martes, 30 de diciembre de 2014

MICRORRELATO 


"Quizás mañana
Amanezcas diferente,
Simplemente como eres
Como yo te inventé,
Y, de ese modo,
Todo siga como siempre"

Cantabella, J., "Sin crimen, con castigo"



Natasha Gudermane

-¿Dónde se había metido la maldita habitación? Revisó el número de la tarjeta. Volvió tras sus pasos un par de veces. Nada. Allí estaba él, sin abrigo, sin cartera, sin teléfono, agarrado como un náufrago en mitad de la noche a la tarjeta de una habitación que acaba de tragarse la tierra. 
Probó suerte en los números anteriores y posteriores. El 204: leves toques con los nudillos, silencio por toda respuesta. El 206: la luz se puso verde al primer intento. 
- ¡Cuánto has tardado! -le grita una voz desconocida a través de la puerta del baño. Unas manos de largas uñas rojas le cortan el paso deslizándose a través de su pantalón. En los pocos segundos que tarda en girarse, todas las mujeres de su vida pasan por su cabeza como en esa película de la que hablan los pocos que han regresado de la muerte. Se demora en el espacio que media entre sus manos y su rostro y como un suicida inconsciente, se lanza a los ojos procelosos de aquella rubia descocida que le susurra obscenas palabras de amor. 

lunes, 29 de diciembre de 2014

SALTOS MORTALES







Los mismos que ponen el listón tan alto son los que se llevan las manos a la cabeza cuando, aterrados, los contemplan hacerse añicos sobre la dura realidad.




domingo, 28 de diciembre de 2014


MICRORRELATO 

"Pero no intentes construir con nubes.
Nos lloverán encima.
Las mías no escampan esta noche
y repiquetean en los cristales de mis gafas:
los-re-yes-son-los-pa-dres.
Son-los-pa-dres.
Los-pa-dres.
Pa-dres"

Sonia San Román



Beatriz Martín Vidal


Aquel año fue el primero que no celebramos los Reyes, al menos, de la forma en que solíamos hacerlo. Mamá nos obligó a escribir largas cartas que nunca nos atrevimos a entregar y que acabaron escondidas bajo la cama, sepultadas detrás de los armarios, perdidas dentro de los grandes bolsillos de los abrigos de papá. Algunas las encontramos ya de adultos. Por entonces, aún nos seguía pesando la mala conciencia de haber olvidado, con la muerte de papá, la hierba para los camellos y el vino de los Reyes, que aquel año, por primera vez, se olvidaron de pasar por nuestra casa. Mamá, entre lágrimas, se empeñaba en confesarnos que la culpa no era nuestra. Y aún hoy, treinta años después, nos sigue mintiendo con la misma ternura con la que entonces nos decía que los Reyes son los padres. 



jueves, 25 de diciembre de 2014

VACACIONES







"Yo, es verdad, tengo miedo a crear. Tengo miedo a equivocarme. Pero tengo más miedo a no equivocarme, a ser una rueda que aplasta uvas, a no caerme al suelo y romperme, a no levantarme en mil pedazos como un arcoiris nocturno. Tengo miedo a no intentar reescribir el mundo, a no intentar reescribir a los poetas"

Meza, D., El sueño de Visnu


Airear los recuerdos, abrir sueños en altos muros, colgar de las ventanas versos recién inventados. Darle la vuelta a los colchones humedecidos de antiguas pesadillas y horas de insomnio delirante. Cubrir los suelos con alfombras mágicas. Repintar las puertas con los mismos soles y las mismas lunas sobre los que fuimos echando capas de espesa pintura. Abrir la casa de par en par y tendidos sobre poemas, esperar que las palabras nos inunden de nuevo y como una marea arrastren el miedo, lleguen hasta el último rincón y nos devuelvan incólumes a la otra orilla un año más. 


miércoles, 17 de diciembre de 2014

MICRORRELATO: CAMA PARA DOS


"Y sin embargo, cuando duermo sin ti, contigo sueño
Y con todas si duermes a mi lado"

Joaquín Sabina



Somos demasiados en esta historia, se decía a sí mismo cada noche al acostarse. Desde que se había vuelto polígamo, sus amigos lo envidiaban, pero él seguía añorando el erotismo de aquellas noches tan felices en las que, monógamo hasta las trancas, soñaba con todas en camas para dos.


martes, 16 de diciembre de 2014

DECLARACIONES SUICIDAS









El silencio en el que me piensas calibrando la dureza del suelo y la magnitud de la caída, dando la espalda a lo que amo, no es la huida del cobarde, ni siquiera el retroceso del indeciso. Eres incapaz de presagiar que el ritmo acelerado de las pisadas que se acercan clavándose cada vez con más violencia sobre el asfalto es solo el anuncio de mi último y definitivo salto a tus brazos. 

 


lunes, 15 de diciembre de 2014

ECUADOR


"Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida"

Pedro Salinas.


Llegar a la tristeza y salir de ella es tan circunstancial a veces como cruzar a tientas una fecha, atravesarla sin mirar atrás. De repente, un día te levantas y ya no está: ha desaparecido igual que llegó. Y te deshaces de tu traje negro de las solemnidades y tu montón de penas por estrenar, como de su absurdo ramo, la novia plantada en el altar. Como si nunca tuviera que haber existido, como si la vida, indulgente, nos brindara de nuevo otra oportunidad. 




miércoles, 10 de diciembre de 2014

"ÓXIDO EN LA PIEL"


"Estos días.
Los días
del óxido
en la piel"

Rafael Calero Palma





Regresó con la maleta cargada de brillantes tesoros que, extendidos sobre la cama, se volvieron pobres bagatelas que anunciaban con su falso fulgor el final del viaje. Sacó sus prendas y a empellones las fue metiendo una a una al fondo del armario por intentar borrar tal vez la vida que se había quedado cosida a los botones, escondida en los bolsillos delatores, prendida de los dobladillos de aquellos vestidos que anunciaban con su fría seda el tacto de sus manos. Entró en el baño y dejó correr con fuerza el agua mientras el sumidero, impasible, comenzaba a tragarse lentamente los restos de aquella pasión que, aniversario tras aniversario, se empeñaban en remedar de espaldas a esa otra pareja que el resto del año se mira con los mismos ojos atónitos con los que se contemplan dos desconocidos atrapados en un ascensor. 



domingo, 7 de diciembre de 2014

22 MESES


"Ya has aprendido que del fin del mundo se regresa"

Rosa Montero (El País, 7 de diciembre de 2014)



Globo de Lenox


Ítaca al fin. 22 meses. Final de trayecto. Toco puerto después de esta larguísima travesía. Me siento emocionado. Emocionado y exhausto. Un extraño en mi tierra. Allá a lo lejos veo mi casa. Temo acercarme. Querrán reconocer en mi rostro la mirada de siempre, pero soy ya otro. ¿Qué haré? Condenado a impostar la alegría del encuentro, ¿me reconoceré en sus ojos? Durante todos estos meses, el recuerdo de Ítaca alentó bajo mi pecho como un mágico reclamo. Pero la luz del día me devuelve una imagen empobrecida y polvorienta. He olvidado el rostro de Penélope, la voz de mi hijo Telémaco. No sé distinguir lo real de lo fingido. ¿Acaso es más real esta isla que el mar y los peligros que me trajeron hasta aquí? ¿Qué significan esos cantos de sirena a los que ningún mortal ha sobrevivido?¿Quién soy al fin? Imaginé regresar entre faustos y clarines, pero aquí estoy bajo este disfraz de pordiosero a la espera de que los dioses me ayuden para trazar un plan. Aunque yo sé que no hay plan capaz de hacerles comprender el desconcierto de quien acaba de regresar del fin del mundo. 




miércoles, 3 de diciembre de 2014

VENTA A PLAZOS


"El rey del infierno está escribiendo las iniciales de ella en el espejo como escaldaduras"

Anne Carson







También ellos se habían modernizado, aunque seguían conservando los detalles que garantizaban  la confianza en una marca: el mismo color del uniforme, el mismo calor irrespirable y, sobre todo, el mismo olor inconfundible que desde hacía unos meses incluso, se podía adquirir en un cómodo atomizador para el bolso. Leyó con impaciencia el contrato: en el apartado donde se especificaba la entrega del producto, junto a la tradicional entrega inmediata, que había sido la única forma permitida hasta la fecha, se incluía la posibilidad de una venta a plazos. Lo pensó un instante y -al tiempo que acariciaba de forma instintiva el décimo de lotería que guardaba en el bolsillo izquierdo de la camisa- marcó la casilla de la venta a plazos. Mientras se preguntaba cómo se las arreglaría para ir entregando mes a mes un trozo del alma que acababa de vender al diablo, la radio de la ambulancia que lo trasladaba al hospital más cercano seguía anunciando el número ganador, pero él solo podía pensar en su absurda costumbre de no leer la letra pequeña.


viernes, 28 de noviembre de 2014

LOS DESERTORES


"Un moribundo es un muerto equivocado"

Santiago Delgado


Ferrer- Dalmau,A, "Al final de la batalla"



Hoy, mientras desayunaba como cada mañana asomada de puntillas a mi pequeño universo, me he dejado arrastrar a través del agujero mágico de mi pantalla que, los días de suerte, acaba conduciéndome hasta mundos insospechados. Así es como he dado de bruces con este cuento de Santiago Delgado: "Los desertores". Muy resumidamente, narra la historia de dos supervivientes en una batalla de la Antigüedad que son heridos y caen inconscientes antes de conocer el bando ganador. Al despertar, se hacen pasar por muertos para evitar que la antigua costumbre de rematar a los moribundos les robe definitivamente el derecho a la vida. Se levantan temerosos e inician este diálogo sobrecogedor:


 El que lleva la iniciativa señala al otro:
         -¿Cambiamos las ropas…?
         En silencio le responde el aludido, mostrando su ignorancia o perplejidad respecto a lo que dice.
         -Yo iré con tus ropas a tu tierra, hacia el sur –dice con ademanes certeros,  luego prosigue- … Tú con las mías hacia el norte.
         Piensa el aún callado personaje del cuento, y, sonriendo asiente.
         Mientras proceden, el parlanchín explica:
         -Ya somos muertos, estamos en otra existencia. Tú iniciarás tu nueva vida en mi tierra, donde nadie te conoce. Lo mismo yo en la tuya. Cada uno en una tierra nueva, en la que será respetado merced al ropaje que lleva. Luego, que la suerte y la decisión de cada uno busque su ventura.

He ido arrastrando el recuerdo de este diálogo hasta el momento en el que, al fin, a solas, he podido releerlo para confirmar la respuesta o al menos la intuición que, esta mañana, como un fogonazo, ha iluminado de repente el espacio reducido en el que, como fiera encarcelada, una pregunta merodeaba desde la muerte de P: ¿por qué él y no yo?

Es difícil, si no imposible, encontrar una justificación para la muerte y ni el azar, ni la suerte, ni la enfermedad, ni los años sirven de bálsamo para el que permanece. El que acompaña a otro en el trance de morir pasa a formar parte desde ese momento de otra existencia, entra en una tierra nueva en la que se sabe un desconocido para siempre. Quizás en las horas de insomnio se pregunte si será cierto que un moribundo es un muerto equivocado. Incluso en algún momento de desesperación le increpe a su muertos en una pregunta sorda: "¿cambiamos las ropas?

Y acaba el cuento:

         -Ninguno sabemos quién venció la batalla. Pero mientras no lo averigüemos, nuestros ropajes nos protegerán. Si hemos de cambiar de Dios, de Señor y de lengua, hagámoslo pues que estamos en tiempo nuevo. Quien equivoque vencedor, piense que le duró la duda y mientras duró, esperanza tuvo. En su tierra, raro resucitado sería y no bien recibido habría de ser. Nadie vuelve de la muerte. Y quien ganó victoria, goce su fortuna.

         Abrazáronse y sin mirar atrás, comenzaron su andadura en pos de sus nuevas vidas"

El que sobrevive pasará sus días a partir de entonces como un desertor, sin saber quién venció la batalla. Tal vez esa duda lo acompañe siempre y mientras dure, será señal inequívoca de la vida que continúa. Cambiar de Dios, de Señor y hasta de lengua por ir en pos de esa nueva vida precios insignificantes son comparados con el doloroso sacrificio de no volver la vista atrás por temor a ser convertidos, como la mujer de Lot, en estatuas de sal.

El autor me perdone por destrozar este hermoso relato que aquí os dejo para que disfrutéis con su lectura: oficiodeescribirblogspot.com


miércoles, 26 de noviembre de 2014

ANIVERSARIOS


"Y una mujer que sabe que los muertos no mueren"

Francisca Aguirre 



George Grosz

Algunas fechas siguen cortando como cristales de antiguas refriegas. Pasan los años. Los cuento muy despacio: uno, dos, tres, cinco, siete. He empezado a olvidar: su voz, creo que eso es lo primero que se pierde; el tacto de sus manos, que ya no permanece en la memoria de mi piel; su imagen imponente. Escapo del frío de diciembre, como si correr sirviera para restañar la herida, como si mis pasos tuvieran destino. Me escondo en ciudades anónimas por las que camino insomne rumiando su memoria. Borro el rastro tembloroso que he aprendido a contener tras los ojos, bajo el corazón, entre los dedos. Y después regreso como de un largo exilio, entro en una casa que no me reconoce, beso a mis hijos que son ya otros y saludo al hombre que apostado en la puerta me sonríe con un gesto que en nada parece presagiar lo que una vez más está aún por comenzar.



lunes, 24 de noviembre de 2014

HORMONAS


"Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres (...)
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez"


Leopoldo María Panero




Chagall, M., "El circo azul"



En mis sueños, las imagino feas y barrigudas, con una verruga solitaria en medio de la nariz, como las brujas de  mi infancia tal vez. De su saco penden el peso de nuestros humores, de nuestra libido e, incluso, de algunos de nuestros peores tumores. Pese a los años, como el coco de los cuentos, nos siguen aterrando. No hay edad en la que no sintamos la amenaza de sus pasos vacilantes a nuestras espaldas. Entre nosotras manejamos con soltura nuestros ciclos, nuestros humores, nuestras flaquezas, pero ellos se pierden a merced de un código que les resulta casi siempre indescifrable; tan indescifrable como la aparente simplicidad detrás de la que ellos parecen ocultarse. Y así, en la búsqueda de la tensión exacta del trapecio que juntos recorremos a diario, pasamos la vida entretenidos en este juego en el que mirar abajo está prohibido por no asumir de golpe el terror y el abismo del que camina sin red donde ensayar la vida. 


jueves, 20 de noviembre de 2014

LISTAS


"Estirar las piernas en la cama hasta que crujan, beber agua después de lavarse los dientes, olvidar dónde está el coche al salir del cine, bucear hacia la luz, una sonrisa leve, la frescura de la almohada, abrir la ventana por la mañana temprano, una carretera vacía, el sol de invierno, tomarse el café en el balcón, entenderse sin hablar, volver a casa un domingo por la noche y quitarse los zapatos…"

Yayo Delgado

Schad, C, "Retrato del Dr. Haustein"


Me gustan las listas. Hago cientos de ellas: la lista de la compra, la de los alumnos, la de los amores, la de los libros pendientes, la de los agravios, la de los enlaces interesantes, la de los días que me llamas, la de las deudas, la de los posibles y también los imposibles. Es un sano ejercicio el de confeccionar nuestras listas. En la de los posibles, añadir cada día a modo de descubrimiento, al menos, un placer nuevo: de los pequeños, de los cotidianos, de los que nada cuestan pero acaban apuntalando la existencia. Y ¿por qué no? atrevernos también a garabatear la otra, la de los imposibles: con los miedos, con aquello ante lo que nos sentimos insignificantes, con lo que nos duele, con lo que querríamos haber olvidado ya. Y pese a todo, hacerla, como seguro talismán contra nuestra propia desdicha. Porque, a veces, lo que deja de flotar en el limbo de nuestro inconsciente como una idea vaga y oscura, cuando se convierte en palabra, como los fantasmas a plena luz del día, deja de paralizarnos.

Confiando quizás en esa suerte de sortilegio, me atrevo a escribir esta noche mi lista de imposibles: abrir el buzón de casa, cerrar la puerta con la llave puesta, echar gasolina, el timbre que anuncia el fin del recreo, el café frío, la muerte de mis padres, los zapatos planos, el bricolaje, las revisiones médicas, los kilos de más, que tú me olvides, trabajar los días de lluvia, que le rompan el corazón a mis hijos, los graciosos de turno, el atasco de las nueve, la humedad del invierno, algunos aniversarios, pasar la ITV, los jerséis de lana, los besos al aire, el agua fría, la gente ruidosa, el teléfono a media noche, las conversaciones triviales... Y, afortunadamente, poco más...


martes, 18 de noviembre de 2014

EL MIEMBRO FANTASMA



A Raúl

"Las cicatrices (...) son las señales que quedan después de los combates, de los años, de veintiuna capas de pintura (...)

Todo queda escrito en la piel"

Gómez Ribelles, A., "Cicatrices"


Genovés, J:, "El abrazo"



Se reconocieron como dos viejos lobos de mar en tierra firme. Estrecharon sus manos en la complicidad que dan las guerras compartidas. Tan solo eran dos supervivientes: él, con su pierna de menos; ella, con su teta de más. Y aunque la palabra amputación se había vuelto políticamente incorrecta, a ellos no les importó reconocer el dolor que dejan las cicatrices, la memoria que imponen los miembros que se niegan a convertirse en fantasmas forzosos. Porque aquella forma despiadada de doler no era, ella lo sabía bien, sino el grito desesperado de lo que se resiste a no ser para siempre. 

Por el dolor o tal vez pese al dolor, había hecho de la dignidad su moneda de cambio. La dignidad del que luce su pérdida como la medalla del que fue a una guerra y, pese a todo, la ganó. Y regresa con honores y vítores contando lo que trajo y olvidando lo que dejó. Porque más se perdió en la guerra les decía siempre a los que escuchaban su historia con admiración. Y aunque con frecuencia, no comprendían que tras aquella guerra perdida de la que hablaba se escondían los rostros de los que no sobrevivieron, todos acababan por saberse uno en el dolor que producen esas otras amputaciones que, aunque invisibles, no se resignan a ser escondidas bajo la ropa y tras la piel.


domingo, 16 de noviembre de 2014

NIÑERÍAS


A Jorge 

Lichtenstein


Pequeños dioses. En sus manos, las palabras tan manidas por el uso se vuelven del revés para ser utilizadas con los ojos nuevos del niño que susurra deslumbrado: mami, eso de estar en coma... ¿no seria mejor decir que está en puntos suspensivos? Y ante esa lógica tan aplastante, callo, feliz de presenciar cómo la magia de las palabras lo seduce por primera vez. 


viernes, 14 de noviembre de 2014

RECETA PARA SUPERAR LA ADVERSIDAD


Hoy me llegó una compañerica a la que quiero mucho con ese rictus que las pérdidas dejan hasta en los rostros más valientes. Y, aunque yo sé que para esto de poco sirven las palabras, vaya por delante esta pobre receta para sobrellevar la adversidad. 

A T., por el valor de la sonrisa de hoy 



Ingredientes: 

1 lámina de dignidad
toda la pena bien escurrida de llanto
2 kilos de resiliencia
un par de pastillas concentradas de soledad
una pizca de compasión
un vaso generoso de confianza 


Preparación:
Antes de explicar el proceso de elaboración, será necesario realizar un pequeño experimento para poder entender las características y propiedades de uno de los ingredientes fundamentales de esta receta: la resiliencia 

Se pondrán tres ollas con agua, una de ellas con huevos, otra con zanahorias y la tercera con café. Después de veinte minutos, comprobaremos cómo los huevos que eran frágiles antes de la cocción, ante el fuego (la adversidad) se han vuelto duros; las zanahorias, que eran duras, se han vuelto blandas; en cambio, el café, cuando se ha calentado, ha sido incluso capaz de transformar el agua en la que estaba sumergido. La resiliencia es precisamente esto, la capacidad que nos permite sobreponernos a la dificultad  y lejos de ablandarnos como las zanahorias o endurecernos como los huevos, nos hace transformarnos a nosotros mismos e incluso a nuestro entorno. *

Una vez que hemos realizado esta pequeña demostración, comenzaremos la receta propiamente dicha con la preparación de una fina capa de dignidad, que una vez acabada, nos servirá como protección contra las miradas curiosas. Para ello, extenderemos sobre la mesa una plancha de dignidad; habrá que ir estirándola con gran delicadeza, de tal forma que quede una capa ligera pero consistente que reservaremos en un lugar seco. A continuación, trabajaremos la pena: el objetivo es que podamos manejar la masa sin que se nos quede pegada a las manos aunque, al principio, el simple gesto de tocarla entrañará una gran dificultad; para facilitar el amasado, habrá que añadir los dos kilos de resiliencia. La resiliencia es, como hemos dicho, esencial en este tipo de cocina y la obtendremos de la capacidad que algunas personas poseen para pasar por situaciones de vida adversas y, a pesar de ello, lograr salir transformados positivamente por dicha experiencia. Cuando ya hayamos mezclado estos dos ingredientes, se echarán las dos pastillas de soledad concentrada y una pizca de compasión de nuestro mejor amigo (de la marca "padecer con", no aceptéis sucedáneos). En el último momento añadiremos un buen vaso de confianza, a ser posible de nuestra cosecha más antigua y lo dejaremos fermentar. Buena parte del éxito de la receta radica en este punto: habrá que cubrir la masa con la fina capa de dignidad que previamente hemos preparado y mantenerla en un lugar tranquilo y alejado de miradas curiosas. Este proceso de fermentación tendrá una duración variable: para unos, meses, que llegarán a convertirse para otros incluso en años. Transcurrido este tiempo, ese dolor inicial que al principio ocupaba toda nuestra mesa de trabajo se habrá transformado y nos habrá transformado a nosotros mismos capacitándonos así para "suscribir un contrato contra la adversidad".

*(Adaptación del libro: Forés A. y Grané, J., La Resiliencia. Crecer desde la adversidad, Plataforma Editorial, Barcelona, 2010)




miércoles, 12 de noviembre de 2014

MENTIRAS


"Para los niños el primer fin del mundo de su vida"

Wistawa Szymborska




Mary Cassatt

A veces mentimos. Mentimos por error, por ignorancia, porque hay verdades que son demasiado dolorosas para ser contadas. Belén hoy tuvo que mentir. Una compañera nueva le  preguntó que por qué no venía su padre nunca a recogerla. Y ella, para sorpresa del resto, respondió que porque trabaja mucho. "No puedo decir una vez más que está muerto"- balbuceaba sin dejar de llorar-. Pero ella como yo sabe que no podemos dejar de ser quienes somos. Le susurro que también yo esta semana me vi obligada a confesarle a una compañera nueva que no tengo marido. Pero en el fondo, las dos sabemos que ella juega en desventaja. Tengo muchas amigas con un marido que a efectos prácticos está muerto. Ella, en cambio, es de las pocas niñas que no tiene padre. La orfandad es la palabra más desoladora que conozco. Más que la palabra enfermedad o la palabra muerte. La orfandad es un mordisco demasiado grande para una boca demasiado pequeña siempre, aunque tengamos cincuenta años. Pero somos quienes somos le digo, a pesar de no tener padre, a pesar de no tener marido. Somos quienes somos, le insisto, precisamente por no tener padre, por no tener marido. Y esto da una gravedad y una hondura a nuestra vida que nos gustaría no haber probado. A veces mentimos, pero nuestras mentiras esconden solo el deseo de sobrevivir a ciertas heridas que nos sentimos incapaces de nombrar una vez más.


domingo, 9 de noviembre de 2014

MICRORRELATO


"Hoy he hecho la compra
de la semana.
Cinco longanizas.
Para atar
al perro"

Vicente Llorente

Nos aprovisionamos como si el fin del mundo estuviera cerca. Llegué a casa con mi botín duramente peleado en la cola de aquel infernal supermercado. Exhausta, arrojé el contenido de la bolsa sobre la mesa de la cocina y suspiramos aliviadas, a salvo de miradas codiciosas: tres cajas de crema gold, dos de reafirmante y una de sérum a mitad de precio. Desde nuestra ventana aun se puede ver la cola que da la vuelta a todo el supermercado y casi, de no ser por la vestimenta, llega a confundirse con la otra: la cola de los que, apostados desde el atardecer, esperan a que saquen los contenedores con las otras ofertas del día.




domingo, 2 de noviembre de 2014

NOVIEMBRE


"Pero noviembre vuelve
con la torpe paciencia de la fidelidad
(las huellas del amor sobre los hombros
como una caravana de detalles confusos)"

Luis García Montero






Restriega su nombre como si a fuerza de limpiarlo pudiera lavar también su dolor. Se detiene para secarse el sudor mientras coloca las flores y recuerda el frío de otros noviembres. Mira mecánicamente las dos fechas de la inscripción: el dolor se le pega a la garganta y destiñe negruzcos recuerdos como si sobre él hubieran abocado el cubo de agua fría del pasado. Está acostumbrada a tropezar con su nombre: en la inicial bordada de las toallas, en los títulos que cuelgan de la pared, en el buzón por el que se derrama la correspondencia monocorde; pero aún se le anegan los ojos al verlo impreso sobre una lápida. Terminadas sus oraciones, arrastra su luto mientras lee en silencio otros nombres que aprendió a fuerza de costumbre. Camina erguida  intentando fingir que el peso de la existencia es liviano por hacerla quizá más soportable. Él está muerto, es cierto, pero sigue empeñado en ganar un noviembre más esa sorda batalla contra el olvido de la que ella parece ser el último testigo. 



miércoles, 29 de octubre de 2014

SALA DE INYECTADOS


"Pues el manicomio. Sin duda es el edificio más adecuado, porque aparte de estar rodeado de una tapia en todo su perímetro, tiene la ventaja de que se compone de dos alas, una que destinaremos a los ciegos propiamente dichos, y otra para los contaminados, aparte de un cuerpo central que servirá, por así decir, de tierra de nadie, por donde los que se queden ciegos podrán pasar hasta juntarse a los que ya lo están"



Eduardo Arroyo


Los inyectados son muchos, todos mayores. Me ofrecen una silla en un gesto de solidaridad como el que seguramente compartían los apestados cuando en la Edad Media se encontraban por aquellos caminos polvorientos. Ahora no llevamos campanilla, pero nos dejan encerrados en la sala de inyectados mientras esperamos que el líquido radioactivo se disperse rápido a través de las venas castigadas por la quimioterapia. Las conversaciones de la sala de enfrente me invaden con más rapidez que el contraste que me acaban de administrar. Intento no escucharlas. A mí me arde la garganta mientras pienso en Jorge y en Belén ¿qué haré con ellos? La enfermera me advierte que procure mantenerme durante 24 horas al menos, a una distancia de metro y medio. Esta noche volveremos a las cartas bajo la puerta y a los susurros a través de los tabiques.

Tumbarme en el silencio de aquella habitación sobre aquella sábana blanca es un descanso para mi castigado cerebro. Al fin me llaman, justo cuando estaba a punto de entrar y pedirles a gritos que dejaran de radiar sus miserias, que no me importaban los hermanos que se les habían muerto, ni los sobrinos que tenían con cáncer, ni los detalles más escabrosos acerca de los efectos de la quimioterapia, ni siquiera las zonas en las que no les ha vuelto a crecer el vello. Intento estar quieta, ser una niña buena y no mover ni un solo músculo mientras la máquina rastrea sobre mi cuerpo. Cierro los ojos por no ver cómo pasa a pocos centímetros de mi cara. Se detiene sobre mi cráneo y yo aprieto aún más los ojos, temo que la máquina pase tan cerca que me estalle la cabeza y todos mis pensamientos salpiquen la inmaculada habitación. Intento dejar mi mente en blanco pero la imagen de mis huesos ocupa todo mi pensamiento: huesos gigantescos, con formas monstruosas... y de repente, un rápido fogonazo, no puedo dejar de pensar en los suyos: "Médulas que han gloriosamente ardido/ Serán ceniza, más tendrán sentido/ Polvo serán, mas polvo enamorado"... creo que se me están escapando unas lágrimas y no puedo moverme, tengo que seguir quieta hasta que acabe el rastreo, hasta que me digan, puedes irte y como Lázaro me levante y ande y despierte, agradecida, una vez más a la vida.


martes, 28 de octubre de 2014

RECETA PARA ENAMORAR EN HALLOWEEN




Ingredientes: 
800 gramos de tira y otros tantos (a ojo) de afloja
kilo y medio de paciencia
un vaso de prudencia
una pizca de intriga
unas gotas de seducción concentrada
un espolvoreado de suerte de la buena





Preparación:
La primera parte será la más compleja. Habrá que ir echando progresivamente los tira y los afloja. La dificultad estriba en amasarlos muy bien, sin que se produzcan esos grumos tan desagradables que provoca la falta de medida con uno u otro ingrediente. Aquí será la pericia del cocinero la que determine el punto exacto de tensión. A continuación, habrá que ir añadiendo poco a poco el kilo y medio de paciencia, que aunque parezca mucha al principio, veremos como siempre queda escasa. Una vez que se ha conseguido una masa homogénea, habrá que añadir una pizca de intriga y unas gotas de seducción concentrada; esta última tiene que ser de la mayor calidad posible. Para terminar, se regará con un vaso de prudencia, un ingrediente esencial que algunos olvidan añadir y que puede estropear todo el trabajo realizado si comentamos el nombre de la receta antes de que esté terminada. El resultado es una masa tierna y muy pegajosa. La cocción consistirá en un horneado a fuego fuerte al principio teniendo después que bajar la temperatura si no queremos que se queme; esto siempre dependerá de la potencia y el tipo de horno que tengamos. Finalmente, lo serviremos en una bandeja sobre la que habremos espolvoreado una buena capa de suerte de la buena. 
Advertencia: se aconseja no degustar la misma noche recetas de distinta procedencia, pueden generar malas digestiones.


domingo, 26 de octubre de 2014

MICRORRELATO

"Contra el sol del crepúsculo transparento mi muerte"

José Luis Hidalgo


Fragmento del cuadro "El lector" de Ferdinand Hodler



Hay que administrar el sufrimiento. Y acostumbrarse a guardar un poco -solía siempre decir mi madre- para cuando lleguen las vacas flacas. Hay que evitar esos derroches innecesarios ante nimios contratiempos como un autobús que se escapa  o una mancha en tu traje preferido. Lo mejor, dicen siempre los más precavidos, es un buen plan de inversión de esos que puedes cobrar de golpe en caso de reveses de última hora.  Porque nunca se sabe, hoy gozas de una salud de hierro y al día siguiente estás criando malvas. Yo ya tengo un buen pellizco de tristeza a buen recaudo: una especie de paraíso fiscal de esos que se oyen en el telediario, igual, pero con la tristeza. Mi trabajo me ha costado: muchas lágrimas tragadas, muchos dramas mal disimulados, como cuando mi mujer le daba la vuelta a los cuellos de la camisa para esconder nuestra pobreza. Pobres pero dignos. Pero, claro, aquellos eran otros tiempos. Uno se hace a todo. Los que hemos vivido tanto es difícil que nos dejemos sorprender. El sufrimiento es siempre el mismo, decía mi madre: el miedo a morirnos, lo demás son sucedáneos. Y ya ves, a mí se me han ido muriendo todos y ya solo quedo yo. Por eso me da tanta tristeza volver al pueblo: no queda ni uno solo de los míos. Los hijos de mis amigos me saludan con una mezcla de envidia y de incredulidad y le cuentan a sus hijos con voz entrecortada que yo era amigo de su abuelo. Ellos me escuchan como el que mira un libro escrito en chino: absortos durante los dos primeros minutos de la historia que yo he aprovechado para ir desenredando en mi prodigiosa memoria de esos años y, al poco, les están dando tirones a sus padres en el pantalón sin ningún disimulo. Pero también a eso se hace el corazón. ¿Quien me iba a decir a mí, con todo lo que llevo a mis espaldas, que acabaría sobreviviendo a todos? Al final, qué bien he hecho en guardar ese pequeño rincón de sufrimiento: seguro que podré tener un entierro como los que dios manda, con sus mujeres llorosas en un rincón del cementerio y quizá hasta me alcance para algún grito desgarrado en ese momento que a mí me parece siempre el clímax de todo entierro digno: ese en el que la caja golpea contra la tierra. Porque eso sí, yo quiero tener un entierro de los de toda la vida: con su caja, su nicho y sus crisantemos, que han sido siempre mis flores favoritas. Y por eso he venido aquí, mire usted, porque quiero dejarlo por escrito, porque a pesar de que les hablo a mis hijos una y otra vez de ese rincón donde tengo guardados mis pobres ahorros de tristeza, ellos asienten, pero yo sé que me dan la razón como se les da a los viejos locos a los que se les perdona todo, incluso esos delirios de grandeza del que sabe que, en el fondo, no tiene ya ni donde caerse muerto.


sábado, 25 de octubre de 2014

MICRORRELATO

"Se vive solamente una vez,
hay que aprender a querer y a vivir
cuando no es tarde aún para creer
propicio el día venidero"

Manuel Vázquez Montabán


Mark Cohen



Estaba convencido de que la vejez no tiene retorno. Y aunque había crecido con el "Leet it be" como bandera, hacía mucho que había dejado de soñar despierto. Guardaba un secreto que, tras años de encierro, se había vuelto peligroso y triste como algunas mentiras. Una mañana al levantarse, encontró un nombre de mujer escrito en la pared del baño, cartas sin membrete esparcidas por la casa y poemas de amor en los buzones. Pese al miedo que le subía por la garganta, abrió la ventana y gritó tan alto que la ciudad entera se paralizó y el mundo contuvo el aliento: ¡Sofía! Por un instante, se detuvo el tráfico, las fábricas dejaron de vomitar su humo blanco, los colegios cerraron sus puertas y todos, salvo Sofía, se volvieron esperando que el cielo se quebrara en dos. Pero no pasó nada. Sofía continuó su paso con el digno caminar de los fantasmas y cuando su imagen se desvaneció al final de la calle, la ciudad entera recuperó su  trajín cotidiano, indiferente a un clamor que llegaba con varias vidas de retaso. 


lunes, 20 de octubre de 2014

BLANCO


"Cuando el cuerpo nos vuelve hacia sus cauces"

Jaime Gil de Biedma


Lucio Fontana



Supongo que habrían sido perdonables unos minutos de histeria en aquella sala de la que cuelga el cartel de: "histeroscopia" y donde las mujeres, al abrir las piernas, dejan caer sus miedos como hijos paridos a destiempo. Supongo que con lo que no contaban era con mi silencio, con esta terrible sumisión como de animal herido que se abandona a su destino. Las enfermeras me preguntaban por el dolor, pero yo solo pensaba en las salas blancas, tan blancas como el vestido de las novias; en las paredes blancas como las palomas que portan mensajes de paz; en los interminables pasillos blancos de la zona blanca donde he ido arrastrando mi miedo como el que tira de un pesado fardo que abandona en la cuneta de cualquier carretera dispuesto a estrenar una nueva vida.



domingo, 19 de octubre de 2014

DEFENSAS BAJAS


"Ay, el amor del jubilado que levanta en el aire de la playa sus castillos. El amor del que jamás espera. El amor platónico del náufrago. El amor sin pruebas del culpable. O el amor a secas"

Raúl Vacas

Los médicos coincidían una temporada más en que todo se reducía a un problema ocasionado por las defensas. La analítica atestiguaba que las suyas estaban tan bajas que solo aquello podría explicar que ella, tan sana como una manzana, se dejara enamorar por él, más feliz que una perdiz. Pese a todos los remedios, transcurrió aquel frío invierno recaída tras recaída, hasta que la llegada de la primavera con sus aires nuevos la inmunizó temporalmente contra ese virus altamente contagioso que afecta a la razón y al entendimiento y amenaza convertirse en la verdadera pandemia de este siglo.



jueves, 16 de octubre de 2014

"PIENSO, LUEGO EXISTO"




Man Ray, Piscis. La mujer y su pez, 1938


Los carros en las colas de los supermercados 
desnudan las miserias cotidianas

Los alumnos, tatuados de fracasos, 
evidencian la ruina de un sistema. 

Los perros pasean por los jardines  
la soledad cetrina de sus dueños.  

Los mendigos de todas las esquinas 
manchan nuestra conciencia con su mugre. 

Las salas de espera de los ambulatorios
convertidas en los parientes pobres
de las de los aeropuertos.

La misma piedra 
la que nos hace tropezar dos veces: 
la certeza de la muerte 
en una cita a ciegas con la vida.



domingo, 12 de octubre de 2014

MATRIOSKAS


A Felipe, que me regaló la primera


"El secreto de la poesía pertenece
más al náufrago que al navegante"

Julia Otxoa


Lara Pintos

Desde que tengo uso de razón me gustan las metáforas. Me seduce el juego infinito de nombrar ciertas realidades utilizando términos imaginarios: la construcción de un lenguaje extremadamente potente que dota de poder a quien sabe usarlo. Otras veces, me sirvo de imágenes en este proceso tan fértil de reflejar mi complejo discurso en superficies diferentes a las de las huidizas palabras. Quizá por eso me gustan tanto los elefantes. Los tengo a todos reunidos en una caja que amenaza con una pronta rebelión por sobrepoblación. Junto a ellos, un nuevo inquilino, desde hace unos meses, empieza a ocuparar los pocos espacios libres de mi habitación: las matrioskas.

Su proceso de construcción es delicado: las matrioskas suelen estar hechas de madera de tilo dada su ligereza y su textura. Los árboles son talados por el mes de abril y deben ser procesados durante al menos dos años. Todas las piezas de una matrioska se deben construir a partir del mismo bloque de madera ya que cada uno de ellos posee determinadas características que lo hace único. Este proceso de fabricación artesanal unido a este bello cuento que leí del poeta búlgaro Dimiter Inkiow las dota de magia inigualable. Dice así:

Un carpintero ruso llamado Serguei crea a partir de un trozo de madera espléndido una muñeca a la que decide llamar Matrioska. Un día, la muñeca le confiesa su soledad y su necesidad de tener hijos. Serguei le explica que tendrá que abrirla y sacar madera de ella y le advierte de lo doloroso que resultará el proceso. Ella accede y el carpintero  talla una réplica más pequeña a la que llamó Trioska. Pero el instinto maternal se apoderó también de Trioska y Serguei accedió a tallarle una hija que llamó Oska. Oska quiso también descendencia, pero el carpintero comprobó que apenas tenía madera y que como mucho podría hacer una muñequita diminuta más a la que bautizó como Ka. Entonces, metió a Ka dentro de Oska, a Oska dentro de Trioska y a Trioska dentro de Matrioska. Un día, misteriosamente, Matrioska desapareció y Serguei quedó desolado.


¿Me convertiré yo -me pregunto mientras pienso en la histeroscopia y desarmo mis muñecas- en una gran Matrioska que nada alberga en su interior? ¿Se multiplicará con el paso de los años el vacío de esta tarde en un eterno eco sin respuesta? Y sigo vagamente ese discurso mientras recuerdo la época en la que todos me llamabais Ka y continúo casi sin darme cuenta con el juego de siempre, y meto a Ka dentro de Oska, a Oska dentro de Trioska y a Trioska dentro de Matrioska... Y la vida, de repente, vuelve a ser tan sencilla para mí como la del niño que, confiado, coloca la última pieza de un puzle que creyó imposible de acabar.



jueves, 9 de octubre de 2014

REVISIONES


"Lo que al día le pido es solamente
un poco de esperanza, esa forma modesta
de la felicidad"

Vicente Gallego

René Magritte

Pasillos verdes, verdes como la esperanza. Sillas verdes en las que dejar caer de golpe todos los miedos, todas las angustias, todos los remordimientos. Y esa voz que pronuncia tu nombre con el eco mortecino que aquellas paredes repintadas de verde repiten con sordina. Verde como tu esperanza. Sumas minutos y el resultado es siempre mísero. Al final poco te resta para la vida. Todo se va tras la absurda burocracia que nunca entiendes, tras los trámites por aquel accidente tonto, tras las esperas en salas como esta, verdes, verdes como tu esperanza. Y la tristeza por la muerte del hámster. Amaneció frío, te dijo la niña entre sollozos. Y los tres lo llorasteis con un llanto incomprensible para los que nada saben de vuestras vidas. Los tres solos frente a la jaula sin vida. Los tres solos. Los ratones tienen una vida corta, les dices a modo de consuelo. Y ellos asienten como si aquellas palabras escondieran la llave secreta de la caja que guarda los misterios de la vida, al alcance solo de los elegidos. Ellos lo son. Saben más sobre el dolor que otros. Saben más que muchos. Ellos saben que su madre viste de verde los días en los que acude a visitar a médicos que se esconden tras puertas verdes, verdes, tan verdes como su esperanza.


martes, 7 de octubre de 2014

MICRORRELATO

(De una expresión muy divertida que le escuché el otro día a una de esas adivinas que a veces me aparecen por la radio: "te está creciendo el sentimiento")

 Lichtenstein, Kiss

En los últimos años le había crecido tanto el sentimiento que ya no sabía qué hacer con él. Probó a recogerlo en una cola de caballo, a trenzarlo sobre la espalda, a esconderlo bajo extravagantes sombreros... nada. No sabía cómo le había permitido crecer de esa manera tan invasiva. Al principio, apenas si se dio cuenta: la costumbre diaria de escrutar aquel rostro en el espejo apenas le permitía adivinar lo que estaba pasando. Hasta que, de repente, un día, se vio reflejado sin las lentes que distorsionan la verdad y acaban por convertirla en sórdidas mentiras. Solo entonces, llamó a un peluquero a domicilio: por primera vez se sentía incapaz de cruzar la puerta dejando tras de sí ese rastro. Llamó a su médico. Incluso a un asesino a sueldo. Todo fue inútil. No consiguieron una solución viable. El peluquero afiló todo tipo de tijeras y de navajas... nada. El médico probó mil incisiones con sus precisos bisturís... nada. El asesino intentó métodos que ya no se empleaban desde la Edad Media... nada. Finalmente, la pitonisa le explicó que, aquello, una vez que empieza, ya es imposible de parar. Que, especialmente, los que agarran en testuces muy propensas a la ensoñación y a la lectura, esos son lo de peor augurio. Y que nada podía hacer salvo reconocer que quizá toda una vida andaría enredado en aquel sentimiento por el que a punto estuvo de perder, incluso, hasta la cabeza.

 

viernes, 3 de octubre de 2014

NUBE PASAJERA




Hughes, A, Nube pasajera
Hoy ha llegado el miedo. No ha sido necesario desplegar grandes campañas, ni costosos spot publicitarios, ni vallas con imágenes de modelos de nombre impronunciable. El miedo se coló con el otoño, a través de los resquicios de las ventanas, escondido entre las tardes plomizas de septiembre. Y se instaló en las camisas del armario que aún olían a playa y a verano, entre los libros de poesía y los informes ilegibles de los médicos. Hoy ha llegado el miedo pese a los barcos y pajaritas de papel, a los collares con cuentas de brillantes cristales y a los ramos de palabras de plástico. Hoy he vuelto a sentir miedo, pero pasó, como la tormenta cuando niña, y su rumor es tan vago ya como el sonido de las olas que esconden las tristes caracolas que viven lejos del mar. 



lunes, 29 de septiembre de 2014

MALÉFICA


"Las niñas ya no quieren ser princesas"

Joaquín Sabina


Maléfica

Cuando yo era niña, leía muchos cuentos. Recuerdo especialmente uno de La Bella durmiente en el que Aurora vestía un traje de ensueño del que mi madre hizo una réplica exacta para mí y que aún conservo. Yo, como todas mis amigas, quería ser princesa. Quizá demasiadas veces soñé con el beso del príncipe destinado a romper mis maleficios. No sé si esperar el amor verdadero me ha servido de salvación o de condena a lo largo de estos años. Pero lo cierto es que aquellos cuentos me inocularon una visión del amor de la que aún hoy, de adulta, no he conseguido curarme del todo.

Las niñas de hoy, en cambio, ya no quieren ser princesas como dice la canción. Lo que nunca nos cantó Sabina es que ahora quieren ser brujas. Especialmente si el ser que les da vida se llama Angelina Jolie. Sobre todo, si su belleza salvaje hace sombra a la candidez de Aurora, sin necesidad de espejos que la refrenden. Quizás eso las haga diferentes. Tal vez ellas crezcan sabedoras de su propia libertad y lejos de la angustia que provocan los falsos príncipes y sus amores provisionales. 

O tal vez no. Quizás ellas, de adultas, tampoco puedan evitar que se les caigan las lágrimas cuando una de las hadas le concede a Aurora, justo antes de que aparezca en escena Maléfica, el don de la felicidad eterna, liberándola de esta forma para siempre del dolor y sus acechanzas. Después de todo, tampoco yo quiero ser ya princesa. Yo quiero ser Angelina Jolie: con su vestido blanco de boda y su Brad Pitt, con sus seis hijos, con sus globos de oro, con su afán filantrópico, con su mastectomía... Porque estoy segura de que en su vida real encarna, probablemente, el que sin duda es su mejor papel: el sueño de ser joven, atractiva, trabajadora, comprometida, madre... y sobre todo, lucir esa sonrisa a los cuatro vientos con la que parece convencer al mundo de que algunos cuentos sí que pueden tener un final feliz.