lunes, 30 de diciembre de 2013

HISTORIA DE UN REGALO


Los ritos son necesarios (...) Es lo que hace que un día sea distinto de otros días, una hora, distinta de otras horas.

El Principito



La Navidad se ha convertido para mí con los años en un espacio privilegiado para los ritos. Cada familia teje los suyos particulares que quedan impresos para siempre en su memoria colectiva. Cierro los ojos y nos veo siempre, de pequeños, a mí y a mis hermanos el día de Reyes: mientras que nuestros amigos recogían los regalos perfectamente apilados al pie del árbol, nosotros tardábamos horas y a veces incluso días en encontrar  los paquetes escondidos por toda la casa. Fuimos repitiendo este juego año tras año hasta que acabó por convertirse en un rito. Ya adolescentes, incluso escribíamos cartas que después junto con las indicaciones de mi padre nos servían de guía a modo de plano del tesoro. Aún hoy, seguimos levantándonos muy temprano para acudir a la casa de mis padres y buscar con ilusión nuestros regalos y los de nuestros hijos. Regalar a alguien en estas fechas supone, pues, ligar a esa persona con nuestra historia personal más íntima y cuando un nombre desconocido aparece en un paquete, todos preguntan ansiosos: ¿para quién es?

Pero hay regalos que acaban siendo una sorpresa para el que los compra. Y así sucedió con este. Busqué por muchas tiendas, en una peregrinación imposible, una bola de nieve con cualquier motivo que no fuese navideño. Finalmente, decidí comprarla a través de Amazón. Revisé todo el catálogo y elegí, con poco convencimiento, una de ellas: no era exactamente la que buscaba. Amplié la imagen y pese a que el motivo principal a mí no me seducía en exceso: un niño y una niña con caras sonrientes, pensé que seguía siendo mejor opción que una bola con un Papá Noel en su interior. A los tres días la recibí puntualmente en casa. La abrí con gran expectación, giré la manecilla que había en su base para contemplarla en movimiento y escuchar su melodía y me pareció bonita. Decidí dejarla fuera de su caja unos días hasta que la regalara definitivamente. De vez en cuando, la agitaba para contemplar las brillantes partículas en movimiento. Acabó por gustarme esa bola. Justo el día en el que iba a envolverla, vi lo que hasta ese momento me había resultado invisible: los niños sostenían en sus manos un dibujo infantil en el que aparecían un padre, una madre y los dos niños, uno a cada lado, cogidos de la mano. De forma instintiva giré la bola y leí el título de la melodía: "Happy days are here again". Me sacudió una intensa emoción contenida, la misma que semanas atrás sentí al ver reeditado el perfume que mi hermana y yo usábamos hace una década. Corrí a incluir una bola como esa en mi carta a los Reyes Magos y extasiada me detuve a contemplar como cuando era niña esa promesa de felicidad que, estaba convencida, empezábamos ya a experimentar "aquí, otra vez".


lunes, 23 de diciembre de 2013

ÚLTIMO ACTO




A Alicia, de cuya mano realicé aprendizajes imposibles.






"El sufrimiento no es estéril, es una potente fuerza que nos mueve e impulsa a crecer y adaptarnos. Ayudar a que produzca este efecto sin que se desmorone la persona que lo padece es una tarea importante y delicada. Seguramente la que más sentido dé a la existencia de los profesionales sanitarios"

Dr. Casado


Y cuando aquella doctora a la que solo había visto tres meses antes, concluyó sin ningún tipo de duda que mi hombro estaba recuperado y que en mi brazo no había indicio alguno de linfedema, supe que el viaje había terminado. Me daban el alta, ya no necesitaría más sesiones de fisioterapia, el resto sería, como siempre se decía en estos y en otros casos, cosa de mejorar con el tiempo. Me sorprendí a mí misma al descubrirme un nudo en el estómago: aquella había acabado por convertirse en mi rutina cotidiana y tenía que reconocer que ese final de trayecto había sido reconfortante.

Yo, que no creo ya en las casualidades, me preguntaba cuántas de ellas habrían sido necesarias para haber conseguido llegar hasta allí. Constaté casi de inmediato al conocer a mi fisio que alguien al fin era capaz de sentir y comprender mi dolor físico y me vi aliviada, como el bebé que tras una intensa rabieta, cae rendido reconfortado por el cálido abrazo de su madre. Lentamente, sesión a sesión, fuimos creando lazos, como el zorro y el Principito y solo al final comprendí que tras aquella cicatriz que ella movilizaba sabiamente a diario se superponían en densas capas tantas otras que pensé curadas hace tiempo. Me fui dejando hacer por aquellas manos destinadas a tocar heridas, a veces, como en mi caso, demasiado cercanas al corazón. 

Miré a mi alrededor en aquella mi última sesión y descubrí su secreto: "lo esencial es invisible para los ojos"; ella había aprendido a mirar con el corazón, ¿cómo si no sobrevivir a todo el sufrimiento del que estaba rodeada a diario? Aquel día, junto a ella estaba D., con quien compartiría la sesión y del que me había hablado en alguna ocasión. Era tan inteligente como lo había descrito. Escuchaba retazos de su vida: sus tres carreras universitarias, su experiencia en la radio, su novia sevillana que tanto reía con sus bromas... Hablaba de la dificultad de leer porque solo podía hacerlo ya a través de un programa que pronunciaba en voz alta y bromeaba con la idea de cursar una cuarta carrera ya que como él decía: "era gratis para los cojos". Así fue como me habló de su silla de ruedas. El resto ya lo conocía. Mientras repetía concentrado su ejercicios, era testigo de las maniobras de Alicia bajo mi camiseta. Imposible para alguien como D. ser un testigo mudo, así que no tardó en espetarme la pregunta a bocajarro: te falta un pecho ¿verdad? Agradecí emocionada esa sinceridad sin tapujos y sentí que por primera vez alguien me preguntaba de igual a igual; incluso, estaba convencida de que D. sabía mucho más que yo de las pérdidas. 

Y ya casi al final, como en el teatro de los siglos de oro donde la justicia poética que premia siempre la virtud y el honor de los buenos y castiga el vicio y el comportamiento deshonroso de los malos acababa por imponerse siempre a través de la figura del rey, hizo su aparición mi cirujano, dispuesto providencialmente a calmar mis últimos temores. Supe ya entonces que aquella última sesión había supuesto para mí como para los espectadores del teatro griego una auténtica catarsis, una verdadera experiencia interior liberadora y que al fin estaba preparada para empezar de nuevo.


domingo, 15 de diciembre de 2013

LECCIONES DE GEOMETRÍA




A María José, de quien aprendí el coraje de cerrar círculos.


"Parecía que de tanto avanzar se había llegado al principio"
F. Rodriguez Andrados.




Se había propuesto cerrar círculos. Sabía que no era fácil. Lo había experimentado a lo largo de aquellos años tan sombríos: avanzando casi a tientas, sin saber muy bien hacia donde, llevada por la apremiante necesidad de huir, huir de sí misma, de su pasado, de aquello que un día le cambió la vida. El dolor la había instalado en otra dimensión,indolente en apariencia, incomprensible para todos.

Esta vez, en cambio, todo era diferente: se cumplía un año desde que le diagnosticaron la fatal enfermedad y alentada por el falso valor del que sabe que ha pagado con creces su cuota de sufrimiento, afloja el paso y se permite el lujo de hacer inventario. Solo entonces tiene la certeza del engaño: vuelve a estar donde al principio. Y las heridas que no sanaron entonces vuelven a sangrar. Y su apariencia indolente, construida con tanto esfuerzo, se vuelve frágil y quebradiza, como el majestuoso tronco del árbol centenario derribado en cuyos anillos se adivinan los años y los precios pagados por cumplir fielmente con las estaciones.

Se pregunta si los árboles también cerrarán círculos mientras recorre lenta y cuidadosamente aquella sinuosa espiral en la que parece avanzar su propia vida y aprende con esfuerzo a reconocerse en cada uno de los giros que la suerte le fue imponiendo. Desanda por fin el camino y solo cuando llega al centro, se sabe por fin a salvo de seguir huyendo, de ella misma, de su pasado, de aquellas cosas que un día le cambiaron la vida. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

MICRORRELATO: VISTA CANSADA







Pasó las páginas de aquellos interminables catálogos con el renovado propósito de encontrar esta vez una que realmente se ajustase a sus expectativas: mejorar -se decía a sí misma- era un derecho que se había ganado con creces. Conocía el rito de memoria, no en vano llevaba ya varias vidas de práctica: justo en ese momento final en el que la literatura habla de luces blancas y túneles y rápidos barridos en los que toda una vida aparece condensada en imágenes, ella se limitaba a esperar, ajena por completo a toda clase de sufrimiento, incapaz de anticipar lo que aun estaba por llegar en aquella vida que una y otra vez se empeñaba en repetir minuciosamente, sin escatimar uno solo de sus errores, preocupada tan solo en el último momento de recordar que, al menos esta vez, solucionaría lo de su vista cansada. 


miércoles, 6 de noviembre de 2013

PREGUNTAS INCÓMODAS



-Mamá, no te cambiaría por nada del mundo
-Ni yo tampoco, hijo
-¿Ni siquiera por recuperarte?
-No, ni siquiera por eso
-¿Ni siquiera porque el papá estuviese vivo?
-No, hijo -se le quebró la voz a la madre- ni siquiera por eso
-Pues yo, mamá, te cambiaría para que el papi y tú estuvieseis vivos.
Y se abrazaron reconfortados por esa lógica implacable que solo se tiene a los 7 años.


miércoles, 30 de octubre de 2013

LUCHAS


"Lo consiguieron porque no sabían que era imposible"

Jean Cocteau

A A. le diagnosticaron un cáncer de estómago y esa sola palabra suponía al fin una explicación a muchos síntomas a los que nadie había conseguido poner nombre a lo largo de tantos meses. Su jefa apenas tardó tres días en despedirla. Sin embargo, no había en su cara ni rastro de indignación ni de rencor, parecía como si su frágil cuerpo, apenas pesaba 40 kilos, se resistiera a malgastar energía en sentimientos tan estériles. A. te miraba con esa mirada limpia del que se sabe en paz consigo mismo. No en vano había realizado junto a G. un largo camino: llegaron de Colombia hace ya muchos años, huyendo, imagino, como todos sus compatriotas de la miseria, pero sobre todo dejando atrás el miedo del que se sabe diferente en un país en el que hasta 1981 la homosexualidad estaba penada. Habían sido felices, de eso no cabía duda. 


Compartí con ellas el mismo cirujano y la misma habitación durante unos días y me fui quedando con retazos de su historia, con los cuidados constantes que G. le profesaba a A., con sus miradas cómplices, con su sentido del humor. Nos prometimos una comida cuando a A. su estómago se lo permitiese. Y en contra de lo previsible en mí, llamé con la firme intención de reencontrarnos, convencida de que habría conseguido sobrevivir a la quimioterapia, a su despido y a su suerte. G. me contó con muy pocas palabras, ella que era tan locuaz, que A. había muerto un par de semanas antes, que estaba muy deprimida y que la vida era un regalo como decía María de Villota. En los escasos segundos de silencio que siguieron a sus palabras me atravesó su dolor, un dolor que conocía de memoria, con el que yo misma había aprendido a vivir a lo largo de estos años y para el que bien sabía que no existe consuelo. Recordé, sin embargo, las palabras de nuestro cirujano: esta enfermedad exige la valentía del que sabe plantarse altivo frente al toro. Por eso sé que hoy, estés donde estés, A., lo habrás conseguido porque tú como tantos otros que supisteis pelear vuestra suerte con la dignidad de un torero os negasteis siempre a aceptar los imposibles.




miércoles, 23 de octubre de 2013

Y DESPUÉS ¿QUÉ?







"Un cáncer no termina en los hospitales, no acaba en la derrota de la enfermedad. Los miedos no se extirpan sino se vencen. La vida no se reconstruye sino se afronta. El cáncer no caduca"

"La teta que os falta"





"Después del cáncer ¿qué?" Esa fue la pregunta que anoche la asociación Amiga lanzaba ante un buen número de mujeres afectadas directa o indirectamente por el cáncer de mama. Esa es, sin duda, la pregunta a la que trato de dar respuesta ahora que ya todo el proceso se ha acabado y me dispongo a volver de nuevo a la vida.

En la respuesta a esa pregunta, tan vital para el superviviente de un cáncer, reside la clave de su curación real. Responder a ella con valentía implica un posicionamiento ante la vida necesariamente diferente al que antes de la enfermedad uno tenía. Lo realmente difícil de asumir es que la vida ya no vuelve a ser como era y que por mucho que te esfuerces, no volverás a encontrarte con la persona que abandonaste el día que recibiste el fatal diagnóstico. Pero esta misma condena encierra también una gran liberación: la posibilidad de reconciliarte contigo y con tu historia, la suerte de saber que todo debe volver a empezar una vez más.

Y uno aprende a dejarse llevar por la vida. Y lejos de vivir con miedo y con resentimiento, se reconcilia con esa parte dañada que pregunta de manera hiriente ¿por qué a mí? y se reinventa a través de las nuevas circunstancias que le recuerdan que nada es gratuito. Como el día en que mi fisio, decidida a enseñarme sobre todo a posicionarme de nuevo en la vida con gesto valiente, se reconoció amiga de mi cirujano y me condujo de nuevo hacia él en esa suerte de casualidades que van lentamente devolviendo el sentido a todo lo vivido.


martes, 15 de octubre de 2013

NIÑOS






No se habían dado por vencidos en todos estos meses. Sordos a ese no por respuesta que siempre escuchaban atónitos, el pequeño volvió a preguntar una vez más si aquella teta crecería. Pero esta vez la mayor se adelantó a la respuesta sentenciando con voz solemne:

-Mamá, serías una pésima estrella de mar.

Y entre risas, todos comprendieron que aquella cuestión del cáncer había quedado zanjada de una vez para siempre.


viernes, 11 de octubre de 2013

CONVERSIONES







Y sucedió que yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo; cayó en tierra y oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?". El respondió: ¿quién eres tú, Señor? Y oyó que le decían: "Yo soy Jesús a quien tú persigues. Pero ahora levántate; entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tendrás que hacer".
Hechos de los apóstoles capítulo 9.




La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de San Pablo. La Biblia nos cuenta cómo Pablo que era un joven y fogoso judío que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, decidió combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.

Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. De pronto, y casi ya en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. Entonces oyó una voz, se levantó, y comprobó que no veía nada. Con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.

En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas, y permaneció allí tres días ciego, sin comer ni beber, hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías que le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista. A partir de ese momento se convirtió al cristianismo y el perseguidor se convirtió en perseguido.

(WWW.san-pablo.com.ar Ariel Álvarez Valdés)

En contra de lo que dicen los tópicos, no es cierto que tras la enfermedad se produzca una suerte de conversión como la de San Pablo que, tras ese encontronazo que relata la Biblia, se trasformó en otra persona. Para el ser humano, tan fiel a sus costumbres, no es suficiente haber sobrevivido a un cáncer para experimentar ese cambio capaz de reconciliarlo con su propia historia. Quizá la enfermedad con su mira puesta en la conciencia de la propia finitud del hombre solo venga a cuestionar de manera definitiva los posibles de nuestra vida. Las pérdidas, con sus infinitos rostros, nos dejan sin asideros y sin excusas, sostenidos únicamente por nuestras convicciones más profundas. 

La enfermedad es sin duda una de las más terribles pérdidas que afronta el hombre. Nos enfrenta con nuestro miedo y con nuestro propio desvalimiento despojándonos de todo aquello en lo que un día basamos nuestra seguridad. Y como en el tópico medieval del "ubi sunt" resuena la pregunta definitiva: ¿dónde están las efímeras glorias? Y como Manrique empezamos a preguntarnos por "la hermosura, la gentil frescura y tez de la cara, la color e la blancura, los estados e riqueza, las llamas de los fuegos encendidos d'amadores... Y cada una de esas preguntas, retóricas por naturaleza, sin respuesta desde su misma formulación,  apela en el hombre sufriente a la búsqueda de una respuesta capaz de dar sentido a la propia existencia. 

Yo, como Borges un día, "he perdido tantas cosas que no podría contarlas". He perdido cosas que recuperaré con el tiempo, otras que ya nunca podré recuperar, y otras muchas a las que, definitivamente, ya nunca querré regresar.  Y es que las pérdidas más dolorosas quizá no tengan sentido en sí mismas, pero el hombre está llamado a dotarlas de sentido, a trascender sus propias circunstancias y pese a la dificultad, la enfermedad o la muerte, ser capaz de articular todas las piezas, incluso las rotas, y construir con ellas una bella imagen, la mejor de las imágenes. Al final de algunos caminos es imposible llegar sin enfrentarse cara a cara con la dimensión trascendente y espiritual del hombre.





jueves, 10 de octubre de 2013

DAVID Y GOLIAT







Retroceden atenazados por el miedo que su sola mención suscita. No los culpo, yo también lo haría. Pero esta vez no estás aquí para contemplar la batalla. Escuchas tu nombre y das un paso al frente y comprendes que sin saberlo has iniciado un camino sin retorno. Comienzas torpemente a lanzar las piedras contra él, una tras otra, casi a ciegas, intentando no errar el tiro. Conoces tu fragilidad pero te protege la conciencia ilusoria de la inmunidad que suele asistir a los que han sufrido mucho, como si no fuera posible acumular más dolor. Y esta tu inconsciencia es también tu salvación: consigues derrotarlo. Relees el informe médico una y otra vez: negativo y te dispones una vez más a enterrar los restos del invencible Goliat.

sábado, 21 de septiembre de 2013

SUEÑOS CUMPLIDOS




Apenas mostró pudor al confesar el primero de los sueños que era aún capaz de recordar: siempre le gustaron las princesas, reconoció de inmediato. Después vinieron otros, menos amables, más confusos, relatos archivados puntualmente en un expediente demasiado extenso para una sola vida. Pero desde hacía varios meses sabía que no jugaba limpio escamoteándole a su siquiatra aquel sueño. Al principio pensó que era inofensivo, tan solo un sueño inconcluso que llevaba repitiéndose varias noches: Amazonas, sus princesas de antaño se habían convertido en terribles Amazonas. Cada día recordaba algún detalle más de ese extraño sueño. Sentía pavor de seguir soñándolo. Se mantenía despierta durante días hasta que, extenuada, caía rendida, ajena por completo a sus peores presentimientos. Aquella ocultación inocente se había convertido en su gran secreto mientras la imagen no apareciese completa. Una mañana, al despertar, recordó el detalle definitivo de aquel último sueño: el pecho cauterizado sobre el que la altiva Amazona apoyaba su arco, libre por completo de todo obstáculo. Y entonces sí, aquella tarde contó su sueño con todo lujo de detalles y supo que, definitivamente, nada podría hacer aquel esmirriado siquiatra ante aquella frágil mujer que había decidido ser la heroína de, incluso, sus peores pesadillas.


viernes, 6 de septiembre de 2013

EL BÁLSAMO DE FIERABRÁS





(...) "Del bálsamo de Fierabrás, que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas (...) De un bálsamo (...) con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna; y así, (...) cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana"

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cap. 10

Salió de la consulta de la enfermera abastecida de cremas milagrosas que prometían resolver todas las dolencias femeninas: esta para aplicar tras la radio, y además, esta otra para la sequedad vaginal interna, esta otra para la externa, esta por si mantienes relaciones... Algún visitador médico de ginecología debía de haber errado la dirección. Sonreía al recordar las advertencias de la joven enfermera sobre la pérdida total de vello en las cejas y las pestañas tras la aplicación de la radioterapia: ella ya lo había perdido todo, ahora solo quedaba esperar a que creciera. Y aquella idea de las pérdidas fue quedándose atrás en ese trayecto de vuelta que haría otras 24 veces, mientras observaba en el espejo retrovisor los traviesos pelos de sus cejas que habían empezado a nacer en la zona equivocada, esa que ella siempre depilaba con tanto esmero. Sonreía al pensar en la vida y sus caprichos, ajenos la mayoría de las veces a nuestros propósitos. 

Pensó en las veces que había tenido que escuchar en los últimos días aquello de "eso de la radio no es nada" y la carcajada asomó a su boca. Cómo reconocer que se había sentido más sola que en la quimio: la habían abandonado en medio de una fría sala, en una posición casi de contorsionista y le habían advertido sobre la conveniencia de no mover ni un músculo. Tenía tatuadas en su piel unas marcas para no errar el disparo, y ella solo rezaba para que no le diera por estornudar. Le dolía la cabeza y aún quedaba por delante un largo día que esperaba que, al menos, le diese una tregua y resultase más benévolo que el anterior. Aprovechando su ausencia, algunos compañeros de trabajo se habían quedado con su despacho y con su clientes y hasta con su planta, por si acaso tardaba en regresar. Se había asomado de nuevo a la vida y aquello, definitivamente, no le gustaba. 

Meditó sobre las mentiras, las de verdad y las piadosas y también sobre las verdades, las de verdad y las irremediables y estuvo indecisa un buen rato sin saber muy bien qué buscaba ella cuando preguntaba a uno y otro médico sobre la posibilidad de que su brazo empeorara tras la radioterapia. Recordó la mentira piadosa de la doctora y se vio a sí misma reconfortada con sus palabras,"ya habría dado signos". La otra cara de la moneda era más franca: "si te ha de suceder, te sucederá; tiempo al tiempo".  Ella era de las que mentían piadosamente, religiosamente, puntualmente, pero aun no sabía si quería ser mentida piadosamente, religiosamente, puntualmente. Quizá como decía Serrat: "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".                 

Y al llegar a casa comprobó el color de su cicatriz; demasiado pronto -se dijo a sí misma- aquello aún le dolía ya incluso antes de la sesión. Al acabar el día, la herida tenía un aspecto realmente feo. Ya solo quedan 24, pensó, y tras mucho rebuscar en su bolso, no encontró ningún remedio para su auténtico dolor y pensó en las heridas del cuerpo que, pese a todo, acaban sanando antes que las otras heridas, las invisibles, las heridas morales que acumulamos desde pronto, algunos demasiado pronto. 

Aquella como otras noches soñó con el bálsamo de fierabrás, esa poción mágica capaz de curar todas las heridas. Convencida estaba de los poderes de la pócima milagrosa que los doctores le habían suministrado a lo largo estos largos meses. Consciente era del grave riesgo del fracaso que amenaza a todo aquel que lo tomara sin haber sido armado caballero. Pero ella, no en vano se sabía ya más Quijote que Sancho al fin de esta carrera, casi desde el principio supo "que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante sin temor alguno cualesquiera riñas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen"



domingo, 25 de agosto de 2013

MÉDICOS II



"Los hombres que se ocupan de restaurar la salud de los demás uniendo habilidad con humanidad están sobre los grandes de la tierra"

Voltaire



En su lento peregrinar de los últimos meses había conocido a médicos de todos los talantes. Los había amables, distantes, circunspectos, seguros... Todos grandes profesionales, pensaba agradecida por la buena suerte de saberse viva. Pero, en secreto, casi desde el principio, había echado en falta algo que no sabía muy bien cómo definir. La mayoría se habían convertido en personajes cruciales dentro de su azarosa biografía. Ella lo sabía bien y les pagaba con el justo y merecido agradecimiento eterno del que se sabe en deuda con el que ha realizado un buen trabajo. Todos habían sabido mantener los estrictos límites que exige relación médico paciente,  y ella en ningún momento, ni siquiera en los peores, había perdido la digna compostura que se había propuesto mantener desde el principio. Solo en el breve instante de una conversación había dejado su rol de paciente y había sido capaz de compartir con su cirujano alguna de sus historias. Pero, ahora, de vuelta, era otro el que supervisaba su trabajo y a una distancia de varios metros contemplaba su cicatriz y con tono adusto le comunicaba que todo iba bien. No sabía qué, pero, definitivamente, faltaba algo en aquellos profesionales a los que tanto les debía. 

Y, cuando ya no esperaba más sorpresas, al final casi del trayecto, cuando ya parecía que no haría falta, apareció ella. Había sido una semana bastante intensa: cita con la oncóloga, revisión del cirujano, y ahora la primera cita antes de la radioterapia. Pensaba que este último paso sería un puro trámite: recibiría unas indicaciones sobre las cremas protectoras, programarían las sesiones, y el resto, confiar en que las máquinas hicieran su trabajo.  Ya desde el principio, le llamó la atención que alguien se molestase en hacerle una foto para adjuntar a su expediente -¡menuda cara, ni la peluca ni el maquillaje escondían los signos del cáncer- Le sorprendió que a alguien le interesase por primera vez el nombre de su acompañante, y que incluso, se molestase en escribirlo en su ficha. Escuchó asombrada cómo tras su historial alguien desentrañaba los difíciles capítulos que precedieron a la aparición del cáncer. Se extrañó de que dispusiese de fotos y gráficos con los que explicar el tipo de tumor de cada paciente. Fue una  larguísima conversación en la que poco a poco fueron olvidando que estaban en una consulta y empezaron a hablar de la vida y sus posibles.  Acabó dándole la bienvenida como hacía con cada uno de sus pacientes y ella no pudo más que sentirse agradecida, convencida incluso de que aquellos meses que aún le quedaban por delante hasta su completa recuperación se convertirían en una auténtica oportunidad que no estaba dispuesta a dejar pasar.  


domingo, 18 de agosto de 2013

FELICIDAD




Ahora sí, estaba convencido al fin de que aquellos días encerraban lo que más tarde intentaría recordar como su cota más alta de felicidad. Con frecuencia, la felicidad nos tiende estas trampas: solo la identificamos años después, cuando aquello que nos hizo mirar complacidos nuestra existencia forma parte ya definitivamente de nuestra memoria. Pero a partir de ese momento, intuía que todo sería diferente.

Había empezado a notar los cambios aquella tarde frente al espejo de la casa familiar comprado en una almoneda por el abuelo hacía ya varios lustros. Se vio a sí mismo frente a él buscando más allá de las manchas de humedad y de las rayas de su superficie algún gesto, alguna señal que le resultara familiar. La imagen que le devolvía el espejo coincidía, con la precisión propia del trabajo de un buen taxidermista, con las fotos de los álbumes que se escondían dentro del viejo armario, pero era incapaz de reconocerse: había empezado a olvidar. Fingía ante sus padres, demasiado ancianos para enfrentarse a ciertas verdades; fingía ante su esposa, extenuada después de soportar su larga enfermedad; fingía ante sus hijos, tan necesitados de un padre como él de una identidad; pero ante su perro, no se esforzaba en disimular. Solo ellos dos compartían aquella inquietante verdad: todo el pasado había quedado suspendido en una especie de limbo incierto y a partir de ese momento, solo tenía por delante presente, kilómetros y kilómetros de felicidad por estrenar.



viernes, 16 de agosto de 2013

BUENAS NOTICIAS







Como todas las mañanas, al amanecer, se levantó y encendió la radio de la cocina. Mientras ponía el café en el fuego, escuchó un tanto sorprendido la noticia. Indiferente pese a todo, salió en dirección a la ducha con el firme propósito de olvidar una larga noche de insomnio. Solo el pitido de la cafetera consiguió devolverlo a la realidad. Ya más animado , sentado frente al café recién hecho, otra noticia feliz se escapó de la boca del periodista, y eso fue solo el comienzo: aquella retahíla de optimismo acababa de estallar. Su naturaleza desconfiada le hizo suponer una feliz casualidad. Encendió la televisión y el ordenador, que no hicieron otra cosa que confirmar su sospecha. Ahora solo cabía esperar, quizá fuera cierto que ya estaba aquí el fin del mundo tan anunciado, o tal vez, solo tal vez, se tratara del comienzo tan esperado.


jueves, 15 de agosto de 2013

TIEMPO DETENIDO



"Sin embargo, es difícil tener la cabeza en otra cosa cuando estás atrapada en tu cuerpo. Cuando la envoltura física asume todo el protagonismo. Ah, qué complicada relación hemos tenido siempre los humanos con nuestros cuerpos (...) El cuerpo nos apresa, nos enferma, nos limita, nos mata. Somos rehenes del cuerpo que nos toca y con él planteamos batallas que sólo acaban cuando fallecemos (...) Es cierto, el cuerpo es un tirano (...) Pero, al mismo tiempo, ¡qué grandioso este cuerpo que nos permite ver la belleza del mundo, escuchar músicas sublimes, beber y comer cosas deliciosas, besar y acariciar y amar, pasear por hermosos montes remotos en una mañana fresca y nublada! (...)

Rosa Montero, "Querido y odiado cuerpo" , El País, 4/8/13

Me habría resultado inimaginable hace ocho meses creer que quedaría atrapada en mi propio cuerpo con solo 40 años y asumir que su sola envoltura acabaría cobrando todo el protagonismo de mi vida. Impensable por lo ilógico habrían sido las pérdidas lentas pero implacables de mis facultades físicas; el deterioro constante de mis uñas, mi piel, mi pelo; las profundas cicatrices que sesgaron carne demasiado joven. Contemplo el estado en el que ha quedado mi cuerpo y un poco como Quevedo siento el profundo dolor del que sabe asediada su fortaleza: 

"Miré los muros de la patria mía
si un tiempo fuertes, ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía"


Pero engañoso sería no confesar las grandes paradojas que encierran muchas veces nuestras derrotas. Porque, aunque resulte osado confesarlo, el forzoso confinamiento en el que mi cuerpo enfermo  me ha postrado trajo consigo el descubrimiento del tiempo detenido. Acorralada por mi propio cuerpo que exigía ritmos diferentes a los que estaba acostumbrada, me he encontrado con el inmenso regalo de ese otro tiempo realmente fructífero en el que no hay nada que hacer, donde las obligaciones desaparecen, las horas se vuelven lentas y aburridas y es harto improbable que pueda ocurrir algo que no tenga que ver exclusivamente contigo misma. 

Así vivo estos último días de verano, ajena por completo al bullicio de las playas, escondida en este apartado lugar, disfrutando de este tiempo detenido, saboreando a pequeños sorbos los placeres que mi cuerpo vuelve a entregarme. Sorprendida por el continuo regalo de saberme viva, compruebo agradecida cómo en mí se dan cita las cuatro aspiraciones del hombre renacentista: el beatus ille (alabanza de la vida sencilla en el campo frente a la vida en la ciudad) el carpe diem (atrapa el día, aprovecha el momento), el locus amoenus (lugar ameno, idealización de la realidad) y el tempus fugit (tiempo que corre). La conciencia de lo que supone haber alcanzado tanto en tan poco tiempo me llena de un serena felicidad que me reconcilia con mi atribulado cuerpo.


sábado, 3 de agosto de 2013

MICRORRELATO: GIGANTES QUE SON MOLINOS




"Ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas (...) ¿Qué gigantes? dijo Sancho"

El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha, cap. VIII 


Importa poco que para los demás tus gigantes no sean más que molinos. Indiferente al caso resulta que se empeñen en convencerte con razones de la locura de tu empeño porque fácil es ver molinos en vidas ajenas y no gigantes en la propia. Solo tú entenderás que el miedo es siempre un gran gigante, invisible siempre para los cobardes.




MICRORRELATO: MOLINOS QUE SON GIGANTES






"Todos los molinos se convierten en gigantes"
Fito y los Fitipaldis



Pasaron la vida al borde mismo de la fina raya que separa la cordura de la locura. Solo en el lecho de muerte consiguieron encontrarse, incapaces ya de distinguir al fin los molinos de los gigantes.

jueves, 1 de agosto de 2013

"CONTIGO"





Las primeras horas, días o incluso meses tras el diagnóstico del cáncer -en esto sucede como con el drenaje, depende de cada persona- son cruciales. De tu capacidad de reacción dependerá en buena medida el desarrollo de todo el proceso posterior. Por eso es necesario actuar rápido. Yo tuve la inmensa suerte de contar con el apoyo inmediato de María José, uno de los miembros de la asociación "Amiga". Ese primer día lo recuerdo de manera confusa, pero en cambio, sus palabras permanecen nítidas en mi memoria. Creo que en ellas basé buena parte de la actitud con la que me he enfrentado al cáncer a lo largo de estos meses. 

Precisamente para paliar esa soledad e indecisión del principio surgen recursos como el que hoy he descubierto: una aplicación gratuita para Ipad dirigida a mujeres con cáncer de mama. La aplicación que se llama "Contigo" tiene como protagonistas a 16 mujeres que superaron el cáncer de mama y a través de distintos vídeos comparten su experiencia personal en temas tan fundamentales como las pruebas de los primeros días, los distintos tratamientos, los efectos secundarios, la sexualidad o las emociones. Otros componentes multimedia que contiene la aplicación son infografías, recetas de cocina y fichas de ejercicios entre otros. La aplicación cuenta con un riguroso contenido que ha sido avalado por 15 profesionales sanitarios supervisados por la Dra. Laura García Estévez, oncóloga y directora de la Unidad de Mama del Centro Integral Oncológico Clara Campal (CIOCC)

Es importante ponerle cara al cáncer. Es alentador escuchar a los que ya pasaron por esto antes que nosotras, porque como dice Inés Ballester, los dos enemigos a los que debemos enfrentarnos cuando nos detectan un cáncer son el miedo y la tristeza, porque el miedo te paraliza y la tristeza es mala compañera de viaje.





miércoles, 31 de julio de 2013

SANGRÍAS





"Desde antiguo, la sangre fue considerada como portadora de la vida y por tanto era razonable aceptar que su entrega constituyera una preciada ofrenda. Con similar fundamento puede haber surgido el concepto de que su alteración o la presencia en ella de seres maléficos pudiera ser causa de enfermedades, justificando así su extracción con fines terapéuticos"

La sangría: del mito al logos y del rito a la técnica, por Jorge Manrique

Seamos francos desde el principio: carezco de las nociones más elementales sobre medicina, y mis escasas referencias provienen de mis lecturas, de índole exclusivamente literaria. Así, en el Quijote cuando Juan Haldudo es sorprendido en el momento en el que azotaba a su criado Andrés, asegura que: "había de descontar de la paga un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo". O el propio Molière en El enfermo imaginario escribe a modo de estribillo en el cuadro final: "dar un enema, luego sangrar y enseguida purgar".

Investigando, descubro que es a partir de Hipócrates cuando la sangría deja de ser rito para convertirse en una técnica. Concretamente, en el texto "De la naturaleza humana" expone la teoría de los humores identificados como sangre, bilis amarilla, bilis negra y flegma originados en el corazón, hígado, cerebro y bazo respectivamente y de cuyas alteraciones resultaban las enfermedades.

Y este tinte tan literario es el que me sirve para dotar al drenaje que porto tras la operación de otras connotaciones diferentes. Cuando, desde mi mentalidad pragmática pregunté que cuánto tiempo tendría que llevarlo, la enfermera me explicó que el tiempo es diferente en cada persona, desde semanas hasta meses. Esa imprecisión reconozco que me molestó al principio, ¿cómo iba a hacer una vida normal con el "chisme" ese colgado de mí todo el tiempo? Pero, a día de hoy, he aprendido a mirarlo con gran benevolencia y con cierto agradecimiento incluso, porque cada vez que mido los "humores" que se desprenden de mi cuerpo me imagino como uno de esos enfermos que dejaban en manos de la sangría la expulsión de todos sus males físicos y síquicos. Quiero pensar que mi cuerpo se irá desprendiendo de todo lo que le sobra y que gracias al mito, mi mente también, acabará dejando atrás todos los lastres que una vez me impidieron ser la persona en la que, seguramente, acabaré convirtiéndome. Porque, como tal y como termina su artículo Jorge Manrique:

"Los mitos sirven más que para explicar la verdad como formas para rehuirla o modificarla" (Agunis, M. La importancia del mito)




martes, 30 de julio de 2013

"THE SCAR PROYECT"


"Rara vez se expone la realidad del sufrimiento humano"

David Jay


Creo que esta imagen es elocuente por sí misma y pocas palabras de presentación precisa. Forma parte de un proyecto "The scar proyect", que con mi precario inglés adivino que sería algo así como el proyecto de la cicatriz. Este veterano fotógrafo de moda quedó marcado cuando una querida amiga fue diagnosticada con cáncer de mama a la edad de 32 años. Tras esa primera imagen de su amiga le siguieron casi otras cien de mujeres con edades comprendidas entre 18 y 31 años.

"Para estas mujeres jóvenes tener una fotografía representa su victoria personal contra esta enfermedad terrible. Les ayuda a recuperar su feminidad, la sexualidad, la identidad y el poder después de haber sido despojadas de una parte tan importante de ellas"

Imágenes del proyecto

Pero estas imágenes formaron parte de una dura polémica con Facebook ya que la red social no permite nudismo. Aunque, como aclara el propio autor, Facebook siempre ha permitido subir fotos de mastectomías, el único problema era el pezón de la mujer. En la medida en que la mujer no tiene pezón puede aparecer desnuda en la imagen. A las redes sociales, afirma, les atemoriza más el seno que no está afectado que la cicatriz. 

De modo, que yo, como muchas de estas mujeres, contemplo mi cicatriz como un triunfo sobre la enfermedad, como un subrayado constante sobre el meollo de la existencia, ajena por completo a las voces que, insistentes, me preguntan que para cuando la reconstrucción. ¡Oh pobres!, necesitados de darme ánimos, vuelven la cara hacia otro lado por temor de encontrarse con mi cicatriz. Y yo, obstinada como siempre, me empeño en enfrentarme orgullosa a mi imagen frente al espejo, consciente como soy tras el cáncer de que, con reconstrucción o sin ella, las cicatrices forman parte ya de los precios que se pagan por vivir.

"Cada vez que la miro, piso el terreno con toda la planta de mis pies. Esa cicatriz significa y contiene valiosísimos pasos de mi camino"

Silvia Abascal.


lunes, 29 de julio de 2013

LOS AMARILLOS



A Trini, probablemente el mejor ejemplo de amarillo en mi vida




"Amarillo. Definición: dícese de aquella persona que es especial en tu vida (...) Los amarillos son reflejo de uno (...) y el conocerlos hace que demos un salto cualitativo en nuestra vida (...) Lo más importante es que un amarillo no necesita llamadas telefónicas, no necesita años de cocción, no necesita que lo veas a menudo (...) Amarillo es la palabra que define a esa gente que cambia tu vida (...) Y sobre todo los amarillos no son fruto de la casualidad"


El mundo amarillo, Albert Espinosa.

Recomiendo encarecidamente la lectura de este capítulo que da título al libro de Albert Espinosa. Es un concepto transgresor, situado a mitad de camino entre la amistad y el amor y que te obliga a reflexionar sobre estos conceptos aparentemente tan elementales. Cuando uno tiene ya unos años de experiencia a sus espaldas, aprende muy bien a distinguir a sus amigos de sus enemigos; a los amigos de los que se hacen pasar por amigos; a los amigos de los compañeros; a los amigos de los conocidos... y, finalmente, reduce el número de amigos a unos pocos incondicionales que, pese al tiempo, a las decepciones, a los cambios, permanecen en tu vida de manera incuestionable bajo la etiqueta de "mi mejor amigo". En ese sentido son un poco como los largos matrimonios, con sus luces y sus sombras.

Pero ¿qué pasa con los amarillos? Espinosa sostiene que cada persona tiene 23 amarillos en su vida. Se basa en la magia del número 23 apoyándose en determinados datos objetivos y en otros basados en experiencias personales -eso mismo me pasa a mí con el número 7-  Yo no sé si 7 o 23, lo que sí sé es que después de leer sobre la existencia de los amarillos, pude ponerle rostro a mis amarillos en plural, a mi amarillo en particular. Si analizo las marcas para reconocer a un amarillo, me quedo con unas pocas. La que más me gusta es que un amarillo no necesita que lo veas todos los días: yo que soy muy poco dada a las llamadas y que olvido la mayoría de los años su santo y su cumpleaños pese a mis vanos intentos por recordar, me siento muy liberada al descubrir esta señal. Otra señal es que un amarillo hace que demos un salto cualitativo en nuestra vida y eso pocas veces sucede; a mí, en cambio, me ha ocurrido en los dos momentos más cruciales de mi vida: gracias a ella he podido dar un salto cualitativo que me ha ayudado a trasformar acontecimientos muy dolorosos en experiencias cargadas de sentido. Los amarillos, en tercer lugar, no son fruto de la casualidad porque como dice el autor, "las casualidades son subrayados para que sepamos que debemos fijarnos en algo", y yo me siento muy agradecida por los subrayados que juntas hemos hecho en nuestras vidas. En fin, un amarillo es una persona especial en tu vida: así de simple, así de revelador.

¡Pensad en vuestros amarillos!, seguro que son más de los que a simple vista imagináis. 



domingo, 28 de julio de 2013

LECCIONES VITALES II



"Hay golpes en la vida, tan fuertes...¡ yo no sé ! (...)
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte"

César Vallejo, "Los heraldos negros"


No encuentro palabras más certeras, pese a la sacudida anímica que invade al leerlas, para definir estos seis meses de quimioterapia. Pero, ahora, que cada día que transcurre va borrando definitivamente las zanjas que abrió la quimio en mi memoria, encuentro por fin la justificación a estos meses de duro entrenamiento mental y físico gracias a los cuales he podido llegar a la cirugía con la serenidad del que ocupa un cargo por derecho propio. Exhausta por la lucha, dolorida aún por las heridas, miro con renovado optimismo el mundo que se presenta nuevo ante mí y, una vez más, encuentro, agradecida, sentido a todo lo vivido.


sábado, 27 de julio de 2013

LECCIONES VITALES I


"El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.
El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.
Han perdido sin querer
su anillo de desposados.
¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!"

F. García Lorca



Cuando entré a quirófano, me di cuenta de que había olvidado mi anillo en la mano izquierda. Los enfermeros prometieron muy amablemente que me lo guardarían en un sobrecito pegado junto al nombre que colgaba de mi cama. Era un anillo especial, de madera de coco; lo tengo desde mucho antes de casarme y después de la boda sirvió de sustituto a la fría alianza de oro que olvidé para siempre en un cajón. Cuando llegué a la habitación, pregunté por mi anillo y se montó un gran revuelo de búsquedas infructuosas al ver que no estaba. Tardé pocos segundos en bajar la vista a mi pecho, los suficientes para sentirme en paz con todas mis pérdidas: ¿qué significaba un anillo, después de todo? Con mi primera sonrisa en los labios tras la operación, recibí el anillo que Antonio, el enfermero de reanimación, rescató de no sé qué carpeta de mi historial donde se había traspapelado. Pero he de decir que aún sigue metido en su funda, sin abrir, y quizás acabe relegado para siempre a una de las cajas donde guardo los recuerdos que yo  llamo: "lecciones vitales".


jueves, 25 de julio de 2013

LIBROS, LIBROS, SIEMPRE LOS LIBROS





Al doctor Martín, mi cirujano, que supo convertir el espacio gélido del quirófano en un lugar preñado de esperanza. 

"Creo que uno de los momentos más vulnerables del ser humano es aquel en el que permanece en manos de los doctores. La mayoría de nosotros, con nuestros conocimientos mínimos sobre la materia, ¿qué podemos opinar, debatir o discutir? Algo, poco o nada. Una vez reflexionado y otorgado el sí al cirujano que va a ocuparse de nuestra operación, solo queda confiar. No es sencillo delegar la confección de un abrigo vital para un espacio tan gélido como el quirófano(...) Con el cirujano, el paciente desarrolla una absoluta confianza en su saber y hacer.

Un cerrar de ojos

Un abandono

Un posible despertar"



Me vais a permitir que comience con esta larga cita del libro "Todo un viaje" de Silvia Abascal. Llegó a mi de casualidad, cuando me pertrechaba de libros para mitigar las largas horas de hospital. Son pocos los enseres que llevo conmigo cuando ingreso, en cambio, preparo con meticulosidad mi portátil, mi iPad, mi diario, mis libros... Los enfermeros siempre se sorprenden ante ese despliegue de medios. Es una forma sutil de protección. Detrás de mis libros me siento poderosa e inmune a todo.

Esta vez cumplí con el ritual con menos convencimiento que otras veces, no en vano sabía que mi portátil sería inútil dado el abandono absoluto en el que se encontraba el blog; que el diario quedaría en blanco tras la afectación del brazo con el que escribo; y que el iPad quizá no podría ni sostenerlo. Descargué los libros casi de forma compulsiva, sin atender muy bien lo que elegía, hasta que vi su bella imagen en la portada. Intrigada, leí que lo presentaban como un libro de autoayuda, y aunque no me agradan, pensé que en el estado en el que me encontraba, no me vendría mal un poco de ayuda, viniera de quien viniera. 

Y, claro, no resultó ser un libro de autoayuda, aunque, lo cierto es que a mi me ayudó a muchas cosas: a dejar de sentirme el ombligo del mundo tras la ampulosa palabra cáncer; a conocer una historia de superación que empequeñecía cualquiera de mis peores episodios de dolor; me mostró caminos nada transitados como el poder de la meditación en este proceso que va más allá de la curación y que implica la sanación.; me reconocí en palabras esperanzadoras: 

“Por complejo que pueda resultar afrontar y vivir una enfermedad grave, no solamente podemos superarla, sino que también podemos rescatar de ella toda una privilegiada lección de vida. Un aprendizaje al que solo se puede acceder desde la humildad y el desapego del ayer. Desde el contacto interior, la entrega y la valoración de nuestro hoy”

Y después llegó otro libro revelador en las horas previas a la intervención. En esas conversaciones cruzadas de la fiesta de despedida, Aurora me hablo de Albert Espinosa y de su libro "El mundo amarillo". Me sedujo su reflexión sobre la pérdida y el duelo, el magnífico "Primer descubrimiento: las pérdidas son positivas".

“Las pérdidas son positivas. Sé que cuesta creer en ello, pero las pérdidas son positivas. Tenemos que aprender a perder. Debes saber que tarde o temprano todo lo que ganas lo perderás”.

Su certera reflexión sobre el duelo y cómo hemos pasado de una sociedad con espacios para el duelo, con signos externos que ayudaban a vivir la pérdida, a otra que vuelve el rostro ante cualquier tipo de sufrimiento.

“Ahora se te muere alguien y en el tanatorio te dicen: «Tienes que superarlo». Rompes con tu pareja y la gente quiere que en dos semanas salgas con otra persona”.

Y, finalmente, su valentía al encarar la muerte, el concepto inusual de que la muerte dignifica, la necesidad de hablar sobre nuestra propia muerte.

“Fue la lección que aprendí del cáncer. Perdí el miedo a morir y eso es algo que pensaba que olvidaría cuando comenzara a vivir sin cáncer, pero ocurrió lo contrario”.

Y todo marcado por un sentido del humor generoso, intenso, liberador. 

Gracias una vez más a los libros. 


miércoles, 24 de julio de 2013

DESPEDIDAS



"Esto de vivir es un acto de valentía"
Todo un viaje, Silvia Abascal




Se sentó ante ellos con la firme convicción de pronunciar algunas palabras en un tono tan solemne como requería la ocasión. Los miró uno a uno: allí estaban todos, los de siempre, con los que había aprendido a celebrar la vida; y algún regalo de última hora que prometía convertirse en una asidua  de aquellas fiestas improvisadas bajo cualquier pretexto. La de hoy tocaba de despedida, pero pronto el motivo se convirtió en algo tan accesorio como lo fue en su día la fiesta rosa, o la fiesta de los ochenta, o la fiesta ibicenca de todos los veranos. Y acunada por las conversaciones cruzadas, las riquísimas viandas, las cervecitas heladas y la luna llena que asomaba por encima del tejado, pronto se olvidó de que la protagonista era ella y su cáncer y el maltrecho pecho que había que despedir de la mejor forma que ellos sabían: entre las risas que acallaban la palabra "teta" pronunciada una y otra vez como en un mágico conjuro contra el miedo.

"Hazle una fiesta de despedida a tu pierna. Invita a la gente que tenga que ver con tu pierna y despídela por todo lo alto"

El mundo amarillo, Albert Espinosa. 


domingo, 30 de junio de 2013

MI EXPERIENCIA SOBRE EL CÁNCER



El cáncer visto por Jorge



Yo habría sido del todo incapaz de escribir este título, pero en cambio, Belén, a sus diez años, el otro día, justo al comienzo de las vacaciones que es cuando ella empieza con sus lecturas y sus relatos, me sorprendió con este texto que transcribo tal y como me lo enseñó.

El día que mi madre me contó su enfermedad me asustó un poco, pero me regaló un libro que explicaba que se le iba a caer el pelo y que estaría muy cansada. Le están poniendo una medicación llamada "quimio". La quimio es una medicación que la agota (nunca penséis que vuestra madre no quiere estar con vosotros).

Pasados los meses me he dado cuenta de que mi madre es muy fuerte. Ahora mi madre lleva peluca porque se le ha caído el pelo (yo ya me he acostumbrado, y mi hermano también) También le pasa algo en las manos y en los pies. Mi madre está haciendo lo que puede para que nos sintamos a gusto.

Yo personalmente estoy cambiando y colaboro más en casa. Hay días en los que mi madre está muy cansada y nos quedamos con nuestros abuelos. Todos los días rezamos al señor para que cure a nuestra madre.

Después de estos cinco años tan complicados tras la muerte de su padre, Belén me sorprende con estas sencillas palabras que suponen toda una reconciliación conmigo y con su propia historia. Me siento orgullosa del largo proceso que también ella ha realizado a mi lado. Me maravillo una vez más ante el inmenso poder de la palabras.


domingo, 16 de junio de 2013

FE






Ana Omelusik
"Destellos del ocaso
acentúan los colores
después de la lluvia.
El cielo se inclina 
hasta tocar las flores de mi
jacarandá
que en grávida cascada
cubren el húmedo suelo..."



Ana Omelusik, del blog Improvisaciones e impresiones



Hoy nos han explicado todo el proceso: habrá que cortarle las ramas de la copa y dejarle solamente la cruz central; después, con sumo cuidado, habrá que sacarlo de la tierra evitando en todo momento dejar las raíces al descubierto; se asustará y en su nuevo emplazamiento sus raíces apenas absorberán agua, no por ello habrá que caer en el error de regar en exceso, podría morir. Las posibilidades son muchas, nos decía el  jardinero, se asustará, pero sobrevivirá. 

Contemplo mi árbol, ahora ya desde mi ventana. Nunca fue la clase de árbol que habría querido tener. Su encanto se reduce a unas cortas semanas en las que luce en todo su esplendor cientos de flores lilas que parecen amenazar con cubrir la ciudad con ese manto morado; su belleza efímera me recuerda constantemente la brevedad de las cosas que amo.

Ahora, después del trasplante, se muestra frágil, asustadizo, mutilado. Pero en otros momentos, cuando sopla el viento fuerte o amenaza el tórrido sol de medio día,  se muestra altivo y orgulloso pese a las ramas cercenadas, luchando tenazmente en su nueva tierra. 

Yo, a ratos, siento la profunda impotencia del que nada puede hacer por devolverlo al antiguo esplendor de la época de sus flores moradas. Pero adivino el nuevo ser que  alienta tímido en rus raíces. Me siento junto a él y espero. He aprendido una fe inquebrantable. 

"Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera"





sábado, 25 de mayo de 2013

PLEGARIAS


Decía Karen Blixen en Memorias de África que cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras plegarias. La literatura me dio esta certeza que, después, la vida se encargó de corroborar. 

Mi primera evidencia llegó con Benedetti y su cuento Cinco años de vida, donde nos presenta a los protagonistas, Raúl y Mirta que, alentados por la obligada complicidad de verse encerrados durante toda una noche en una estación de metro de París, deciden ir desgranando unas vidas marcadas por el fracaso y el aburrimiento. Raúl, tras confesarle que tiene una esposa en Montevideo de la que está intentando separarse, tiene la revelación de que esa mujer es su destino y le hace una declaración que es toda una súplica velada a esos dioses de los que hablábamos al principio:

"Daría cinco años de vida porque todo empezara aquí. Quiero decir, que yo estuviera divorciado y mi mujer hubiera aceptado el hecho (...) y que al abrirse las puertas saliéramos de aquí como lo que ya somos, una pareja"

La confirmación de Mirta actúa como una especie de sortilegio, y a las cinco de la mañana consiguen salir del metro un tanto aturdidos. Tras el saludo de alguien que parecía conocerlos a los dos, quedan frente a un apartamento al que Raúl accede con sus propias llaves y en el que reconoce su objetos personales mezclados con los de Mirta. Una mirada le basta para comprobar que su súplica se ha cumplido y que está ante el final de un matrimonio del que ya solo quedaba "cierta noche increíble, cada vez más lejana, cada vez más borrosa, en que por una trampa del azar quedaron encerrados en la estación de Bonne Nouvelle"

Estas dos experiencias, aunque puramente de ficción, han sido para mí un referente de lo más cierto. Pero, como a veces no escarmentamos en vidas ajenas, mucho menos cuando son literarias, mi memoria está plagada de frases que si no esconden una petición en toda regla, sí que albergan veladamente un desafío. El verano pasado, sin ir más lejos, decidí bautizarlo, de un modo un tanto premonitorio como "el último verano" y cada vez que contaba el lío de viajes y actividades en las que ocupé esos meses, me justificaba alegando que era el último. Y qué cierto, porque aquel era sin yo saberlo, el último verano tal y como lo había conocido hasta entonces: el último en aquel cuerpo, en último en aquella vida. Así que ahora, me he vuelto de naturaleza prudente y cada vez que  me sorprendo con una de esas frases chulescas de las mías, sonrío y pienso que todo está bien, consciente de que ahora sí, están en juego cinco años de vida.