miércoles, 30 de octubre de 2013

LUCHAS


"Lo consiguieron porque no sabían que era imposible"

Jean Cocteau

A A. le diagnosticaron un cáncer de estómago y esa sola palabra suponía al fin una explicación a muchos síntomas a los que nadie había conseguido poner nombre a lo largo de tantos meses. Su jefa apenas tardó tres días en despedirla. Sin embargo, no había en su cara ni rastro de indignación ni de rencor, parecía como si su frágil cuerpo, apenas pesaba 40 kilos, se resistiera a malgastar energía en sentimientos tan estériles. A. te miraba con esa mirada limpia del que se sabe en paz consigo mismo. No en vano había realizado junto a G. un largo camino: llegaron de Colombia hace ya muchos años, huyendo, imagino, como todos sus compatriotas de la miseria, pero sobre todo dejando atrás el miedo del que se sabe diferente en un país en el que hasta 1981 la homosexualidad estaba penada. Habían sido felices, de eso no cabía duda. 


Compartí con ellas el mismo cirujano y la misma habitación durante unos días y me fui quedando con retazos de su historia, con los cuidados constantes que G. le profesaba a A., con sus miradas cómplices, con su sentido del humor. Nos prometimos una comida cuando a A. su estómago se lo permitiese. Y en contra de lo previsible en mí, llamé con la firme intención de reencontrarnos, convencida de que habría conseguido sobrevivir a la quimioterapia, a su despido y a su suerte. G. me contó con muy pocas palabras, ella que era tan locuaz, que A. había muerto un par de semanas antes, que estaba muy deprimida y que la vida era un regalo como decía María de Villota. En los escasos segundos de silencio que siguieron a sus palabras me atravesó su dolor, un dolor que conocía de memoria, con el que yo misma había aprendido a vivir a lo largo de estos años y para el que bien sabía que no existe consuelo. Recordé, sin embargo, las palabras de nuestro cirujano: esta enfermedad exige la valentía del que sabe plantarse altivo frente al toro. Por eso sé que hoy, estés donde estés, A., lo habrás conseguido porque tú como tantos otros que supisteis pelear vuestra suerte con la dignidad de un torero os negasteis siempre a aceptar los imposibles.




miércoles, 23 de octubre de 2013

Y DESPUÉS ¿QUÉ?







"Un cáncer no termina en los hospitales, no acaba en la derrota de la enfermedad. Los miedos no se extirpan sino se vencen. La vida no se reconstruye sino se afronta. El cáncer no caduca"

"La teta que os falta"





"Después del cáncer ¿qué?" Esa fue la pregunta que anoche la asociación Amiga lanzaba ante un buen número de mujeres afectadas directa o indirectamente por el cáncer de mama. Esa es, sin duda, la pregunta a la que trato de dar respuesta ahora que ya todo el proceso se ha acabado y me dispongo a volver de nuevo a la vida.

En la respuesta a esa pregunta, tan vital para el superviviente de un cáncer, reside la clave de su curación real. Responder a ella con valentía implica un posicionamiento ante la vida necesariamente diferente al que antes de la enfermedad uno tenía. Lo realmente difícil de asumir es que la vida ya no vuelve a ser como era y que por mucho que te esfuerces, no volverás a encontrarte con la persona que abandonaste el día que recibiste el fatal diagnóstico. Pero esta misma condena encierra también una gran liberación: la posibilidad de reconciliarte contigo y con tu historia, la suerte de saber que todo debe volver a empezar una vez más.

Y uno aprende a dejarse llevar por la vida. Y lejos de vivir con miedo y con resentimiento, se reconcilia con esa parte dañada que pregunta de manera hiriente ¿por qué a mí? y se reinventa a través de las nuevas circunstancias que le recuerdan que nada es gratuito. Como el día en que mi fisio, decidida a enseñarme sobre todo a posicionarme de nuevo en la vida con gesto valiente, se reconoció amiga de mi cirujano y me condujo de nuevo hacia él en esa suerte de casualidades que van lentamente devolviendo el sentido a todo lo vivido.


martes, 15 de octubre de 2013

NIÑOS






No se habían dado por vencidos en todos estos meses. Sordos a ese no por respuesta que siempre escuchaban atónitos, el pequeño volvió a preguntar una vez más si aquella teta crecería. Pero esta vez la mayor se adelantó a la respuesta sentenciando con voz solemne:

-Mamá, serías una pésima estrella de mar.

Y entre risas, todos comprendieron que aquella cuestión del cáncer había quedado zanjada de una vez para siempre.


viernes, 11 de octubre de 2013

CONVERSIONES







Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El respondió: ¿quién eres tú, Señor? Y oyó que le decían: "Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer".
Hechos de los apóstoles capítulo 9.




La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de San Pablo. La Biblia nos cuenta cómo Pablo que era un joven y fogoso judío que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, decidió combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.

Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. De pronto, y casi ya en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. Entonces oyó una voz, se levantó, y comprobó que no veía nada. Con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.

En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas, y permaneció allí tres días ciego, sin comer ni beber, hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías que le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista. A partir de ese momento se convirtió al cristianismo y el perseguidor se convirtió en perseguido.

(WWW.san-pablo.com.ar Ariel Álvarez Valdés)

En contra de lo que dicen los tópicos, no es cierto que tras la enfermedad se produzca una suerte de conversión como la de San Pablo que, tras ese encontronazo que relata la Biblia, se trasformó en otra persona. Para el ser humano, tan fiel a sus costumbres, no es suficiente haber sobrevivido a un cáncer para experimentar ese cambio capaz de reconciliarlo con su propia historia. Quizá la enfermedad con su mira puesta en la conciencia de la propia finitud del hombre solo venga a cuestionar de manera definitiva los posibles de nuestra vida. Las pérdidas, con sus infinitos rostros, nos dejan sin asideros y sin excusas, sostenidos únicamente por nuestras convicciones más profundas. 

La enfermedad es sin duda una de las más terribles pérdidas que afronta el hombre. Nos enfrenta con nuestro miedo y con nuestro propio desvalimiento despojándonos de todo aquello en lo que un día basamos nuestra seguridad. Y como en el tópico medieval del "ubi sunt" resuena la pregunta definitiva: ¿dónde están las efímeras glorias? Y como Manrique empezamos a preguntarnos por "la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color e la blancura, los estados e riqueza, las llamas de los fuegos encendidos d'amadores... Y cada una de esas preguntas, retóricas por naturaleza, sin respuesta desde su misma formulación,  apela en el hombre sufriente a la búsqueda de una respuesta capaz de dar sentido a la propia existencia. 

Yo, como Borges un día, "he perdido tantas cosas que no podría contarlas". He perdido cosas que recuperaré con el tiempo, otras que ya nunca podré recuperar, y otras muchas a las que, definitivamente, ya nunca querré regresar.  Y es que las pérdidas más dolorosas quizá no tengan sentido en sí mismas, pero el hombre está llamado a dotarlas de sentido, a trascender sus propias circunstancias y pese a la dificultad, la enfermedad o la muerte, ser capaz de articular todas las piezas, incluso las rotas, y construir con ellas una bella imagen, la mejor de las imágenes. Al final de algunos caminos es imposible llegar sin enfrentarse cara a cara con la dimensión trascendente y espiritual del hombre.





jueves, 10 de octubre de 2013

DAVID Y GOLIAT







Retroceden atenazados por el miedo que su sola mención suscita. No los culpo, yo también lo haría. Pero esta vez no estás aquí para contemplar la batalla. Escuchas tu nombre y das un paso al frente y comprendes que sin saberlo has iniciado un camino sin retorno. Comienzas torpemente a lanzar las piedras contra él, una tras otra, casi a ciegas, intentando no errar el tiro. Conoces tu fragilidad pero te protege la conciencia ilusoria de la inmunidad que suele asistir a los que han sufrido mucho, como si no fuera posible acumular más dolor. Y esta tu inconsciencia es también tu salvación: consigues derrotarlo. Relees el informe médico una y otra vez: negativo y te dispones una vez más a enterrar los restos del invencible Goliat.