jueves, 30 de enero de 2014

ANATOMÍA POÉTICA


Man Ray
"Igual que en la literatura existe una verdad literal y una verdad poética, en un ser humano también existe una anatomía literal y una anatomía poética. Una se ve; la otra, no. Una está hecha de huesos y dientes y carne; la otra está hecha de energía y memoria y fe. Pero ambas son igual de verdaderas"

E. Gilbert, Come, reza, ama.

Me imagino la cara de estupefacción de los incrédulos estudiantes de medicina al leer en el plan de estudios el nombre de la nueva asignatura. Menudo despropósito, pensarían los mas sensatos, unir dos términos irreconciliables. Pero es que la realidad de un enfermo de cáncer, que no tiene la mayoría de las veces nada de poético, necesita con más frecuencia de lo deseable trascender su triste anatomía para poder dar sentido a tantos despropósitos. 

Ayer sobre las diez, recibí la visita de una inspectora médica. Como todos los miércoles tenía mi clase de pilates a las nueve, pero debía llevar a Jorge al pediatra y casualmente decidí que nos quedaríamos en la cama, él durmiendo y yo leyendo un rato. Cuando salí a abrir la puerta, me miré en el espejo y me di cuenta de mi aspecto deplorable: era evidente que aquella no había sido una de mis mejores noches. 

La hice pasar, un poco cohibida ante lo absurdo de la situación: de repente, me vi en medio de mi comedor, en pijama y frente a una auténtica extraña. Por un momento dudé entre invitarla a café o sugerirle cortésmente que abandonara mi casa. Finalmente, solo por educación y sin que mediará ningún café por medio, me senté frente a ella y respondí no sin dificultad a una serie de preguntas rutinarias para ella, incómodas para mí dada la cantidad de emociones que me evocaba cada una de las respuestas. 

Es difícil resumir todo un año de tratamiento. Sobre todo cuando te ves forzada a relatarlo frente a una desconocida que ni te mira a la cara, preocupada únicamente por completar su ficha. Con poca convicción ya, con cierta desgana, con bastante abatimiento, le conté el periplo de mis últimos meses. Transitamos por lugares comunes que sólo me provocaron irritación y tristeza: el tiempo que todo lo cura,la fuerza de los niños para sobrevivir a la adversidad, la importancia de una buena terapia... Me tomé la molestia de asentir a cada una de las frases que, seguro, formaban parte del protocolo de actuación en los casos de mujeres viudas con dos hijos y cáncer de mama. 

Me habría gustado decirle tantas cosas. No sé si habría entendido la diferencia que existe entre sanar y curar. Quizá podría haberle leído un párrafo de la doctora Christiane Northrup: "La curación, que es lo que se les pide a los médicos, suele consistir en un tratamiento externo, que emplea medicamentos o una intervención quirúrgica para eliminar los síntomas (...) La sanación ahonda más que la curación y siempre debe provenir de dentro. La sanación soluciona aspectos con frecuencia ocultos de la vida de una persona en cuanto se relacionan con su enfermedad"

Quizá las palabras de Germaine Greer podrían haber sido lo suficientemente convincentes como para justificar estos cuatro meses más que con tanto esfuerzo he conseguido arañarle a la vida: 

"He visto a mujeres sanas y me estoy convirtiendo en una. Estoy comenzando a saber cómo es estar bien. Nada es más emocionante que saber que nuestro cuerpo y nuestros sentimientos son un camino despejado y abierto hacia nuestro destino"


lunes, 27 de enero de 2014

GAME OVER






Escuchó aquella voz que pronunció su nombre por megafonía y no pudo evitar sentir que aquel tono tan masculino era, en aquel contexto, un mal presagio. Había decidido ir con ropa deportiva y sin pintar. Pensó que mostrarse al natural no implicaba ninguna mentira. Pero a última hora, justo antes de salir, no habia podido resistirse a perfilar aquellas cejas que tanto se estaban resistiendo a salir. Se miró al espejo y asintió complacida al ver que, incluso en los peores momentos, aún seguía sorprendiendose con algún gesto de coquetería adolescente.

Entró con paso decidido hasta dar con su puerta. Tardó pocos segundos en examinar aquel rostro desconocido: mediana edad, gafas, cara angulosa, anillo de matrimonio... un rostro que la dejó indiferente. Se produjo un breve silencio mientras él leía el expediente que resumió en un frase lapidaria: "lleva usted ya un año de baja". Ella asintió confusa e intentó dejar su mente en blanco como siempre hacía en aquellos momentos. Con rostro triunfal, le tendió el informe médico, que guardaba en su bolso como un as bajo la manga, y en el que la oncóloga sugería la conveniencia de prolongar la baja. Pero aquel señor le clavó su desconfiada mirada de miope, como el que descubre que le has pagado con un billete falso; adujo que la fecha databa de un par de meses antes  y que, seguramente, no lo darían por válido. 

Era su tercera inspección médica y las anteriores no habían sido más amables. Empezaba ya a estar tan cansada de contar sus miserias en tantas ventanillas que decidió adoptar su pose más digna. Asintió indiferente cuando aquel doctor dijo que su trabajo no consistía en mover cajas y que las pequeñas molestias del brazo no supondrían impedimento alguno. Recordó por un instante aquellos pasillos de su instituto con cientos de adolescentes desbocados por el frenético baile hormonal que los impulsa y sintió un sudor frío que le corría por la espalda. Se imaginó a aquel esmirriado doctor apabullado por los rostros casi fieros de sus alumnos y no pudo evitar que una sonrisa vengativa le asomará a los labios. Pensó en su trabajo y se sintió muy feliz de estar tan lejos de los madrugones, de los horarios infernales, de aquellos compañeros pusilánimes y sólo lo sintió por sus alumnos y por el chute de adrenalina que siempre le corría cada vez que cruzaba el umbral de un aula. 

Miró el flamante bolígrafo que estaba sobre la impoluta mesa de cristal y comprobó que no estaba atado con una cadenita como en los bancos, para evitar, tal vez, como decía su amigo D. , que los clientes se lo clavaran en el pecho. Se burló de semejante descuido que hacía inoperante el moderno detector de armas de la puerta. Cogió el bolígrafo entre sus manos dispuesta a usarlo como improvisada arma de defensa ante semejante ataque, justo en el momento en el que la imagen pareció congelarse bajo unas letras en relieve que con un parpadeo incesante anunciaban que la partida había terminado. 

Solo entonces supo que aquello que siempre le decía a sus alumnos, que la literatura servía para mentir con estilo, era su única verdad. 



sábado, 25 de enero de 2014

MICRORRELATO



La misma le servía para todas las circunstancias posibles de su corta vida. Ella ya conocía los distintos tonos y modulaciones de su voz: alegre y saltarín por las mañanas, temeroso y desconfiado por la noche, rebelde cuando caía en la cuenta de sus errores, tiránico si le apremiaba el hambre, quejoso siempre que sentía frío, abatido cada vez que las dificultades le sobrevenían, cariñoso cuando a media noche se metía en su cama. Y siempre la misma palabra, cuatro sencillas letras que condensaban todo su universo; una sola palabra, el comodín de todos los juegos en los que empezaba a ensayar la vida: mamá.


miércoles, 22 de enero de 2014

EL OJO DEL ELEFANTE


"I am more of an indian
Except for my chinky tibetan face"

Tenzin Tsundue, poeta tibetano que reside en la India





Le gustaban tanto los manuscritos. Los atesoraba desde que tenía uso de razón. Habían pertenecido a su familia generación tras generación. Algunos tenían más de quinientos años de antigüedad. Escritos con barras de hierro sobre hojas de palma, habían desafiado al paso del tiempo y sobrevivido a tantos invasores porque muchos de ellos parecían imposibles de descifrar. 

Conocía casi todo acerca del arduo y solitario trabajo de los transmisores de los textos sagrados, empeñados en hacer perdurar su legado sin alterar ni una sola sílaba. Ser capaz de recitarlos sin introducir la más mínima variación se había convertido en su gran obsesión y solo a través de ellos adivinaba el mundo que se extendía más allá de las estrictas fronteras en las que había decidido recluirse.

Una mañana, mientras recitaba sus himnos sagrados, conmocionado por una visión, dejó caer al suelo los textos que presagiaban desde antiguo lo que iba a ocurrir: el pacífico pueblo tibetano se había levantado de manera unánime. La contundente respuesta de China ahogó apresuradamente ese clamor de libertad. Buena parte de los que sobrevivieron empezaron a cruzar la frontera: fue así como se convirtió en un exiliado. 

Tras una serie de pequeñas incursiones, tomó la decisión de emprender el viaje definitivo y uno de los más peligrosos que existen sobre la tierra: cruzar el Himalaya a pie, con apenas unas mantas y unos útiles de escritura. Ante sí, sendas invisibles, como también invisibles eran los guías para evitar ser descubiertos en caso de que la policía china descubriese la expedición. Treinta días con sus treinta noches que fue marcando concienzudamente en el espacio hasta entonces impoluto que rodeaba las infranqueables fronteras del mapa de su país. 

En la noche del día treinta y uno se soñó libre y se vio a sí mismo, aturdido aun por la culpa de haber sido el único superviviente de su grupo, entrando en Dharamsala al norte de la India, la capital del Tíbet en el exilio, donde su su bandera multicolor ondea a dos mil metros de altitud. Pero al amanecer, con los miembros aun entumecidos por el frío y ensordecido por el clamor de cientos de voces, despertó sobresaltado entre las húmedas paredes de una cárcel India. 

Cifró desde entonces toda posibilidad de supervivencia en su capacidad de escribir su propia historia y la de su pueblo para no olvidarse, pese a todo, de quién era. Nada conservaba de su vida anterior, salvo sus útiles de escritura y un hábito granate con los ribetes azules, como el ojo del elefante, que siempre mira hacia adelante, como él mismo...como su pueblo... siempre hacia adelante. 




sábado, 11 de enero de 2014

TODOS SOMOS SUPERVIVIENTES


"Y sí, somos supervivientes de cáncer, pero también lo son nuestros familiares, amigos y seres queridos que, al igual que nosotros han sobrevivido a la enfermedad acompañándonos en cada momento y compartiendo esta difícil experiencia que nos marca para siempre, a todos"




Finalmente, tuve que fijar una fecha para acudir a la peluquería. Y casi con el mismo ritual con el que me puse la peluca, me deshice de ella, profundamente agradecida por tantos meses como me había acompañado. Confieso que salir sin ella a la calle fue como aterrizar por primera vez en una playa nudista. Había conseguido encontrar, tal vez por el que yo llamo en tono de sorna "mi posible origen moro", un cierto placer en cubrir esa parte de mi cuerpo y hacerla accesible solo para quien yo elegía. 

La peluca, lo admito, me ha colocado en situaciones complicadas, como aquella clase de pilates en pleno junio. Pero también otras muy divertidas y de mucha complicidad, como cuando, tan solo dos días después de un ciclo de quimio, tuve que hacer de pareja de Jorge en la clase de judo; cada vez que nos levantábamos del suelo tras aquellas caídas imposibles, me sonreía al tiempo que susurraba: tranquila, mamá, está en su sitio. La peluca, se notara más o menos, ha supuesto en muchas ocasiones un veto a las preguntas que inevitablemente un pañuelo es incapaz de eludir. Y quizá de esta forma he intentado hacer, una vez más, de la discreción mi manera particular de defenderme frente a tantas miradas incómodas, frente a demasiadas preguntas indiscretas.

Y ahora, sonrío al pasar frente a los espejos, porque no me reconozco; me divierto comprando ropa que seguro nunca me pondré, porque confieso que no sé ya quién soy; y miro con nostalgia los tacones que guardo para cuando lleguen tiempos mejores. Cualquier día de estos, seguro, cambiaré el chándal por el tacón y volveré a reconocerme en los espejos y de nuevo sabré quién soy. Mientras tanto, recorro lenta y confiada este largo y serpenteante camino hacia la normalidad y me sé superviviente, y me siento afortunada. Y miro a mi alrededor y, a veces, de una manera furtiva, me reconozco en las miradas de otros supervivientes, porque ahora sé que todos, en mayor en menor medida, somos supervivientes, supervivientes de nuestra propia historia.


viernes, 10 de enero de 2014

MICRORRELATO


Habían pasado ya seis meses desde aquella primera vez que se contempló desnuda frente al espejo. Desde entonces, por higiene mental -se decía a si misma- se sometía a diario durante unos breves instantes a la misma prueba rutinaria. Aquella mañana, sin embargo, detuvo su mirada el tiempo suficiente para contemplarse a sí misma tal y como lo harían unos ojos nuevos. Sorprendida, se sintió más preocupada por la celulitis que por su teta. Solo entonces se supo viva otra vez, inquietantemente viva.




jueves, 2 de enero de 2014

BANCO DE RECUERDOS


A Ana, mi banco de recuerdos.

"Acuérdate de mí cuando me olvides"
Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat



Fuimos a comer como hemos hecho tantas veces a lo largo de estos años. Esta vez era diferente, celebrábamos todo y nada en particular: la vida, pese a todo, continuaba, y teníamos la oportunidad de ponernos al día; demasiados meses de confinamiento. Nos dieron aquella mesa de la esquina tan romántica: nos miramos divertidas y no pude evitar pensar que con mi nuevo corte de pelo, parecíamos, pese a los tacones y el vestido, una pareja recién estrenada. 

En aquella larga sobremesa, como tantas otras, fuimos pasando de un tema a otro, tomándole el pulso a nuestras vidas. Compartimos, como tantas veces, pensamientos inconfesables, proyectos imposibles, temores escondidos: hablar en voz alta de nuestros miedos siempre nos hizo menos vulnerables, más inconscientes acaso. Al final, acabaste hablándome del banco de recuerdos. Me contaste a media voz cómo J., mientras archivaba la última foto que hizo en vuestra casa, os confesó: esta, para mi banco de recuerdos, para que cuando ya no sea capaz de recordar quién soy, pueda ver esta imagen y saber que un día fuisteis mis amigos y formasteis parte de mi vida. Pese al profundo desconcierto, me sedujo la idea: archivar imágenes, audios, pero, sobre todo, palabras era casi una auténtica provocación contra las pérdidas que impone siempre el paso obligado del tiempo. ¿Qué otra cosa si no intentaba yo hacer a lo largo de estos años a través de tantas palabras?

Decidí adentrarme al azar en alguno de esos recuerdos: casi de inmediato, me dí de bruces con un amante redimido que, pese a todo, temía olvidar su historia. Quizá necesitase poder contarla para tener la certeza de que un día fue cierta. Con los años uno acaba confundiendo los sueños con los recuerdos. Pero este era cierto: estaba escrito. Había regresado a su vida de siempre pero guardaba un secreto y eso lo hacía diferente. 

Volví a verme a mí misma otra vez de anciana tal y como nos hemos imaginado siempre: contándonos una y otra vez las mismas historias que ya conocemos y que, a veces, incluso llegamos a dudar de a quien pertenecenSupe que si algún día la memoria me abandona, tú serás el testigo más veraz de todo lo vivido. Recé en voz alta para que, al menos tú, conserves intactos los recuerdos compartidos a lo largo de estos años. Dormí en paz, feliz de poder imaginarme otra vez en una larga vida, sintiéndome, definitivamente, a salvo del olvido.