sábado, 21 de septiembre de 2013

SUEÑOS CUMPLIDOS




Apenas mostró pudor al confesar el primero de los sueños que era aún capaz de recordar: siempre le gustaron las princesas, reconoció de inmediato. Después vinieron otros, menos amables, más confusos, relatos archivados puntualmente en un expediente demasiado extenso para una sola vida. Pero desde hacía varios meses sabía que no jugaba limpio escamoteándole a su siquiatra aquel sueño. Al principio pensó que era inofensivo, tan solo un sueño inconcluso que llevaba repitiéndose varias noches: Amazonas, sus princesas de antaño se habían convertido en terribles Amazonas. Cada día recordaba algún detalle más de ese extraño sueño. Sentía pavor de seguir soñándolo. Se mantenía despierta durante días hasta que, extenuada, caía rendida, ajena por completo a sus peores presentimientos. Aquella ocultación inocente se había convertido en su gran secreto mientras la imagen no apareciese completa. Una mañana, al despertar, recordó el detalle definitivo de aquel último sueño: el pecho cauterizado sobre el que la altiva Amazona apoyaba su arco, libre por completo de todo obstáculo. Y entonces sí, aquella tarde contó su sueño con todo lujo de detalles y supo que, definitivamente, nada podría hacer aquel esmirriado siquiatra ante aquella frágil mujer que había decidido ser la heroína de, incluso, sus peores pesadillas.


viernes, 6 de septiembre de 2013

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS





(...) "Del bálsamo de Fierabrás, que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas (...) De un bálsamo (...) con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna; y así, (...) cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana"

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cap. 10

Salió de la consulta de la enfermera abastecida de cremas milagrosas que prometían resolver todas las dolencias femeninas: esta para aplicar tras la radio, y además, esta otra para la sequedad vaginal interna, esta otra para la externa, esta por si mantienes relaciones... Algún visitador médico de ginecología debía de haber errado la dirección. Sonreía al recordar las advertencias de la joven enfermera sobre la pérdida total de vello en las cejas y las pestañas tras la aplicación de la radioterapia: ella ya lo había perdido todo, ahora solo quedaba esperar a que creciera. Y aquella idea de las pérdidas fue quedándose atrás en ese trayecto de vuelta que haría otras 24 veces, mientras observaba en el espejo retrovisor los traviesos pelos de sus cejas que habían empezado a nacer en la zona equivocada, esa que ella siempre depilaba con tanto esmero. Sonreía al pensar en la vida y sus caprichos, ajenos la mayoría de las veces a nuestros propósitos. 

Pensó en las veces que había tenido que escuchar en los últimos días aquello de "eso de la radio no es nada" y la carcajada asomó a su boca. Cómo reconocer que se había sentido más sola que en la quimio: la habían abandonado en medio de una fría sala, en una posición casi de contorsionista y le habían advertido sobre la conveniencia de no mover ni un músculo. Tenía tatuadas en su piel unas marcas para no errar el disparo, y ella solo rezaba para que no le diera por estornudar. Le dolía la cabeza y aún quedaba por delante un largo día que esperaba que, al menos, le diese una tregua y resultase más benévolo que el anterior. Aprovechando su ausencia, algunos compañeros de trabajo se habían quedado con su despacho y con su clientes y hasta con su planta, por si acaso tardaba en regresar. Se había asomado de nuevo a la vida y aquello, definitivamente, no le gustaba. 

Meditó sobre las mentiras, las de verdad y las piadosas y también sobre las verdades, las de verdad y las irremediables y estuvo indecisa un buen rato sin saber muy bien qué buscaba ella cuando preguntaba a uno y otro médico sobre la posibilidad de que su brazo empeorara tras la radioterapia. Recordó la mentira piadosa de la doctora y se vio a sí misma reconfortada con sus palabras,"ya habría dado signos". La otra cara de la moneda era más franca: "si te ha de suceder, te sucederá; tiempo al tiempo".  Ella era de las que mentían piadosamente, religiosamente, puntualmente, pero aun no sabía si quería ser mentida piadosamente, religiosamente, puntualmente. Quizá como decía Serrat: "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".                 

Y al llegar a casa comprobó el color de su cicatriz; demasiado pronto -se dijo a sí misma- aquello aún le dolía ya incluso antes de la sesión. Al acabar el día, la herida tenía un aspecto realmente feo. Ya solo quedan 24, pensó, y tras mucho rebuscar en su bolso, no encontró ningún remedio para su auténtico dolor y pensó en las heridas del cuerpo que, pese a todo, acaban sanando antes que las otras heridas, las invisibles, las heridas morales que acumulamos desde pronto, algunos demasiado pronto. 

Aquella como otras noches soñó con el bálsamo de fierabrás, esa poción mágica capaz de curar todas las heridas. Convencida estaba de los poderes de la pócima milagrosa que los doctores le habían suministrado a lo largo estos largos meses. Consciente era del grave riesgo del fracaso que amenaza a todo aquel que lo tomara sin haber sido armado caballero. Pero ella, no en vano se sabía ya más Quijote que Sancho al fin de esta carrera, casi desde el principio supo "que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante sin temor alguno cualesquiera riñas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen"