lunes, 30 de diciembre de 2013

HISTORIA DE UN REGALO


Los ritos son necesarios (...) Es lo que hace que un día sea distinto de otros días, una hora, distinta de otras horas.

El Principito



La Navidad se ha convertido para mí con los años en un espacio privilegiado para los ritos. Cada familia teje los suyos particulares que quedan impresos para siempre en su memoria colectiva. Cierro los ojos y nos veo siempre, de pequeños, a mí y a mis hermanos el día de Reyes: mientras que nuestros amigos recogían los regalos perfectamente apilados al pie del árbol, nosotros tardábamos horas y a veces incluso días en encontrar  los paquetes escondidos por toda la casa. Fuimos repitiendo este juego año tras año hasta que acabó por convertirse en un rito. Ya adolescentes, incluso escribíamos cartas que después junto con las indicaciones de mi padre nos servían de guía a modo de plano del tesoro. Aún hoy, seguimos levantándonos muy temprano para acudir a la casa de mis padres y buscar con ilusión nuestros regalos y los de nuestros hijos. Regalar a alguien en estas fechas supone, pues, ligar a esa persona con nuestra historia personal más íntima y cuando un nombre desconocido aparece en un paquete, todos preguntan ansiosos: ¿para quién es?

Pero hay regalos que acaban siendo una sorpresa para el que los compra. Y así sucedió con este. Busqué por muchas tiendas, en una peregrinación imposible, una bola de nieve con cualquier motivo que no fuese navideño. Finalmente, decidí comprarla a través de Amazón. Revisé todo el catálogo y elegí, con poco convencimiento, una de ellas: no era exactamente la que buscaba. Amplié la imagen y pese a que el motivo principal a mí no me seducía en exceso: un niño y una niña con caras sonrientes, pensé que seguía siendo mejor opción que una bola con un Papá Noel en su interior. A los tres días la recibí puntualmente en casa. La abrí con gran expectación, giré la manecilla que había en su base para contemplarla en movimiento y escuchar su melodía y me pareció bonita. Decidí dejarla fuera de su caja unos días hasta que la regalara definitivamente. De vez en cuando, la agitaba para contemplar las brillantes partículas en movimiento. Acabó por gustarme esa bola. Justo el día en el que iba a envolverla, vi lo que hasta ese momento me había resultado invisible: los niños sostenían en sus manos un dibujo infantil en el que aparecían un padre, una madre y los dos niños, uno a cada lado, cogidos de la mano. De forma instintiva giré la bola y leí el título de la melodía: "Happy days are here again". Me sacudió una intensa emoción contenida, la misma que semanas atrás sentí al ver reeditado el perfume que mi hermana y yo usábamos hace una década. Corrí a incluir una bola como esa en mi carta a los Reyes Magos y extasiada me detuve a contemplar como cuando era niña esa promesa de felicidad que, estaba convencida, empezábamos ya a experimentar "aquí, otra vez".


lunes, 23 de diciembre de 2013

ÚLTIMO ACTO




A Alicia, de cuya mano realicé aprendizajes imposibles.






"El sufrimiento no es estéril, es una potente fuerza que nos mueve e impulsa a crecer y adaptarnos. Ayudar a que produzca este efecto sin que se desmorone la persona que lo padece es una tarea importante y delicada. Seguramente la que más sentido dé a la existencia de los profesionales sanitarios"

Dr. Casado


Y cuando aquella doctora a la que solo había visto tres meses antes, concluyó sin ningún tipo de duda que mi hombro estaba recuperado y que en mi brazo no había indicio alguno de linfedema, supe que el viaje había terminado. Me daban el alta, ya no necesitaría más sesiones de fisioterapia, el resto sería, como siempre se decía en estos y en otros casos, cosa de mejorar con el tiempo. Me sorprendí a mí misma al descubrirme un nudo en el estómago: aquella había acabado por convertirse en mi rutina cotidiana y tenía que reconocer que ese final de trayecto había sido reconfortante.

Yo, que no creo ya en las casualidades, me preguntaba cuántas de ellas habrían sido necesarias para haber conseguido llegar hasta allí. Constaté casi de inmediato al conocer a mi fisio que alguien al fin era capaz de sentir y comprender mi dolor físico y me vi aliviada, como el bebé que tras una intensa rabieta, cae rendido reconfortado por el cálido abrazo de su madre. Lentamente, sesión a sesión, fuimos creando lazos, como el zorro y el Principito y solo al final comprendí que tras aquella cicatriz que ella movilizaba sabiamente a diario se superponían en densas capas tantas otras que pensé curadas hace tiempo. Me fui dejando hacer por aquellas manos destinadas a tocar heridas, a veces, como en mi caso, demasiado cercanas al corazón. 

Miré a mi alrededor en aquella mi última sesión y descubrí su secreto: "lo esencial es invisible para los ojos"; ella había aprendido a mirar con el corazón, ¿cómo si no sobrevivir a todo el sufrimiento del que estaba rodeada a diario? Aquel día, junto a ella estaba D., con quien compartiría la sesión y del que me había hablado en alguna ocasión. Era tan inteligente como lo había descrito. Escuchaba retazos de su vida: sus tres carreras universitarias, su experiencia en la radio, su novia sevillana que tanto reía con sus bromas... Hablaba de la dificultad de leer porque solo podía hacerlo ya a través de un programa que pronunciaba en voz alta y bromeaba con la idea de cursar una cuarta carrera ya que como él decía: "era gratis para los cojos". Así fue como me habló de su silla de ruedas. El resto ya lo conocía. Mientras repetía concentrado su ejercicios, era testigo de las maniobras de Alicia bajo mi camiseta. Imposible para alguien como D. ser un testigo mudo, así que no tardó en espetarme la pregunta a bocajarro: te falta un pecho ¿verdad? Agradecí emocionada esa sinceridad sin tapujos y sentí que por primera vez alguien me preguntaba de igual a igual; incluso, estaba convencida de que D. sabía mucho más que yo de las pérdidas. 

Y ya casi al final, como en el teatro de los siglos de oro donde la justicia poética que premia siempre la virtud y el honor de los buenos y castiga el vicio y el comportamiento deshonroso de los malos acababa por imponerse siempre a través de la figura del rey, hizo su aparición mi cirujano, dispuesto providencialmente a calmar mis últimos temores. Supe ya entonces que aquella última sesión había supuesto para mí como para los espectadores del teatro griego una auténtica catarsis, una verdadera experiencia interior liberadora y que al fin estaba preparada para empezar de nuevo.


domingo, 15 de diciembre de 2013

LECCIONES DE GEOMETRÍA




A María José, de quien aprendí el coraje de cerrar círculos.


"Parecía que de tanto avanzar se había llegado al principio"
F. Rodriguez Andrados.




Se había propuesto cerrar círculos. Sabía que no era fácil. Lo había experimentado a lo largo de aquellos años tan sombríos: avanzando casi a tientas, sin saber muy bien hacia donde, llevada por la apremiante necesidad de huir, huir de sí misma, de su pasado, de aquello que un día le cambió la vida. El dolor la había instalado en otra dimensión,indolente en apariencia, incomprensible para todos.

Esta vez, en cambio, todo era diferente: se cumplía un año desde que le diagnosticaron la fatal enfermedad y alentada por el falso valor del que sabe que ha pagado con creces su cuota de sufrimiento, afloja el paso y se permite el lujo de hacer inventario. Solo entonces tiene la certeza del engaño: vuelve a estar donde al principio. Y las heridas que no sanaron entonces vuelven a sangrar. Y su apariencia indolente, construida con tanto esfuerzo, se vuelve frágil y quebradiza, como el majestuoso tronco del árbol centenario derribado en cuyos anillos se adivinan los años y los precios pagados por cumplir fielmente con las estaciones.

Se pregunta si los árboles también cerrarán círculos mientras recorre lenta y cuidadosamente aquella sinuosa espiral en la que parece avanzar su propia vida y aprende con esfuerzo a reconocerse en cada uno de los giros que la suerte le fue imponiendo. Desanda por fin el camino y solo cuando llega al centro, se sabe por fin a salvo de seguir huyendo, de ella misma, de su pasado, de aquellas cosas que un día le cambiaron la vida. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

MICRORRELATO: VISTA CANSADA







Pasó las páginas de aquellos interminables catálogos con el renovado propósito de encontrar esta vez una que realmente se ajustase a sus expectativas: mejorar -se decía a sí misma- era un derecho que se había ganado con creces. Conocía el rito de memoria, no en vano llevaba ya varias vidas de práctica: justo en ese momento final en el que la literatura habla de luces blancas y túneles y rápidos barridos en los que toda una vida aparece condensada en imágenes, ella se limitaba a esperar, ajena por completo a toda clase de sufrimiento, incapaz de anticipar lo que aun estaba por llegar en aquella vida que una y otra vez se empeñaba en repetir minuciosamente, sin escatimar uno solo de sus errores, preocupada tan solo en el último momento de recordar que, al menos esta vez, solucionaría lo de su vista cansada.