro: Forés A. y Grané, J., La Resiliencia. Crecer desde la adversidad, Plataforma Editorial, Barcelona, 2010)




miércoles, 12 de noviembre de 2014

MENTIRAS


"Para los niños el primer fin del mundo de su vida"

Wistawa Szymborska




Mary Cassatt

A veces mentimos. Mentimos por error, por ignorancia, porque hay verdades que son demasiado dolorosas para ser contadas. Belén hoy tuvo que mentir. Una compañera nueva le  preguntó que por qué no venía su padre nunca a recogerla. Y ella, para sorpresa del resto, respondió que porque trabaja mucho. "No puedo decir una vez más que está muerto"- balbuceaba sin dejar de llorar-. Pero ella como yo sabe que no podemos dejar de ser quienes somos. Le susurro que también yo esta semana me vi obligada a confesarle a una compañera nueva que no tengo marido. Pero en el fondo, las dos sabemos que ella juega en desventaja. Tengo muchas amigas con un marido que a efectos prácticos está muerto. Ella, en cambio, es de las pocas niñas que no tiene padre. La orfandad es la palabra más desoladora que conozco. Más que la palabra enfermedad o la palabra muerte. La orfandad es un mordisco demasiado grande para una boca demasiado pequeña siempre, aunque tengamos cincuenta años. Pero somos quienes somos le digo, a pesar de no tener padre, a pesar de no tener marido. Somos quienes somos, le insisto, precisamente por no tener padre, por no tener marido. Y esto da una gravedad y una hondura a nuestra vida que nos gustaría no haber probado. A veces mentimos, pero nuestras mentiras esconden solo el deseo de sobrevivir a ciertas heridas que nos sentimos incapaces de nombrar una vez más.


domingo, 9 de noviembre de 2014

MICRORRELATO


"Hoy he hecho la compra
de la semana.
Cinco longanizas.
Para atar
al perro"

Vicente Llorente

Nos aprovisionamos como si el fin del mundo estuviera cerca. Llegué a casa con mi botín duramente peleado en la cola de aquel infernal supermercado. Exhausta, arrojé el contenido de la bolsa sobre la mesa de la cocina y suspiramos aliviadas, a salvo de miradas codiciosas: tres cajas de crema gold, dos de reafirmante y una de sérum a mitad de precio. Desde nuestra ventana aun se puede ver la cola que da la vuelta a todo el supermercado y casi, de no ser por la vestimenta, llega a confundirse con la otra: la cola de los que, apostados desde el atardecer, esperan a que saquen los contenedores con las otras ofertas del día.




domingo, 2 de noviembre de 2014

NOVIEMBRE


"Pero noviembre vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad
(las huellas del amor sobre los hombros
como una caravana de detalles confusos)"

Luis García Montero






Restriega su nombre como si a fuerza de limpiarlo pudiera lavar también su dolor. Se detiene para secarse el sudor mientras coloca las flores y recuerda el frío de otros noviembres. Mira mecánicamente las dos fechas de la inscripción: el dolor se le pega a la garganta y destiñe negruzcos recuerdos como si sobre él hubieran abocado el cubo de agua fría del pasado. Está acostumbrada a tropezar con su nombre: en la inicial bordada de las toallas, en los títulos que cuelgan de la pared, en el buzón por el que se derrama la correspondencia monocorde; pero aún se le anegan los ojos al verlo impreso sobre una lápida. Terminadas sus oraciones, arrastra su luto mientras lee en silencio otros nombres que aprendió a fuerza de costumbre. Camina erguida  intentando fingir que el peso de la existencia es liviano por hacerla quizá más soportable. Él está muerto, es cierto, pero sigue empeñado en ganar un noviembre más esa sorda batalla contra el olvido de la que ella parece ser el último testigo.