viernes, 22 de agosto de 2014

MICRORRELATO

"Para la huida hay que saber calcular distancias
y llevar como equipaje el alma y la memoria"

Jorge Ortiz Robla



Aquel día le tocaba morir, comer con sus suegros, llevar la ropa a la tintorería y devolver los libros de la biblioteca. Toda la mañana ocupada y después, la agenda quedaba en blanco durante unas horas hasta las ocho de la tarde, hora prevista para el óbito. Realizó las tareas con la misma desgana de siempre, como si hubiera otros días, otras posibilidades de enmendar los errores de toda una vida. Después, se sentó a contemplar el paso lento de las horas sin más ocupación que contar las rajas incipientes de la pared y las manchas de humedad con las que jugaba a adivinar formas, como de pequeño hiciera con las nubes. Estas manchas, en cambio,ahora le traían a la memoria rostros casi olvidados: el de su tío Eleuterio, que desapareció de forma misteriosa allá por el 34; al lado, aunque un poco desdibujado, el de su madre, sólo unos años más tarde; este, el de Roberto, su hermano pequeño, el preferido, ausente desde la primavera pasada; y aquel otro, no podía negarlo, tenía toda su cara, el mismo mentón prominente, los mismos ojos saltones, idéntico rictus de amargura mal disimulada... No le cabía la menor duda, era él. Aquella no era sino otra prueba con la que corroborar quién era el siguiente de la lista. No sentía miedo, ni impaciencia, ni tristeza, si acaso, un asomo de curiosidad por desentrañar aquel secreto a voces de las desapariciones que perseguía a su familia. Al fin sabría algo más que los rumores de viejas que había escuchado desde niño. No daba crédito a quienes hablaban de oscuros rituales de brujería o de secretas organizaciones masonas. Ni siquiera le servían de consuelo los que atribuían las desapariciones a la misma causa milagrera que otros veían detrás de las apariciones que se habían ido produciendo de forma continuada en aquella casa desde la primera desaparición. Desde entonces, grupos llegados desde toda la región, organizados en peregrinaciones improvisadas, ocupaban las inmediaciones de la casa en sordos rezos y suaves cánticos. Miró el reloj: apenas unos minutos para las ocho, hora en la que los peregrinos volverían a entonar sus cantos. Escondido tras la ventana, los vio acercarse: su tío, su madre y su hermano, uno tras otro en fila India. Les abrió la puerta pese a la inutilidad del gesto y los recibió con esa misma sonrisa beatífica que decían los que los habían visto, iluminaba el rostro de cada uno de los desaparecidos.


jueves, 21 de agosto de 2014

MICRORRELATO


"Puede ocurrir que un día, al despertar
hayas vuelto a ser tú
y nadie pueda ya reconocerte"

Federico Gallego Ripoll







Ya en la orilla comenzó reconocer los rostros que, desde dentro, se confundían entre la multitud: Antonio, su mejor amigo de la escuela infantil; Adela, la monitora de natación de la que todos andaban enamorados; Susana, su primera novia; y en primera fila, sus padres y sus hermanos en esa estampa familiar de la fotografía que tantas veces había contemplado tratando en vano de distinguirse de su gemelo. Estaban todos salvo él, que parecía condenado a bucear verano tras verano en aquellas aguas que, después de tantos años, seguían pareciéndole tan frías como la mañana en la que los dejó a todos en la orilla con el alma en vilo, pendientes de unos ejercicios de reanimación que, esta vez, no podrían calificar como un simulacro fallido más. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

MICRORRELATO: LOS TRISTES


"Mientras se hunde y opera
sin anestesia la retórica
-pues ya no tengo corazón-
solo quiero cerrar los ojos
no ver los sitios donde he estado"

Juan Carlos Abril

E. Munch


Se encontraron de casualidad, que es la forma que escoge el destino para urdir en silencio la trama desmanejada de ciertas vidas. Se reconocieron en esa dignidad arrogante que asoma a los ojos de los que han sabido pelear duro. Desde entonces, se volvieron inseparables, sin que mediaran más presentaciones. Y, poco a poco, como caídas a jirones, fueron llegando las horas de las confidencias. Desde qué él no tenía pierna, sentía unas ganas irrefrenables de jugar al fútbol; nunca hasta entonces lo había hecho pero, ahora, soñaba cada noche con ese gol que decidiera el resultado del partido en el minuto final. Desde que ella no tenía pecho, soñaba con cálidos baños en playas nudistas donde dejar de ocultar su triste desnudez. Desde que él no tenía pelo, acariciaba su cabeza con la misma desolación del adulto que contempla sus juguetes inservibles. Desde que ella no tenía sexo, se sabía inmortal como los dioses, que no conocen el deseo. Pero sobre todo, era desde que no tenían corazón que iban, de manera casi imperceptible, entrando cada día un poco más en esa ciega complacencia de los muertos que los iba volviendo cada día un poco menos tristes.



martes, 19 de agosto de 2014

STAND BY


"Hoy puedo mirar al mar mucho tiempo
lo que está en la tierra ya no me interesa"

María Cabrera González

"Mujer del mar"

Dejar la vida en modo stand by durante unas semanas. El tiempo suficiente para correr tras peces huidizos, bucear en aguas cálidas y fingir por un instante nuestra complacencia en la amabilidad del mundo. Dejarse llevar tras definiciones imposibles de absurdos pasatiempos. Hacer lecturas inocuas para el corazón. Tenderse bajo el indulgente sol de agosto y contemplar indolente los paraísos fingidos. Dejar de pensar y sobre todo, dejar de sentir. Obstinarse en la amable mecánica diaria del qué leer, bajo qué bandera bañarse o en qué rincón aposentarse. Y sobre todo, sonreír y pensar que sí, que esto que hoy vivimos no es más que nuestro justo esfuerzo por construir los recuerdos que algún invierno atestigüen que vivimos aquellas vacaciones y cumplimos fielmente con el compromiso de intentar ser felices un verano más.